22 de noviembre 2005 - 00:00

Remansos entre tanto "arte-espectáculo"

Las obras de Giorgio Morandi (en la muestra «La naturaleza muerta en Italia») permiten disfrutar de la experiencia estética y brindan un respiro al discurso dominante de vincular el arte a lo social y político.
Las obras de Giorgio Morandi (en la muestra «La naturaleza muerta en Italia») permiten disfrutar de la experiencia estética y brindan un respiro al discurso dominante de vincular el arte a lo social y político.
En «La sociedad del espectáculo», Guy De-Ebord advierte que «el espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada que, en última instancia, no expresa sino su deseo de dormir», y agrega que «el espectáculo es el guardián de este sueño».

En un escenario donde se suceden de modo vertiginoso ferias, megamuestras, remates y vernissages, entre otras múltiples actividades que cada vez más adquieren las características del espectáculo, el espectador difícilmente encuentre la calma que demanda un encuentro con el arte. Sin embargo, en estos días algunas muestras permiten disfrutar de la experiencia estética y brindan un respiro al alejarse del discurso dominante, que vincula el arte al contexto social y político.

Para comenzar, el Centro Cultural Borges presenta «Giorgio Morandi. La naturaleza muerta en Italia», muestra colectiva que reúne un grupo de 33 obras realizadas entre 1912 y 1962 por artistas como Carlo Carrà, Gino Severini, Filippo de Pisis, Gregorio Sciltian,Arturo Tosi y Gianfilippo Usellini, entre otros dedicados a representar la «vida silente de los objetos», según la definición de Giorgio de Chirico.

Entre las obras que llegaron de la Fundación Roberto Longhi de Florencia, sólo ocho pertenecen a Morandi, pero bastan para revelar ese universo sólido, quieto y estable que supo crear el italiano a partir de la representación reiterada de objetos modestos, como vasos, jarras, botellas y cajas.

Sin moverse de su Bolonia natal, con terca obstinación, Morandi dedicó su vida a pintar esas formas sencillas de colores terrosos que agrupaba de modos diversos, como si buscara un orden perfecto. «Natura morta» (1954) y « Fiori. Vaso di fiori» (1951) son dos pinturas excepcionales, donde el artista se permite mínimas licencias para escapar del riguroso ascetismo del color y la forma que impera en su obra.

En la primera, la más representativa, el brillo del jarrón acanalado se contrapone a la severidad de las cajas sabiamente ordenadas. La segunda es una pintura con una atmósfera dorada, en la que vale la pena detener la mirada. Por un lado, las pinceladas dibujan como al descuido las curvas y contracurvas temblorosas de un ramo de rosas y un estilizado florero blanco, mientras por otro, la precisión de un invisible eje vertical le brinda a la obra la serena belleza que vuelve inconfundible el estilo del artista. En suma, la conmovedora fragilidad es sólo aparente, un gesto delicado en el equilibrio de la composición, que contribuye a educar el ojo del espectador.

El mundo intemporal de
Morandi impone una mágica pausa, enfrenta con su claridad esencial la inquietud metafísica de De Chirico, las formas abruptas del cubismo, la disgregación de De Pisis y la aceleración del futurismo, entre otras tendencias que integran la muestra.

• Intimidad

En su sede de la calle Esmeralda, la pequeña galería de arte de la Fundación Centro de Estudios Brasileños presenta «Longo Caminho de um Rapaz Apaixonado», una breve retrospectiva del artista de culto José Leonilson, que corre el riesgo de pasar inadvertida. A pesar de su dimensión reducida, la elocuente muestra curada por Karina Granieri y Ricardo Resende, revela las cualidades de una obra «inclasificable», que evade cualquier intento de encasillamiento.

La vida de
Leonilson, que nació en Fortaleza en 1957, dedicó apenas 13 años de su vida a realizarsu extensa producción y murió en 1993 víctimadel Sida, reproduce con pocas variantes la de sus coetáneos, el cubano Félix González Torres o el neoyorquino de origen haitiano Jean Michael Basquiat. Su obra, como la de ellos, relaciona de una manera particular momentos de la historia del arte (en este caso el concretismo y el pop), con la carga de experiencias, sentimientos y sensaciones íntimas. Como González Torres y Basquiat, Leonilson crea una simbología propia e imprime en las obras una intensidad que el espectador percibe de inmediato.

En las pinturas afloran inesperadas manchas o decorativas arborescencias de colores; en los escultóricos fuegos o corazones ardientes, predomina un tono emotivo que se acentúa en los textos de metafóricos mapas cuya geografía se vincula al devenir, como
«Todos los ríos llevan a su boca», o el delicioso dibujo «Ella me hablaba sobre el río y sus afluentes». Además, los bordados y costuras, que van desde la abstracta sutileza de un «Desierto», sedoso y naranja hasta las puntadas más sensibles y autorreferenciales, demuestran el poderoso deseo de atar y anudar con firmeza los recuerdos, para que no se fuguen.

Dejá tu comentario

Te puede interesar