24 de abril 2007 - 00:00

Renán enriquece la ambigüedad de Ibsen

Luis Brandonies el ThomasStockman delclásico «Unenemigo delpueblo» deHenrik Ibsen.En la versión,Sergio Renánse evita elhabitualmaniqueísmode muchasotras puestas.
Luis Brandoni es el Thomas Stockman del clásico «Un enemigo del pueblo» de Henrik Ibsen. En la versión, Sergio Renán se evita el habitual maniqueísmo de muchas otras puestas.
«Un enemigo del pueblo» de H. Ibsen. Adap. y Dir.: S. Renán. Int.: L. Brandoni, A. Segado, H. Peña, P. Novoa y elenco. Esc.: G. Galán. Vest.: M. Zuccheri. Ilum.: E. Sirlin (Sala «Martín Coronado» - TGSM)

"¿Tuvo razón la mayoría cuando asistió pasivamente a la crucifixión de Jesucristo? (...) ¿Saben cuántos tiranos fueron apoyados por la mayoría de sus pueblos? ¿Cuántos asesinos fueron votados, queridos, adorados por la mayoría?". Cuando el doctor Thomas Stockman vocifera estas razones ante una muchedumbre hostil que sólo quiere que se calle y retire la denuncia de insalubridad que lanzó contra el balneario local, sabe que está cortando el último lazo que lo une a su comunidad.

«Un enemigo del pueblo» (1882) de Henrik Ibsen es la obra más política que haya escrito el autor de «Casa de muñecas». En ella se refiere a la hipocresía social, la prepotencia de las masas y la corrupción de quienes ejercen el poder (políticos, prensa, empresarios) mediante una trama que corre sin descanso y en la que cada uno de los personajes va jugando sus fichas conforme a sus intereses. Sin olvidar, claro está, ciertos rasgos de su protagonista.

Stockman es honesto hasta la médula («por mis convicciones estoy dispuesto a dejar que me ahorquen») y recurre a pruebas científicas para respaldar su denuncia. Al comienzo de la obra no hay duda de que la razón está de su parte. Pero Ibsen sublimó sus propios demonios internos (soberbia, egocentrismo, cierta misantropía) a través de este médico terco e idealista y lo convirtió en ambiguo. Su discurso y accionar parecen claros y, sin embargo, los impulsos que lo mueven nunca terminan de dilucidarse. Eso es lo que lo vuelve tan humano y lo que asegura que esta batalla ética continúe en el tiempo sin verse menoscabada por planteos maniqueístas.

El director y adaptador Sergio Renán se ocupó especialmente de este punto, por ejemplo, al evitar que Pedro (hermano de Stockman y alcalde corrupto) se convirtiera en el villano de la pieza como ha ocurrido en otros montajes. La ideología de cada personaje aflora en situaciones cotidianas y a través de un registro de actuación realista, que hace que la puesta adquiera un ritmo muy pausado; quizás demasiado para un conflicto que se desarrolla en una sola semana y que con su «efecto dominó» le depara al protagonista una calamidad tras otra.

Luis Brandoni brinda una interpretación profunda y sincera. Uno lo ve sorprenderse y emocionarse con el transcurrir de la obra como si fuese la primera vez. Su Stockman es más melancólico que el de otras versiones, y carece de esa megalomanía incendiaria que le contagió el autor, como si en él pesara más la desilusión y la amargura que la rabia ibseniana. Corre, entonces, el riesgo de ser visto como una víctima del sistema, cuando en realidad esconde un perfil mesiánico, competitivo y siempre dueño de la verdad que en cierto modo contribuye a su caída.

Como lo señala su suegro en el acto V (sin duda el mejor de la obra, gracias también a la magistral labor de Pepe Novoa) Stockman, es un hombre que vive en permanente desafío con su hermano, ¿no aprovechará está causa justa para arrasar con el poder de su rival? En la versión de Renán este rasgo no termina de percibirse, como tampoco se justifica el traslado de la acción a los años '50. ¿Será para mostrar una mayor participación femenina en la asamblea del puerto?

En ese caso, la esposa del médico debería mostrarse menos sumisa. Stella Gallazi brinda una actuación muy sólida, es cierto, pero su Catalina no tiene la fuerza de carácter (ni todos los parlamentos) que le dio Ibsen. Alberto Segado, como el hermano alcalde, es el personaje más apasionado de la puesta y el actor logra, además, que este hermano insoportable despierte alguna que otra sonrisa. De todas maneras debería dosificar un poco más el enojo con el que entra a escena, para que éste vaya surgiendo a la par del conflicto y recién estalle a pleno en la escena final.

Renán dirigió a este «Enemigo del pueblo» con recursos de régisseur. Por un lado, le dio suma importancia a la banda sonora que acompaña cada cambio de escena con música clásica; por otro, marcó las escenas grupales con un criterio coral. La escenografía es imponente y esto hace que el espacio adquiera, por momentos, un protagonismo excesivo. Aún así, la belleza plástica de cada escena, el vestuario de los años '50 y los variados climas del diseño de luces le aportan un gran refinamiento a este montaje que pese a su morosidad ratifica la vigencia del gran dramaturgo noruego.

Dejá tu comentario

Te puede interesar