22 de noviembre 2001 - 00:00
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La película narra la historia de la banda musical que se formó en 1937 en la fábrica textil de Villa Flandria, en las cercanías de Luján, a instancias del patrón y pionero belga Julio Steverlynck, y que subsiste hasta hoy cuando ya no existe, de aquel esplendor, más que los patéticos restos oxidados.
Protagonistas casi excluyentes de esa historia son dos de sus músicos fundadores, Américo Alvarez (ver nota) y José Chiurco, los criollos que en, en su juventud, entraron a formar parte de ese grupo de obreros europeos en el exilio que se reunían a tocar valses, polkas y tangos con un fervor que, desde la perspectiva actual, parece de libro de estampas.
Desde una sencillez que también saltea la tentación del relato edificante, o la obviedad política, la cámara de Molnar, Schindel y Batlle construye, delicadamente, los avatares de una pasión: un cuerpo de músicos que nació como injerto de otra cultura en tierras extrañas, que continuó más tarde definiendo una identidad propia, que se consolidó de manera casi profesional, y que ahora sobrevive como refugio, obstinación y, de alguna manera, redención.
Las imágenes del pasado, no sólo las trascriptas de viejas actuaciones sino las que se recrean de manera oral, en testimonios, o mediante grabaciones escuchadas en silencio (el momento en que otro de sus integrantes oye un viejo tape de «La cumparsita» es antológico), entran en contrapunto con las cansinas presentaciones actuales, valientes y solitarias. Ese contraste, base de la película, es la mejor metáfora sobre un mundo que pasó de largo y se olvidó, en el tiempo, un grupo de músicos aficionados que sigue tocando de oído, resueltos y entusiastas, sus melodías favoritas para un auditorio de ausentes.

