18 de febrero 2004 - 00:00

Reunión de fantasmas

Reunión de fantasmas
Yasunari Kawabata «Mil grullas» (Bs.As, Emecé, 2004, 144 págs.)

L
a unión de erotismo y muerte, la unión de la tradición oriental con las búsquedas literarias experimentales de Occidente en la primera mitad del siglo XX (el «fluir de la conciencia», la rupturas establecidas por los surrealistas, la influencia de Joyce, Proust y Virginia Woolf, y del polígrafo George Bataille) fueron los ejes de la narrativa de Yasunari Kawabata (1899-1972), primer escritor japonés que, en 1968, logró el premio Nobel.

Fácil ha sido atribuir sus propuestas narrativas a su niñez marcada por una constante orfandad: primero muere de tuberculosis su padre, un médico de Osaka, cultivado y amante de la poesía china, cuando quien sería el gran escritor tenía ocho meses; un año después -del mismo mal-su madre; luego sus abuelos, que lo adoptan, y así, año a año, todos sus parientes. A los 14 años no le queda familia. Se ha considerado que esas dramáticas experiencias, esos duelos sucesivos, han marcado la morosidad, sensibilidad y melancolía de sus relatos, que lo han llevado a buscar exponer la presencia que los muertos mantienen sobre los vivos, y que su preocupación por manifestar literariamentela belleza fue su modo de sublimar sus experiencia traumáticas. Pero la forma en que su obra se desliza por ritos y tradiciones orientales, y como se sirve de la literatura para investigar las experiencias humanas más universales, buscando una interpretación definitiva de la existencia, está lejos de buscar documentar aquellos padecimientos (como sí lo ha hecho el japonés Kenzaburo Oe, premio Nobel 1994, en «Un asunto personal» y «El grito silencioso» relatando de sus dramas personales y los problemas con su hijo enfermo), puede verse como el núcleo esencial de su obra. En «Mil grullas» el protagonista,que ha perdido a sus padres(siempre en Kawabata hay algo de autobiográfico), ha decidido casarse y una antigua amante de su padre le ofrece presentarle a una joven mujer. Para realizar el encuentro se recurre a la milenaria ceremonia del té, rito que en el pasado servía para pacificar a los guerreros. Pero a esa reunión concurren, además, otra amante de su padre, con su hija, quien posee -como la marca en uno de sus pechos-una escabrosa historia. A esas cuatro mujeres se le unen -en la mente del protagonistalos fantasmas de la madre y del padre, perturbando todo proyecto amoroso. Esa trama -que aparenta ser mínima, y está cargada de alusiones en los pequeños detalles simbólicoshace que los protagonistas entren en una danza atrapante donde forman pareja el amor con la perversión.

Silvio H. Martínez

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