16 de marzo 2004 - 00:00

Sandro, de vuelta de todo, igualmente cautiva a fans

Sandro
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• «La profecía». Actuación de Sandro. Con orquesta dirigida por Sebastián Giunta. Artistas invitados: Rita Cortese, Matías Santoiani y Coro Butterfly. Textos: Marcos Carnevale. Idea, producción y dirección general: Roberto Sánchez. (Teatro Gran Rex, desde el 12 de marzo).

"Yo hago un personaje que me divierte: Sandro me encanta. Porque hace un poco lo que a todos les gustaría... Jugar un ratito a matar". Estas palabras que se leen en el programa de mano sirven como punto de partida para tratar de explicar un fenómeno que rompe todas las reglas del espectáculo, que debe ser mirado con otros ojos, interpretado con otros cánones. Definitivamente, Sandro puede hacer o dejar de hacer sobre el escenario absolutamente todo lo que se le da la gana, y todo su público -con una enorme mayoría de mujeres maduras- sólo tendrá palabras de amor y de elogio para él. Un crítica convencional diría que «La profecía», el cuadro dramático-musical sobre temática gitana (así lo define el mismo Sandro) que forma la primera y extensa parte de su show, no puede sostenerse desde lo teatral, porque los textos son inverosímiles, Sandro canta muy poco y hace agua por todas partes como actor (sólo los que conocen el libreto, por ejemplo, saben que interpreta dos papeles, el de hijo y el de padre), se deshilvana y no logra enganchar a nadie en la historia; y únicamente encuentra algún aire dramático en el excelente desempeño de Rita Cortese y en la simpatía televisiva de Matías Santoiani. En la segunda parte -siempre desde lo convencional- la cosa no mejora, porque Sandro canta apenas una decena de sus viejos hits, hay mucho tiempo muerto, en la suma de lo «kitch», participa un trío de argentinas-japonesas cantando «Bésame mucho» ¡en japonés!, el cuadro de la ruleta con que se sortea la posibilidad de abrazar al «Gitano» es excesivamente largo, todo se estira más de la cuenta sin sentido artístico, la orquesta -salvo excepciones- toca arreglos de una vulgaridad suprema. Pero claro, éste no es un espectáculo convencional. La gente, «mis chicas» como él las llama, paga fundamentalmente para verlo en tres dimensiones, comprobar que sigue vital y con el humor de siempre, que se agiganta cuando canta «Así», «París se arrodilla ante ti», «Penumbras», «Te propongo», o «Porque yo te amo». Y entonces se justica con creces que Sandro pase casi tres horas frente al público, aunque sea sentado en un taburete, hablando de bueyes perdidos o recordando chistes viejos. Todas, sin excepción, salen satisfechas, exultantes, conformes incluso con el precio que pagaron por sus entradas. Ya hay programadas doce funciones pero podrían ser algunas más; una convocatoria que muy pocos como el personaje Sandro pueden darse el lujo de tener.

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