22 de marzo 2002 - 00:00

"Si yo pensara en el público, quizás haría más concesiones"

García Wehbi
García Wehbi
C on una puesta «no apta para claustrofóbicos» el director Emilio García Wehbi -uno de los integrantes del cada vez más internacional Periférico de Objetos- dará a conocer mañana una nueva pieza de Luis Cano titulada «Los Murmullos», en la Sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín. Los intérpretes son Belén Blanco, Alberto Suárez, Maricel Alvarez, Policastro y al mismo autor Luis Cano, quien hacia el final de la obra, mantendrá un duro enfrentamiento con sus personajes. Artista plástico, actor y titiritero, García Wehbi es un artista de lo siniestro, que logra estimular las emociones más primarias del espectador a través de imágenes de rara belleza y recursos a menudo macabros. Para muestra, basta con recordar su inquietante versión teatral del Museo de la morgue, estrenada hace dos años en el Rojas o su régie de «Sin voces» para el Centro de ópera experimental del Colón, donde cada noche crucificaba y decapitaba a un lechón.

Desde principios de marzo, García Wehbi está exhibiendo en Filo (San Martín 975) una muestra de fotografías con rostros de muñecos. Para mayo de este año y aprovechando el estreno en Viena de «La última noche de la humanidad» de Karl Klauss (último trabajo del Periférico) ya tiene diseñada una intervención urbana «mezcla de instalación plástica y teatral» en la que piensa arrojar, durante una madrugada, 25 cuerpos perfectamente reproducidos en látex, en los sitios más transitados de esa ciudad. Para su puesta de «Los murmullos», en cambio, retomó su vieja obsesión por los espacios cerrados encargando al escenógrafo Norberto Laino la construcción de una cámara escénica que obligará a los actores a caminar encorvados, mientras que el público tendrá el cielorraso a muy pocos centímetros de su cabeza.

Periodista: ¿Qué puede anticipar de la obra?


Emilio García Wehbi:
Su estructura dramática está sostenida básicamente por el devenir de la «Divina Comedia». Hay un personaje, Botero, que es un represor y es el encargado de conducir a Rosario, un personaje absolutamente andrógino a cargo de Belén Blanco, a través de un viaje a los infiernos. La obra tiene un carácter polifónico porque está montada sobre citas. Se puede encontrar en ella referencias infinitas a distintos autores, desde Goebbels a poetas de la literatura universal, desde historiadores o grandes teóricos, como Mc Luhan, a frases de Martin Luther King, Evita o Maradona.

Capas de cebolla

P.: ¿No es algo críptico el texto de Cano?

E.G.W.:
Lo es, pero a mí me gusta lo críptico porque me permite trabajar en distintos niveles como capas de cebolla. Me interesa trabajar más con signos que con símbolos, que en principio pueden parecer cerrados pero después funcionan más allá del entendimiento del espectador. Yo no apunto a la cabeza, trabajo del corazón para abajo. En «Los murmullos», por ejemplo, me interesó hablar de la realidad argentina en términos metafóricos. Esta es una obra muy muy argentina.

P.: Y sin embargo, usted declaró hace poco que no le interesaba la reacción del público ¿Cómo se entiende eso?


E.G.W.:
Si yo pensase en el público actuaría sin la impunidad con la que actúo cuando no pienso en él. Quizás haría más concesiones porque el artista siempre quiere que lo que hace guste al público, quiere ser famoso, que lo adulen.

P.: Pero en términos dramáticos usted no es indiferente al público, más bien todo lo contrario, busca incomodarlo y hacerle vivir, incluso, experiencias indeseables.


E.G.W.:
Sí, claro, es ese tipo de sobresaltos y de molestias lo que a mí me interesa en relación con el público. Mi idea de involucrar al espectador en un espacio tan cerrado como el de «Los murmullos» pretende sugerir que ese campo de concentración que muestra la obra es la Argentina en la que estamos viviendo todos. Cuando hice el Museo de la morgue quería que el público se sintiese oprimido, que tuviera que bajar a un lugar del que quisiera huir lo antes posible. Esa es la idea. Será por eso que siempre termino trabajando en sótanos, o los elijo o me los dan, como sucedió con el Colón.

P.: Esto de trabajar en los márgenes de las salas principales también tiene su lado oscuro...


E.G.W.:
Y..., en el Colón no nos trataron bien. En una de las funciones de «Sin Voces» vino un utilero y se llevó uno de los instrumentos que estaba tocando nuestro percusionista porque en la sala de arriba lo necesitaban para «Salomé». ¡Y estábamos en plena función! Mientras tocaba con una mano, el pobre pibe intentaba retener su tam-tam con la otra, llorando al mismo tiempo, porque evidentemente estaba sufriendo una humillación terrible frente el público. El señor venía con una orden y para él estaba todo claro: «Arriba están haciendo Salomé», que era como decir: «Esto qué importancia tiene, la música grande está arriba, no acá.» Suena increíble, pero son cosas que pasan en la Argentina.

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