Singular fábula poética con un soplo de Favio

Espectáculos

«Monobloc» (Argentina, 2005, habl. en español). Dir.: L. Ortega. Guión: C. Fal, L. Ortega. Int.: G. Borges, C. Fal, R. Cortese, E. Salazar.

Esta singular fábula poética de tres soledades (la madre ida, la hija lisiada, la vecina metida), en tono de «realismo irreal», está dedicada a Leonardo Favio. Tiene la piedad, la ironía, los tiempos laxos, la impresión simultánea de extrañeza y familiaridad, la justa colocación del humor y la tristeza (y hasta el maltrato a algún bicho) que hay, por ejemplo, en «El dependiente». Hasta tiene la expectativa de alguien por mejorar su suerte en un lugar donde difícilmente algo pueda mejorar, tiene la sonrisa, la liberación última, la luz final. Y no es copia.

Para nada es copia. Se ha dado, simplemente, que Luis Ortega tiene una parecida sensibilidad de artista, una capacidad y una mirada semejantes para representar el dolor de los simples en una tierra llana. Por supuesto, hay diferencias, pero van por la misma senda. A saber, el interior femenino (Carolina Fal tuvo la idea, el desarrollo, y el protagónico), el sonido expresamente elaborado para causar en el espectador un «ruido» similar al que estarían sufriendo los personajes, la fotografía de cuento triste de Jorge Pastorino, conocido iluminador teatral, la aspereza de cemento del mundo moderno, en el mismo lugar que el de antes, pero tan distinto, si comparamos el viejo barrio de pueblo chico que mostraba Favio y ese monobloc aislado de todo, que parece un monstruo, según lo muestra Ortega.

Le sobran, francamente, algunos minutos. Y le falta, esta vez, la fresca ternura de su primera obra, «Caja chica». Pero es lógico: la historia y los personajes son muy distintos, él no quiso repetirse, y en cambio también quiso avanzar en el manejo de sus herramientas. Cuatro mujeres brillan en su obra, mostrándose ajadas: Carolina Fal, las siempre entrañables Graciela Borges y Rita Cortese, y, reapareciendo como una concesión maternal, Evangelina Salazar, en un rol aparentemente ingrato que ella saca con el debido encanto. Bien adecuada, y reivindicatoria, además, la incorporación de unos temas melancólicos muy lindos de su padre, Palito Ortega.

P.S.

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