12 de diciembre 2005 - 00:00

Sobresale Giménez Larralde en muestras de fin de año

El rescate de la infancia y la subjetividad son características del arte de Martín Giménez Larralde (1962).
El rescate de la infancia y la subjetividad son características del arte de Martín Giménez Larralde (1962).
La semana pasada se inauguraron en Buenos Aires varias muestras que demuestran la diversidad estética que hoy caracteriza el arte argentino. Para comenzar, Braga Menéndez presentó las últimas muestras de la temporada, las pinturas de Gabriela Kraviez, los carteles del español Juan Pérez Agigoicoa y, en la sala mayor, una serie de pinturas y dibujos de Martín Giménez Larralde (1962), artista que vive y trabaja desde hace años en Nueva York, expuso en Annina Nosey (la galerista que descubrió a Jean Michael Basquiat, Julian Schnabel y Guillermo Kuitca) y este año en varias ciudades de Italia.

Con su calidad museística, la muestra de Giménez Larralde, un artista excéntrico, en el cabal sentido del término, cuya obra introspectiva y autorreferencial resulta inescindible de su persona, viene a imponer una pausa en el clima bullicioso de la galería. El rescate de la infancia y la subjetividad son cuestiones reiteradas en el arte actual. Pero el mundo que revela este artista es más mental que vital, posee una densidad que oscila entre lo literal ( planteado de modo frontal al autorretratarse en un púlpito a punto de decir algo), y el misterio (pues algo oscuro e inasible sumerge al espectador en la incertidumbre).

El retrato de un niño con un libro en sus manos, sentado en un sillón extraño que lo contiene como una cuna, recuerda los dibujos en que Norah Borges evoca la infancia de su hermano Georgie. Pero el cuadro de Giménez Larralde es ajeno a toda inocencia, el estado de concentración extrema, el gesto de contricción espiritual y el lenguaje corporal, que se percibe en el modo disciplinado en que ese niño une sus rodillas, provoca una sensación de extrañamiento. Impresión acentuada por el dejo antiguo de las pinturas (óleos sobre lino), el predominio del blanco y negro, y el módico empleo de un gris cálido y amarillento, única licencia a tanto rigor. Las pulidas pinturas parecieran estar fuera del tiempo, condición que confirma un autorretrato sobre un baldaquín.

La historia del artista es la de un niño precoz, no sólo para el dibujo, sino porque además fue el mejor alumno de su clase desde que comenzó hasta que finalizó sus estudios. La artista Sibyl Cohen lo supo pintar de cuerpo entero cuando lo retrató como alumno abanderado. Hoy, su coeficiente de inteligencia sobrepasa el común, y aunque nadie puede asegurar que este talento juegue a su favor cuando pinta, lo cierto es que hay algo que escapa al promedio y queda a la vista en su obra. Se trata de algo torturado en cuanto a la soledad y el aislamiento, pero a la vez cínicamente provocativo, que resulta estimulante y difícil de encontrar en el arte de hoy. Sus obras muestran un clima, la psicología de un único personaje; están allí, como un desafío a la percepción.

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