Paloma Herrera, excelente
como Odile y Odette en la
nueva versión de «El lago
de los cisnes», junto con
Guillaume Coté.
«El lago de los cisnes». Ballet en un prólogo y dos actos. Mús.: P.I. Tchaikovsky. Coreog.: M. Petipa, L. Ivanov, J. Carter en versión de M. Galizzi. Esc.: D. Ortolani, en revisión de G. Joubert. Vest.: Prod. T. Colón y Argentino de La Plata. Ballet Estable y Orq. Filarmónica de Bs. As. (Teatro Colón, hasta el 30/9).
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Con Paloma Herrera como protagonista en dos papeles distintos, el Teatro Colón acaba de estrenar una nueva versión coreográfica de «El lago de los cisnes», uno de los más brillantes ballets con música de Tchaikovsky y coreografía de Marius Petipa y Lev Ivanov. Se trata de la primera versión realizada por Mario Galizzi quien se basó en el trazado original de Petipa/ Ivanov, y en la producción del inglés Jack Carter.
En líneas generales, Galizzi respetó las versiones originales y eso es algo que habrá que agradecerle. Los clásicos se restauran pero no deben modificarse hasta tal punto que se tornen irreconocibles. No es el caso. El coreógrafo argentino articuló la obra en dos partes. El prólogo sólo se oye musicalmente sobre un telón de rocas escarpadas, el primero y segundo actos se funden, y luego del invervalo, tercero y cuarto se hallan unidos. La duración total del espectáculo, que gana en dinamismo, es de dos horas y treinta y cinco minutos.
Las simetrías y el entramado coreográfico del planteo original no sufrieron modificaciones profundas. En cambio, Galizzi se tomó ciertas libertades, a veces discutibles, como darle mayor preponderancia dramática a Von Rothbart, el hechicero; también cambió el rutilante pas de cinq del primer acto por un pas de trois; achicó las variaciones de las princesas del acto III y quitó los cisnes negros del acto final, algo que debería estar porque justifica la confusión de Sigfrido, a quién no le llama la atención la presencia de Odette como un cisne negro; etc.
«El lago de los cisnes» sigue siendo un gran espectáculo que no pierde vigencia ni belleza y echa por tierra la pretensión nostálgica de percibir todo como era en la década del '60, ya que el tiempo y las circunstancias son otras muy distintas. El espléndido marco escenográfico de Dante Ortolani, que se ha conservado, las luces de Rubén Conde y los vestuarios de McDowell modificados convenientemente, y con el agregado de otros del Teatro Argentino de La Plata, le otorgan cualidad escénica al espectáculo.
Paloma Herrera mostró elevación, elegancia, técnica impecable y un finísimo trabajo de brazos, además de una interpretación sensible y expresiva en dos papeles (Odette/ Odile), toda una prueba para las bailarinas. Su cisne negro posee energía, rapidez y carácter. El bailarín Guillaume Coté, del Ballet Nacional de Canadá, es su aguerrido partenaire, de gran presencia física.
El Ballet Estable del Teatro Colón, con dirección de Oscar Aráiz, tiene una actuación de gran disciplina y rigor técnico para las exigencias del estilo académico. En ensambles o en papeles solistas (Edgardo Trabalón en el pas de trois; Leandro Tolosa como von Rothbart y el impactante Leonardo Reale en un bufón de virtuosismo espectacular), la compañía tiene un desempeño plausible. En cambio la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, organismo de alta calidad en otras ocasiones, se oyó sin sutileza ni refinamiento con la dirección de Logioia Orbe.
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