Este documental sobre seis hijos de desaparecidos pudo ser un mero panfleto político, maniqueo, bajando línea. Por suerte, es un cuadro humano de recuerdos personales -dolorosos, tiernos, risueños-, un cuadro que llega a emocionar.
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El mérito se lo lleva Andrés Habegger -él mismo, hijo de un desaparecido ( Nicolás Habegger, el director del diario filomontonero «Noticias»)-, pero también debe atenderse el papel de la coguionista Lucía Puenzo, y, sobre todo, el paso del tiempo. Han pasado 25 años. Hoy, esos hijos tienen la edad que tenían sus padres al morir. Son hijos que empiezan a mirar paternalmente a sus mayores.
Así aparecen, en primer término, los recuerdos de infancia: las pocas imágenes que alguien conserva, el modo en que se fueron enterando de las cosas (uno de ellos, por un volante encontrado en la calle), las fantasías propias de los ni-ños («creía que habían venido a pelear con espadas»), las mentiras que debían decir en la escuela («están de viaje», por ejemplo), los sueños recurrentes, etcétera.
Luego, las recriminaciones: «podría haber pensado algo en mí», «yo creo que tanto él como sus compañeros de militancia pensaban que sabiendo jugar bien a las escondidas le podían torcer el brazo a un sistema...». Y la toma de distancia: todos están orgullosos del parecido físico, o del carácter parecido, pero casi nadie se siente continuador de sus mayores. «Creo que ella me pidió 'soltame, hacé tu vida, yo soy el pasado'», concluye una joven, hablando de su madre.
Aprecian lo que definen como una generación más idealista y arrojada que la actual, pero hasta ahí. La presencia de una de las chicas entrevistadas en una manifestación («creo que la gente nos percibe como a un grupo de pendejos revoltosos, igual que a nuestros padres»), una didascalia inicial, y ocasionales fragmentos de diarios o noticieros dan el obligado toque político. El resto -lo más interesante-son confesiones a cámara, la búsqueda del lugar donde se tomó una foto familiar, la forma en que esos huérfanos hoy pueden reír, tener sus propios hijos, seguir vivos.
Dos momentos sobresalen. Uno, cuando alguien muestra las cartas que escribió a su padre, creyéndolo en otra ciudad, y que la madre conservó ocultas durante años («te extraño y quisiera que nunca te pase nada», dice la letrita infantil). Otro, cuando cuenta que a veces, cuando le viene la melancolía, deja unas flores junto al río.
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