22 de septiembre 2006 - 00:00
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entenderán las bromas sobre la Mona Jiménez, pero confío
que el humor les llegue».
C.S.: Me lo propusieron. Como «El perro» tuvo tanto éxito afuera, sobre todo en Japón, donde las mascotas son muy consideradas, y hay como un género cinematográfico de perros, me dijeron «si no pones un perro nos perdemos el mercado japonés».
P.: Ahora recuerdo que hay un perrito, en una escena donde pasan por televisión una propaganda de escaleras para que el animal suba a la cama. Es una linda broma a los «llame ya».
C.S.: ¡No es broma! En un avión me dieron una revista de cuele-shopping donde se podía comprar esa escalera por Internet. También venden un carrito con dos gayadas para pasear gatos. Ese aviso y la vida del Tati, nuestro personaje, que viene bajando desde lo más hondo de Misiones, son dos universos distintos, se cruzan sin tocarse. Eso me interesa. Yo veo gente que acepta la desocupación con una sonrisa, eso se nota mucho en el interior, donde las cosas siempre fueron así. Pero a medida que la televisión llega crea nuevas necesidades, provoca un desajuste entre una vida resignada y ese mundo de ofertas inmediatas.
P.: Cuénteme de los loros.
C.S.: Primero pensamos poner uno como compañero de viaje del Tati. ¡Me hubiera vuelto loco! Los dos tan coloridos que aparecen cantando «Maradóoo» son loros «de imagen», doblados por dos loros comunes (fue bien fácil resolver la «sincronización labial»), y los que vuelan juntos son una construcción 2D, porque los reales es difícil que vuelen parejito justo para donde uno quiere.
P.: ¿Y las mariposas?
C.S.: Hace años, para una publicidad, traje un experto del Museo de Ciencias Naturales de New York, que había hecho la maqueta del huevo de «Alien», y amaestra mariposas. De noche nos hacía orinar a todos en el pasto. Al día siguiente había una alfombra de mariposas, atraídas por el salitre. En Cataratas cubren las pasarelas, por el salitre del sudor de las manos. Pero ahora resultó más cómodo hacerlas en 3D. Los otros bichos son de verdad. La lechuza era de una señora de El Dorado, tremendamente mansa (suelen ser bastante ariscas). Giraba justo para donde queríamos. El coatí también era tranquilo. Lo pusimos e hizo lo que hace habitualmente: rascarse. El monito se lo compramos a unos indios, vivió con nosotros unos días, después lo devolvimos, que lo vendieran de nuevo. Me gusta la relación cotidiana, tan próxima, del hombre de monte adentro con la naturaleza, con los animales no domésticos, que ya no quedan tantos.
P.: ¿Y los patos sirirís?
C.S.: Son de un campo que tengo en Capilla del Señor. Me hice una lagunita, y como está en zona protegida la usan como una parada en sus migraciones. A veces llegan hasta 300, y se quedan una o dos semanas reponiendo fuerzas. Es hermoso ver la alfombra de patos de cabecita blanca.
P.: Pasando de cabecitas a cabezotas, ¿de dónde salieron esos extras que aparecen en un auto en General Rodríguez?
C.S.: Ah, los de la Doce de Boca. Esas caras son irreproducibles, bien hinchas de tablón. Obviamente, son los mismos que fueron cuando se enfermó Maradona, y dicen lo que dijeron entonces. Es imposible darles letra. Cuando se trabaja con no-actores no hay que darles texto. Las palabras salen de ellos mismos.
P.: ¿Qué método emplea entonces?
C.S.: Al no haber actores, no hay método. El protagonista, Nacho Benítez, tiene pasta de actor. Yo le explicaba y él sacaba cosas. Lo mismo Juan Villegas, o Pascual Condito, que es mi fetiche. Pero con otros, cada escena es un desafío. Hasta que no empieza, no sé cómo voy a resolverla. Para colmo, en cine hay un presupuesto, logística, fechas a cumplir. En una producción, la buena noticia es no dejar pasar ningún imprevisto. Pero contra el azar no se puede. Cuando el pintor empieza a pintar, surgen cosas que él no tenía previstas, relaciones con lo sensorial, etc. Cosas hermosas, aun a costa de la imperfección, eso es lo que busco, y generalmente encuentro.
P.: ¿Y si no encuentra?
C.S.: Puede haber hasta sorpresas desagradables. También las hay lindas. La mujer que va con su familia al santuario del Gauchito Gil es la mucama del hotel donde yo estaba parando, que apareció en el momento justo, y además es divina, ayuda a los discapacitados. Los viejos del comienzo, son como para hacer una película, por la musicalidad con que hablan y las cosas que dicen. El viejo guaraní, lo único que dice en castellano es «porcentaje». Descubrí que Tati habla guaraní muy bien, y los filmé charlando entre ellos. El camionero, es un productor brasilero que debía buscar un camionero, y nunca vimos uno mejor que él.
P.: ¿Y la rutera?
C.S.: Pobrecita, trabaja en ruta 12, una vez viajó a Buenos Aires engañada por uno que la dejó en Villa Dominico. Creía que Buenos Aires era Villa Dominico. Habla de verdad del hijo, orgullosa de mencionarlo. A su personaje se lo va a chupar la ciudad. Cuántas historias hay como esas. Cuántas chicas se pierden. Lo sugiero. No quería hacerlo demasiado dramático.
P.: Prefiere mostrar los conflictos con un sesgo amable.
C.S.: A veces me critican, «algún malo debe haber en la película». No lo evito premeditadamente, especulativamente. Es que en ese momento no lo veo, aun siendo pesimista por naturaleza. Pero además nunca quiero ser cruel con mis personajes.



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