«El pequeño ladrón» («Le petit voleur», Francia, 1999, habl. en francés.) Dir.: E. Zonca. Guión: E. Zonca, V. Wagon. Int.: N. Duvauche, Y. Tregouet, J.J. Esposito, M. Bezot.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Entre tantas películas inútilmente largas e infatuadas como hay en cartelera, da gusto encontrar ahora esta película bien breve, pero además bien precisa, impactante, y digna de por lo menos otros cuatro o cinco calificativos elogiosos, incluyendo especialmente éste: es una película necesaria.
De Erick Zonca, el mismo director de «La vida soñada de los ángeles» (que aquí se estrenó como «La vida soñada»), acerca de dos chicas con sus clásicos problemas de inserción, trabajo y comunicación, vemos ahora, en «El pequeño ladrón», otro retrato de la juventud actual, a través de un muchacho que a los referidos problemas suma otro más delicado: está buscando su propia personalidad. Lo vemos al comienzo, casi joven que lo interpreta, un mal actor. Pronto descubriremos nuestro error.
Escalafón
Lo que contamos es apenas el comienzo de la historia. No corresponde avanzar más. Sólo diremos, para que el espectador vaya preparado, que la acción transcurre en Marsella, pero si la película estuviera doblada, bien podría parecer que sucede en el Gran Buenos Aires.
Que el joven hace cierto escalafón dentro de una bandita aficionada al boxeo e implicada en la prostitución, y en el saqueo de contenedores y casas bonitas (un escalafón que empieza, curiosamente, con tareas serviles cuidando a una anciana). Y que el tono del relato es bien tenso, pero soportable. A través de él, vamos a entender un poco mejor lo que es la vida de esa gente, y lo que es el aprendizaje de un chico, no tanto como delincuente, sino como persona. Una lección de vida, entonces.
Pero a diferencia de esos retratos veladamente celebratorios de aquello que dicen denunciar (drogas, crimen, degradación sexual, etc., todo acompañado por música de moda), ésta es una pintura bien sincera y creíble, al mismo tiempo crítica y piadosa, que quiere saber, y tiene alguna moraleja para proponer, aunque no lo diga. Será el propio público el que la deduzca. Ojalá tuviéramos acá un director como Erick Zonca. Sus criaturas hablan poco, pero dicen mucho. Y parecen poca cosa, pero hay que saber verlas.
Dejá tu comentario