“Laponia”, o la comedia en la que no sólo se ríe

Espectáculos

Diálogo con Héctor Díaz y Paula Ransenberg, dos de los protagonistas de la pieza que dirigirá Nelson Valente y que se estrena el 14 en El Picadero.

“Hace años que el teatro comercial se vuelca a la comedia, pero las que me atraen son las que generan algo más, como un puñetazo”, dice Héctor Díaz, quien protagoniza “Laponia” junto con Laura Oliva, Paula Ransenberg y Jorge Suárez, dirigidos por Nelson Valente, a estrenarse el 14 de mayo en El Picadero. La obra se ocupa de una pareja que viaja a Finlandia con su hijo para pasar allí las fiestas con sus cuñados y su sobrino.

Dialogamos con Díaz y Ransenberg; él además dirigirá una obra del grupo cordobés Hecatombe en teatro Border mientras se prepara para estrenar la serie “Santa Evita” con Natalia Oreiro por Star Plus, y “Argentina 1985”, film con Ricardo Darín sobre el Juicio a las Juntas, dirigida por Santiago Mitre. Ransenberg forma parte de “Otoño invierno”, dirigida por Daniel Veronese y estrena “Pasado” como directora en No Avestruz.

Periodista: El disparador es el mismo que “Un Dios salvaje”. Dos parejas que se encuentran, en principio a conversar, porque uno de los hijos le bajó varios dientes al otro.

Héctor Díaz: El motor parece similar pero acá la violencia es de orden psicológico. En uno de los nenes prima la razón y en el otro la inocencia. Se piensa cómo puede afectar en él un pensamiento ajeno que lo perturba y no se sabe bien cómo deshacer ese entuerto.

Paula Ransenberg: Sí, es el mismo, pero aparecen otras cuestiones. El hecho de educar a los hijos, tomar decisiones, renueva todas las creencias, el decidir cómo hablarles de ciertas cosas como la muerte o las creencias. ¿Es bueno sembrar la ilusión sabiendo que después se van a desilusionar? Además es una la comedia sobre el encuentro y las contradicciones entre dos idiosincrasias.

P.: ¿Qué otros temas aparecen en la obra?

H.D.: Tiene un detrás que es muy emotivo, en cuanto a emocionalidad germinal e inocente. El personaje de Jorge Suárez vive con su mujer en el polo norte, muy helado, y el nuestro es muy latino. En ese choque cultural aparece la comicidad, a la vez que eso invade y nos transforma sin darnos cuenta. Es una lucha a la que somos sometidos sin querer, como un baño cultural. Y la verdadera problemática surge por algo que ocurrió entre chicos de 4 y 5 años: ¿creer o no en cuestiones mágicas? Nos preguntamos sin pincharles el globo, si deschavarles cuestiones de la vida cuando los vemos sumergidos en ese mundo mágico. Pensamos en dosificar la información para que puedan defenderse en la vida pero a esa edad la magia está en ese todo por descubrir. Estamos sumergidos en un mar de cuestiones concretas que olvidamos el vuelo, la imaginación, la posibilidad de invención, un poder del cual no hablamos demasiado y también tenemos.

P.R.: Hay un enfrentamiento entre dos formas de ver mundo, personajes que se definen en contra del otro. A media que se abren puertas los personajes muestran su humanidad y allí se encuentran más allá de sus diferencias, pero se ve cómo estamos muy crispados con los otros. Apela a algo lindo en cuanto a la ilusión y la magia que tenemos de chicos, esa inocencia y el no renunciar a creer. Ese lugar de ilusión tan primario, más allá de lo religioso, más conectado con la fe. Hay dos protagonistas que están ausentes en la obra, los dos niños, quienes no aparecen pero todo gira en torno a ellos y también se piensa en cómo se construye su futuro.

P.: ¿Cómo ve la oferta de teatro en la calle Corrientes?

P.R.: El comercial en Argentina tiene a la comedia en un lugar muy fuerte, pero lo bueno es cuando están bien escritas, con personajes no cómicos por sí mismos sino en el encuentro. Hay cosas que son patéticas y graciosas en la vida y son buen material para el teatro. A partir de un juego aparentemente superficial aparece el espacio para la profundidad, y se llega a zonas más comprometidas. Pero yo no soy consumidora de teatro comercial, allí la gente va a pasarla bien y como parte del postre, busca conmoverse.

H.D.: Hace unos años el comercial se vuelca a la comedia pero me atrae cuando hay otro componente, y no digo una obra que es 98% risa y una vuelta de tuerca final sino algo más. Esta obra tiene su largo pasaje de comedia pero también entra a una zona más profunda y reflexiva, como actores es un túnel al que entramos y confiamos en que hay luz del otro lado.

P.: ¿Cómo ven el teatro y el covid?

P.R.: Cada vez que uno sube al escenario está la sombra del covid y la alegría de volver a compartir el vivo con compañeros y espectadores. Hay efervescencia de espectáculos, salieron todos juntos de las gateras y el público está volviendo. Siempre en el teatro de Buenos Aires parece haber más oferta que demanda, a algunas les va bien y un montón la reman. Como espectadora no doy abasto, veo una por semana y tengo cinco en la lista.

H.D.: Hay un mini rebrote y también mucha distención en la sociedad. No en la sala teatral pero sí en el foyer o en el bar, está todo muy relajado. Soy estricto pero también me anotició de que el barbijo es optativo. El teatro siempre tuvo un estricto protocolo y noto que el público vuelve, no así al cine. La gente asiste, sabe que la cuidarán y que no hay opción. Está funcionando bien, esperemos que no se desbarate. Tal vez uno quiere que todo sea como antes y en un punto será muy difícil, porque todo cambió.

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