Se dice que en el arte no hay progresos, que hay hallazgos, ciclos de esplendor y decadencia, pero el valor estético de los bisontes de Altamira y los toros de Picasso es comparable, aunque expresen cuestiones diferentes y los hayan inspirado diversos propósitos. La muestra «Textiles Andinos» que en estos días exhibe el Museo de Bellas Artes, parece ilustrar de modo excelente este concepto. Así como Picasso -acaso provocativamente y pese a la desmesurada proporción de sus nalgas- decía que encontraba más bella la Venus de la fertilidad de Willendorff que la de Milo, el espectador con ojo entrenado podrá descubrir sin mayor esfuerzo que la belleza de estos textiles cuyo origen se remonta al siglo IV a.C. y llega hasta el siglo XV, deja en sombras el arte textil que se realiza e incluso se premia en la actualidad. Y el mejor ejemplo es la lograda armonía de un tejido con las formas de un damero de la tradición Wari Tiahuanaco.
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Sin embargo, más allá de la evidencia de que la obra textil es una disciplina que difícilmente alcance hoy la relevancia y el atractivo del período prehispánico, el valor de la muestra reside en que permite explorar las raíces del arte americano, la matriz abstracta de los diseños geométricos y la influencia que ejerció en algunos artistas de la vanguardia y continúa ejerciendo hasta hoy en muchos contemporáneos. Octavio Paz señalaba en su libro «El laberinto de la soledad» que «las únicas creaciones originales de América son las del arte precolombino, porque nacieron de ellas mismas». Con su riqueza cromática, la complejidad matemática de las tramas y la sorprendente originalidad de los diseños, el valor artístico de las 70 piezas que exhibe la muestra trasciende el fin utilitario, ornamental o de culto con que fueron concebidas. Tras el paso de los siglos, las telas andinas que van desde la figuración estilizada hasta la audacia geométrica, desde la espesa suntuosidad de los mantos hasta la elaborada sutileza de las «gasas», y desde la estridencia del color hasta la sobria gama de los tonos tierra, ostentan antes que nada la condición artística de los aborígenes amerindios y su capacidad de conceptualizar.
En su libro «Piedra Abstracta. La escultura Inca. Una visión contemporánea», y en varios ensayos que le precedieron, como «La conexión Norte/Sur: Una abstracción de América», el artista argentino Cesar Paternosto, con una visión contraria a la de la historiografía dominante que separa el arte de Estados Unidos del de Latinoamérica, «aislándolo del canon euro-norteamericano», revela «el mestizaje y la fusión sincrética» de un arte que es producto de la herencia cultural común de (todos) los pueblos del continente». Pater-nosto rescata coincidencias entre los escritos del maestro uruguayo Joaquín Torres García y los integrantes de la Escuela de NuevaYork, como Barnett Newman, Mark Rothko y Adoph Gottlieb, quienes aseguran poseer un «parentesco espiritual con el arte aborigen de América».
Además, el ensayo del argentino saca a luz la interesante historia de los artistas alemanes Josef y Anni Albers, integrantes de la Bauhaus que escapando de los nazis llegan al Black Mountain Collage de North Carolina, y así descubren el arte de México y Perú que marca sus obras. Anni - cuenta Paternosto-había concurrido al taller de Arte Textil de la Bauhaus y frecuentado el Museo Etnográfico de Berlín cuando influida por el arte aborigen escribió «On Weaving», una suma de su experiencia que dedica «a mis grandes maestras, las tejedoras del antiguo Perú».
Justamente, la pieza que abre la muestra del Bellas Artes, un voluminoso árbol de la cultura Chancay cargado de flores, frutos ovillados de adentro hacia afuera, aves, figuras humanas y ofrendas, podría interpretarse como un tributo al trabajo de las tejedoras e hilanderas. Cargado de simbología y realizado en una variedad de urdimbres y tramas con fibras, lanas, algodón, maderas y plumas, el árbol -uno de los cuatro que hoy perduran en el mundo-, pareciera contar la sofisticada historia de una civilización que reemplazó la escritura por el arte y que utilizó el tejido como lenguaje.
La colección de textiles que incluye husos, costureros, recipientes para los pigmentos y hasta un pequeño telar para llevar atado en la cintura, perteneció al coleccionista argentino Liber Fridman, que la exhibió por primera vez en el Bellas Artes en 1987 bajo el nombre de «Herencia textil andina». En 1989 la Asociación Amigos adquirió varias de esas piezas para donarlas al Museo.
En suma, se trata de una muestra para exquisitos, que brinda la oportunidad de encontrar las raíces de la apasionante historia del arte de América.
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