24 de mayo 2006 - 00:00
Thriller que desnuda los miedos de los escritores
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y éste se va intercalando con otro registro de escritura, ya a cargo de un narrador omnisciente, donde se describe la vida amorosa, profesional y familiar de Luisa y los diversos «accidentes» que la llevan a sospechar de varias personas de su entorno. La historia es amena, pero abunda en explicaciones innecesarias y en largas disquisiciones relacionadas con diferentes tópicos de actualidad (la maternidad tardía, el amor a los 50, el lolitismo de las preadolescentes y su adicción al chat y a los celulares, etcétera) que atentan contra la intriga y el suspenso de este thriller psicológico. A ellos se suman otros temas más literarios, pero tratados con ironía y gran sentido del humor, como los referidos a métodos de escritura y las distintas concepciones de la realidad que postularon autores como Borges, Shakespeare y, por qué no, el inefable Julio Iglesias. El cruce entre realidad y ficción que propone la autora alcanza una adecuada articulación en el capítulo final «Continuidad de los parques», en el que Luisa (al igual que en el cuento de Cortázar) escribe lo que está a punto de sucederle en ese instante amenazador.
La presencia del mal y su expresión en los niños es un tema que no logra echar raíces dentro de la novela, sólo adquiere cierta consistencia en pasajes aislados y en el terrible final. En cambio, resulta mucho más interesante la metáfora del expatriado como condición de todo escritor o el miedo común a todo novelista de ser castigado por introducir en sus ficciones datos y personajes de su vida privada, algo que la autora ha logrado transmitir de manera contundente.
Patricia Espinosa


