6 de mayo 2001 - 00:00

Tiene rigurosa puesta un denso ideario brechtiano

Tiene rigurosa puesta un denso ideario brechtiano
No hay matices ni sutilezas, y para Brecht no son necesarias. Los personajes teatrales deben ser sólo estereotipos con los que sea imposible involucrarse. La lucidez debe reemplazar al sentimiento. Entendiéndose por lucidez la adhesión a las convicciones del autor.

Aunque a veces, como en el caso de la muerte de Stalin, no desdeñó el sentimentalismo. «Los oprimidos de los cinco continentes -dijo-habrán sentido que se les detenía el corazón cuando se enteraron de la muerte de Stalin. En él se corporizaban todas sus esperanzas.» Conmovedora declaración que le valió la nada despreciable suma de 160.000 rublos que la Unión Soviética le otorgó en 1955, cuando le concedió el Premio Stalin de la Paz.

Como Puntilla, Brecht oscila entre el cinismo y la compasión. Esa compasión que resplandece a veces en alguno de sus poemas, y que deja de lado el distanciamiento.

La concisión de sus poemas es semejante a la perfecta síntesis de las piezas breves de «Terror y miserias del tercer Reich», pero la mayoría de sus piezas se alarga desmesuradamente y «Herr Puntilla» no es la excepción.

Claudio Hochman ha optado por usar algunos recursos casi circenses, que Brecht no hubiera desechado (en su «Ideario» rinde un homenaje a los payasos), y ha creado una puesta ingeniosa, resaltada por la impactante escenografía de Jorge Sarudiansky y el atrayente vestuario de Daniela Taiana.

La puesta es la verdadera estrella en este caso y el director la ha orquestado con rigor, contando con un elenco que ha respondido con solvencia a sus exigencias, aunque las actuaciones oscilen entre un estilo casi paródico, como en el caso de Roberto Carnaghi (Puntilla), Malena Figó (Eva) y Matías Hacker (Embajador) y la sobriedad con que encaran sus personas Cutuli (Matti) y Juan Carlos Puppo (el juez), quienes pare-cen haber seguido sus propios caminos para componer personajes más creíbles.

El resultado es un espectáculo en el que el actor sirve a la puesta y en el que los vínculos y los sentimientos individuales no tienen cabida. Pero como
Brecht mismo sostenía que él no describía para un público que buscara en el teatro la emoción, el espectador tiene todo el derecho de aburrirse si lo que busca en el teatro es «que el actor llegue a su corazón», como el de disfrutar si comparte la idea de que «el individuo no debe ser el centro de atención» y acepta transformarse en «alguien que estudia en su carácter de integrante de la masa, los hechos que se producen en escena», tal como lo proclama el autor.

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