El gran Albertone ha muerto. Apenas se supo la noticia, un impresionante nudo de tránsito se armó alrededor de la capilla que vela sus restos. Toda Roma lo llora, y el dolor se expande por toda Italia y el resto del mundo. Así debía ser. Alberto Sordi no sólo era el romano más querido, sino que era la propia Roma, no la imperial, por supuesto, sino la otra, la de los pobres, los vagos, y los burgueses sentimentales, pícaros, quejosos, infantiles, avivados, afectuosos, melindrosos, elegantes, vitales, petulantes, asombrados, descarados, galantes, y en el fondo, muy en el fondo, también un poquito tímidos. Así era el personaje que encarnó, y así era él mismo, por eso lo querían.
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Sus padres dedicaron la vida a la enseñanza en las aulas. El, nacido (15 de junio de 1920) y criado en el bohemio Trastevere, desertó rápidamente de la escuela, porque lo que quería saber --imitar tipos populares-se aprendía mejor en la calle. Con todo, lo convencieron de estudiar en la Academia Filodramática de Milán. Empezó a los 16 años, y a los 17 ya integraba la compañía del gran Ermete Zacconi. A los 18, se iniciaba como animador y comediante de teatros de variedades, y empezaba a aparecer en el cine. Pronto ganó un concur-so para doblar la voz de Oliver Hardy (también doblaría la de Robert Mitchum y Anthony Quinn), y se afirmó en el teatro de revistas junto a Anna Magnani, Aldo Fabrizi, y Wanda Osiris. De esas andanzas bajo la Segunda Guerra dejó el semi-biográfico «Polvo de estrellas».
En 1944 alcanzó la consagración en las tablas romanas. Y en 1946, la fama en toda Italia, gracias a la radio, donde creó programas memorables, y persona-jes emblemáticos como El Se-ñor Coso y El Conde Claro. Ya empezaba a ser uno de los principales críticos de costumbres del país. Quizás envanecido, protagonizó y coprodujo en 1951 la versión cinematográfica de un programa radial, «Mamma mia, che impressione!», menos exitoso de lo que esperaba, pero que le permitió encontrarse con uno de sus grandes modeladores: Federico Fellini. Juntos harían, una atrás de otra, «El jeque blanco» y «Los inútiles», dos grandes creaciones, con unos personajes que ya son eternos.
Desde ese momento, la popularidad fue avasallante, y se mantuvo durante décadas. Llegó a hacer hasta doce películas por año, al tiempo que mantenía una obra teatral y un programa de radio, siempre asumiendo el personaje del romano típico, más cargado de defectos que de virtudes, siempre con cara de circunstancias, quizá poco confiable, pero querible. En cierto sentido, es decir, dentro de una vena farsesca muy aguda, fue el mejor representante, y el mejor crítico, del italiano medio. Y uno de los consagrados «cuatro coroneles de la comedia a la italiana», junto a Gassman y los posteriores Ugo Tognazzi y Nino Manfredi (el único que hoy queda, de toda esa época).
En total, Sordi hizo unas 152 películas, 18 de ellas también como director. Algunas sólo buscaron la risa amable, apenas un poquito sarcástica, como «Dos noches con Cleopatra», «Un día en la comisaría», «Buenas noches, abogado», y «Venecia, la luna y tú». O bastante sarcástica, como «Los inútiles», «Un americano en Roma» (la del tipo que empieza dispuesto a comerse el mundo y termina comiendo un plato de spaghetti), «El médico de la Mutual», y las varias que dirigió, como «Mientras hay guerra hay esperanza», «El común sentido del pudor», y «Yo sé que tú sabes que yo sé». Pero también supo hacer unas comedias dramáticas que a veces terminaban siendo tremendos dramas.
A resaltar, como tales, «I magliari»,«La gran guerra», «Todos a casa», «Una vida difícil», «El maestro de Vigevano»,«Detenido a la espera del juicio», «Sembrando ilusiones», y, el más terrible, «Un burgués pequeño, pequeño», historia del hombre que ve morir al hijo durante un asalto, y tiempo después logra capturar al asesino, y se va desquitando despacio, de un modo muy lento, y muy torpe, que congela la risa del espectador. También son dramáticas dos de sus apariciones de «Los nuevos monstruos»: la del snob bien intencionado que ayuda a un herido en la via pública, lo lleva a diversos hospitales, y, como en ninguno lo atienden, lo vuelve a dejar donde lo encontró, y la del infeliz que, obligado por la esposa, lleva a su anciana madre al asilo, un asilo tenebroso, y al despedirse, desde lejos, grita admonitoria e inutilmente «¡Tratenla como a una reina!».
La tercera aparición, en cambio, era una fiesta pura, con Sordi como bastonero de una despedida que empezaba siendo mortuoria y terminaba en pura jarana, todos bailando y gritando «Italia, Italia». Así debería ser la despedida que a él le toca. Por lo pronto, las honras fúnebres son únicas, con capilla ardiente en el Capitolio, funerales en la Iglesia de los Artistas, ceremonia pública en la Piazza del Popolo, nudos de tránsito en toda Roma, y una sonrisa de cariño en todo el mundo.
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