17 de octubre 2005 - 00:00

Trockel desafía el reinado masculino

«Joven dormitando» (2000), crayón sobre papel de la alemanaRosemarie Trockel.
«Joven dormitando» (2000), crayón sobre papel de la alemana Rosemarie Trockel.
Con un cambio poco favorable, las exposiciones de buen nivel que llegan del extranjero no son muchas. Sin embargo, este año y a pesar de su elevado costo, llegaron al Malba y al Centro Cultural Borges dos interesantes muestras de Warhol, al Recoleta el valenciano Equipo Crónica, mientras la Fundación Proa despidió la semana pasada las estupendas pinturas de Picasso y Rothko, entre otros grandes maestros de la Colección Tamayo, para darle la bienvenida a la germana Rosemarie Trockel (1952).

Presentada como una estrella del arte contemporáneo alemán, que se dedicó a desmitificar la figura del artistagenio hombre en el escenario de la década del 80, que justo le tocó compartir con figuras masculinas tan significativas como Sigmar Polke, Georg Baselitz o Gerhard Richter, la muestra constituye un complejo festín para los amantes del conceptualismo.

Trockel
, como observan la curadora de la muestra Gudrun Inboden y la coordinadora Victoria Noorthoorn, muestra en sus dibujos y collages (realizados mediante todas las técnicas posibles -lápiz, bolígrafo, acuarela, computadora-), sus instalaciones, fotografías y grabados una fuerza imaginativa desbordante.

En verdad, desde la Documenta X, la Bienal de Venecia (1999) y su gran retrospectiva en el Pompidou (2000), Trockel transita el camino del éxito.

A través de toda su obra, desde la «Máquina de pintar» (un aparato que acciona 56 pinceles cuyos pelos son de artistas consagrados o, al menos, conocidos), hasta las hornallas eléctricas aplicadas a un cuadro a modo de collage, pasando por las «Pinturas tejidas», la mayor cualidad de la artista es su ingenio. Así cuestiona la «genialidad» del artista o el «aura» de la obra, entabla una lucha contra el estereotipo «típicamente femenino», y sabotea el sistema del arte, al punto de imponerle a su trabajo una voluntaria ausencia de «identidad» y «estilo», con el afán de desmitificar virtudes que favorecen la consagración.

Mirada desde la perspectiva actual, su rebeldía, al igual que su batalla contra lo estatuido (desde ya perdida), resultan un tanto ingenuas. Trockel es una artista virtuosa y posee talento, pero al tratar de que su obra se vuelva imposible de encasillar e identificar, no hace otra cosa que neutralizarlo. Al criticar el sistema desde adentro, con argumentos que derivan de Duchamp, termina enredándose en una enmarañada telaraña que ella misma ha tejido.

En una entrevista de la revista «Flasch Art», cuando le preguntan cuáles son los recursos más importantes de su arte, responde: «El amor y el dolor». Estos tópicos están presentes en una serie dedicada a los adolescentes dormidos, donde con sutileza y dolor habla de los jóvenes muertos durante la guerra. Pero en el resto de las obras, salvo los excelentes videos, Trockel intelectualiza su arte y lo pone al servicio de causas políticas, restándole la grandezay la dimensión heroica que poseen sus pares hombres. Sobre todo quien por varias razones, entre ellas la emoción, puede considerarse su contracara, Anselm Kiefer, artista que explora con pasión arrolladora el inagotable imaginario germano.

¿Quién es
Rosemarie Trockel?, puede preguntarse con derecho el espectador, frente a su identidad cambiante y el hielo de sus lúcidas ironías. «El arte no es genial», dice. Lo interesante sería poner esta aseveración entre signos de interrogación, y cuestionarse porqué tantos artista se empeñan en no ser geniales. Como compensación a tanto control intelectual, Proa presenta un grupo de artistas cuyos trabajos giran alrededor de la obra de Trockel.

«De rosas, capullos y otras fábulas»,
es una exposición argentina curada por Noorthoorn, donde Jane Brodie, Aili Chen, Mariana Cortés, Flavia Da Rin, Marina De Caro, Martín Di Girolamo, Inés Drangosch, Ana Gallardo, Guillermo Iuso y Florencia Rodríguez Giles, traen el alivio de ver artistas capaces de derrochar de sensibilidad, aún corriendo el riesgo ineludible de equivocarse.

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