23 de marzo 2006 - 00:00

Truculencia exclusiva para fans

Una de las fortísimas escenas de «Hostel», film decididamente no apto para todas las sensibilidades,pero que apreciarán los amantes de este tipo de terror, mientras sus alaridosse mezclan con los del film.
Una de las fortísimas escenas de «Hostel», film decididamente no apto para todas las sensibilidades, pero que apreciarán los amantes de este tipo de terror, mientras sus alaridos se mezclan con los del film.
«Hostel» (EE.UU., 2006, habl. en inglés y otros). Dir.: E. Roth Int.: J. Hernandez, D. Richardson, E. Gudjonsson, B. Nedeljakova, J. Kaderabkova, J. Vlasák, J. Lim.

Hace tiempo que no se veía una película de terror de bajo presupuesto, sin intención seria alguna excepto la de ponerle los pelos de punta al espectador, y que le salga bien como «Hostel». Lo interesante es que debajo de la sangre hay alguna intención seria. Y todo utilizando recursos estrictamente cinematograficos, es decir guión, actuaciones, ambiente, montaje y sustos e imágenes truculentas que poco a poco, entregados con generosidad, imaginación e inteligencia, van convirtiendo una función de «Hostel» en algo una montaña rusa de cine y terror. O mejor dicho, un verdadero tren fantasma, donde los gritos de los personajes se mezclan en perfecto sincro con los alaridos del público, que incluso puede llegar a aplaudir espontáneamente cuando algún malvado recibe su merecido. Eso sí: al espectador que no le gusta el terror, que ni se le ocurra ni ver el poster. Al que sí le gusta, no saldrá defraudado.

La historia comienza con los excesos juerguistas de dos compañeros de universidad abusando de los extremos holandesesen un tugurio de Amsterdam. Ahí se hacen amigos de un islandes que les gana lejos en audacia, pero no en sentido común. Dando por bueno el consejo de un desconocido, el trío no duda en enfilar hacia cierto hospedaje barato en un oscuro rincón centroeuropeo. Se supone que en ese sitio neotransilvano toda beldad eslava está dispuesta a dar todo sin recibir nada. Este es el punto de la película, la idea de que en sitios pobres, la gente con tarjeta de credito puede hacer lo que se le cante, y luego volver tranquilamente a Cincinatti.

Obvio, la carnada es tentadora (con topless, sólo para empezar) pero al éxtasis pronto sigue un mareo un poco mas fuerte que el de una simple resaca. A la mañana siguiente, un pasajero se ha ido del hostel sin avisar a sus amigos. Como nadie espera un comportamiento formal de un islandés y dos mochileros yanquis, la ausencia sin aviso ni despedida, se nota, pero no tanto como para perderse otra orgía en el Este europeo. El hermetismo del guión no llega a tanto como para no dar pistas sobre el paradero de los turistas que nadie debería extrañar. Mas que pistas, lo que da el director y guionista es un crescendo frío, cerebral, y eficaz como pocos. Si durante un primer acto sólo hay drogas, en el segundo ya tenemos sexo y en seguida rock & roll ( incluyendo hits del pop húngaro y tendones cortados). Roth revela lo que pasa recién en el último tercio del film, donde se ve que en un país donde los chicos matan por golosinas, la vida de un turista del primer mundo puede ser muy valiosa . Es en esta media hora (a partir del cameo del productor, un Quentin Tarantino muy caracterizado) donde la sustancia de «Hostel» empieza a dejarse ver, con frases como la que dice en otro cameo o el director Takeshi Mike: «en este lugar hay que tener cuidado... uno puede llegar a gastarse todo su dinero».

«Hostel»
se filmó con 4 millones y medio de dólares. Ya recaudó más de diez veces su costo, sólo a dos meses de su estreno norteamericano. Eso a pesar de batir el récord de diálogos en idiomas extranjeros sin subtítulos en un film hollywoodense.

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