«Pacto de silencio» ( Argentina, 2006, habl. en español, alemán e inglés). Guión y dir.: C. Echeverría. Documental.
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"¿Para qué fuiste al Colegio Alemán?", le reprocha una anciana al documentalista Carlos Echeverría, interesado en seguir los pasos del director del colegio al que él iba cuando chico, y es que dicho director resultó ser nada menos que el comandante de la Gestapo Erich Priebcke, al que la justicia italiana reclamaba por la famosa masacre de las Fosas Ardeatinas.
«No soy criminal de guerra, yo nunca maté a un hombre que fuera judío», se defendió Priebcke ante la televisión alemana. Y sus vecinos cerraron fila en torno suyo. Pero Echeverría, nacido y criado en Bariloche, y alemán por línea materna, conoce el paño y lo levanta por sus cuatro puntas.
Una, la historia de quien, entre otras cosas, un día mató 335 detenidos, entre ellos no sólo dos chicos de 15 años sino (dato llamativo) un sacerdote, varios mariscales, un general, un teniente coronel, y varios otros militares italianos opuestos al régimen. Incluso, mató a algunos infelices que habían llevado equivocados y ni siquiera figuraban en la lista del día. Luego, la comunidad que lo amparó. Así como en los '30 llegaban desde Belgrano, Vicente López, Quilmes, Munro, Beccar, etc., los chicos de las Juventudes Hitleristas de Buenos Aires, para acampar junto al lago Moreno, y hasta 1944 «en los frentes se veían más banderas svasticas que argentinas», según cuenta un viejo, tras la guerra llegaron, con nombre falso, unos cuantos criminales nazis.
El documental muestra todo esto en forma inapelable, con fotos, nombres y apellidos, y a veces con unas historias muy tocantes (por ejemplo, la turista europea que entre el personal del viejo hotel Bella Vista reconoció al oficial SS que delante suyo había matado a su familia).
Tercero, y bastante grave, el colegio al que una ex alumna describe como «raza ciento por ciento, afecto cero, si te caías y te pelabas la rodilla, en vez de consolarte la maestra te mandaba 'levantate, no llorés'». En los '90 los alumnos tenían prohibido ver «La lista de Schindler», mientras que «Mi lucha» seguía firme en la biblioteca y, todo sonriente, el señor director presidía los actos de graduación escolar. «Y cada alumno avanzaba con sus padres hacia el ex oficial de la Gestapo para recibir el diploma y fotografiarse. Un recuerdo para toda la vida», se asombra el relator.
Impresionantes, las opiniones del cónsul y (al mismo tiempo) miembro de la comisión directiva del establecimiento, y la justificación de un anterior funcionario de la embajada alemana: «nunca informé nada, porque supuse que mis superiores ya lo sabían».
Por último, el testimonio del mismo Echeverría, asumiendo la narración en primera persona y evocando, con pequeñas escenificaciones, su propia infancia,su primer encuentro con Priebcke, entonces dueño de una fiambrería alemana, y su reencuentro, años después, viendo un desfile desde el palco de honor. La enorme recopilación de datos, la variedad de testimonios, a favor y en contra (tomados acá, en Chile, Italia, y Alemania), el impacto de muchas imágenes de archivo, y la sola lista final de muertos, cada uno con su edad y profesión, evidencian el nivel de este recomendable trabajo, y hacen perdonable la entonación algo monocorde, pero en este caso intransferible, del narrador.
Pequeña ironía, digna de mención: quien en las referidas evocaciones encarna al viejo SS con el aire del que todavía decide los destinos ajenos, es el comediante Edgardo Mesa, cuya última aparición cinematográfica había sido, por gran casualidad, como relator de un desfile desde el palco de honor en «Rambito y Rambón».
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