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Su conexión con la realidad fluye a través de reflejos y circuitos indirectos, la ensoñación diurna, el rostro de una hermosa mujer espejado en una ventana, o esa investigación sobre ballet occidental a la que dedica todos sus esfuerzos sin haber asistido nunca a un representación en vivo.
Los personajes masculinos Kawabata viven en permanente estado de melancolía y su fascinación por la ausencia (ese «estar enamorado de alguien a quien nunca había visto» que desea Shimamura), los coloca en un lugar de amable degustación estética, ya sea en relación a la naturaleza o a los demás seres humanos. Algunos investigadores asociaron dicho rasgo a las terribles pérdidas que sufrió el autor durante su infancia. Huérfano a los tres años, Kawabata debió afrontar a los siete la muerte de su abuela y dos años más tarde la de su única hermana. Al igual que «Lo bello y lo triste», su novela póstuma, «El país de nieve» exhibe con una exquisita economía de recursos el abismo existente entre el hombre y la mujer, contrapuesto al seductor encantamiento del paisaje japonés. Como un maestro impresionista, Kawabata describe la luz, el frío, la seda de los kimonos, el fluir de las estaciones y las estrictas normas de cortesía de la sociedad japonesa, con exquisita sutileza. Su prosa, rica en imágenes y veladuras, brinda un lugar muy importante al silencio y al vacío, dos elementos expresivos muy apreciados por la cultura japonesa. De esta novela se ha dicho que tiene el espíritu zen de una pintura oriental, sobre todo por lo que deja fuera del papel. Vale la pena explorar el evanescente mundo de Kawabata, que junto a su refinado humanismo transmite una intensa carga de sensualidad.
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