3 de octubre 2002 - 00:00

"UN OSO ROJO"

Escena del film
Escena del film
«Un oso rojo» (id., Argentina, 2002; habl. en esp.). Dir.: A. Caetano. Int.: J. Chávez, S. Villamil, L. Machín, R. Lavand, E. Liporace y otros.

H ace unos años, el elogio más hiriente que solía recibir una película nacional era decirle que «no parece argentina». Algunos films de los últimos tiempos («Mundo grúa», «Nueve reinas», «Bolivia», «El bonaerense» y la futura «Historias mínimas» entre las sobresalientes), por fortuna, le han hecho perder vigencia al lugar común.

Pero «Un oso rojo» no sólo se gana su espacio en ese afortunada lista sino que tiene un valor adicional, e infrecuente, por el que hay que empezar: el personaje de Julio Chávez es antológico. Su Oso seco, parco, de gestos y líneas de diálogo mínimos y exactos, trasciende el interés de la historia con un aura propia. Dicho de otra forma, el trabajo de Chávez, un peligroso Scarface de suburbio, cicatriz en la ceja, mirada de asesino y padre amoroso a la vez, no es el de un actor sino el de una estrella.

A un actor no se le cree todo, a una estrella sí. Y en un cine tan frecuentemente apegado a lo verosímil, quizá como ilusoria garantía de salvación o de diferenciación, era necesaria una estrella para cargar sobre sus espaldas una película que arranca en lo «real» y despega hacia un espacio menos frecuentado, el espacio atemporal del cine mismo, que es juego, que es fantasía y emoción, y que sólo tiene que responder ante su propia lógica.

Tal vez a otro actor, en su lugar, no se le creyera esa balacera final con carambola incluida. A Chávez, como en su momento a Belmondo o a Bruce Willis, no hace falta creerle, se le aplaude. A esa altura, ese bar de mafiosos presidido por el manco René Lavand (excelente hallazgo de casting) hace olvidar la sórdida geografía del conurbano donde transcurre: la película ha entrado en el ámbito propio de la memoria del cine, y que el director Caetano alimenta con inconfundibles citas, como la puñalada a Sollozo de «El Padrino», poco después de otra matanza subrayada, en la banda de sonido, por el Himno Nacional que se venía interpretando en la escena anterior durante un acto escolar.

«Un oso rojo»
es mucho más que la crónica de un pistolero que, después de una larga temporada en la cárcel, regresa a su casa para encontrar a su mujer Natalia (Soledad Villamil) viviendo con otro hombre, el pusilánime Sergio ( Luis Machín), junto a su propia hija. Es la extraordinaria historia de la vida de un marginal cuyo sentido de la ética no excluye, desde luego, el robo y el crimen, pero que permanece indoblegable en la defensa de los suyos.

•Puesta en escena

La puesta en escena es tan justa y desapasionada como se lo merecía el personaje: no hay obviedades ni sentimentalismos y la relación entre el auténtico padre y la hija, vínculo espléndidamente retratado, encuentra en un juego con monedas y chapitas de gaseosas una excelente vía para describir lo que, quizás, a otros guiones les demandaría un torrente de palabras.

Western y policial a la vez, el film se apropia del sentido de la aventura del primero, además de la unívoca dimensión del personaje del «solitario», y del otro su ritmo, su parte de violencia y cierto comentario social.

Finalmente: la discusión sobre si la participación de la productora
Lita Stantic en esta película de mayor envergadura, en donde ha tenido voz y voto (empezando por la elección de Chávez), le quita o le suma puntos a la condición de «independiente» que tantas veces se le ensalzó al realizador de «Pizza, birra y faso» y «Bolivia» es absolutamente indiferente al público. La mejor noticia es que va a ver una gran película.

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