Una bella fábula de amor sofocada por lo literario

Espectáculos

«La puta y la ballena» (id. Arg.-España, 2004, habl. en español). Dir.: L. Puenzo. Int.: A. Sánchez Gijón, L. Sbaraglia, M. A. Solá, M. Llorens, B. Blanco, L. Lamaison y otros.

Al terminar la proyección de «La puta y la ballena», el nuevo film de Luis Puenzo, no pocos espectadores podrían quedarse con las ganas de conocer algo más acerca de la triste historia de la cándida Lola y su amante desalmado que lo que una coproducción con la España rica está en condiciones de responder.

Estas coproducciones, y más si alcanzan los tres millones y medio de dólares, están obligadas en primer lugar (casi como Lola en su oficio) a la satisfacción de otras fantasías, típicas entre los inversores, consistentes en exigir a la película que se enfunde en un aparatoso corset argumental, a veces contrario a su propia lógica (no hablemos ya de su propio deseo), donde cohabiten personajes de uno y otro lado del Atlántico y abunden despliegues técnicos acordes a los costos.

Si, además, se añade la suficiente cantidad de tango, mezclas de pasado y presente y algunas referencias a la Guerra Civil española, mucho mejor. Bajo este requisito perverso subyace un pretexto de mercado no siempre verificable.

Así, a la que pudo ser la película más pasional de
Puenzo, protagonizada por una pareja quizás antológica si hubiera contado con más tiempo de pantalla para su intimidad y entidad (Mercé Llorens y Leonardo Sbaraglia), se la intuye más de lo que se la siente. A la trágica, hermosa fábula de la corista que huyó con el fotógrafo que terminó vendiéndola a un rufián ciego en la Patagonia de los años 30, le cuesta respirar bajo el andamiaje de un libro sobreelaborado que le pesa como una ballena. Es una historia de amor sofocada por un guión que transparenta menos el alma de sus criaturas como los adivinables toques y retoques de escritura, las sucesivas capas de maquillaje narrativo.

De allí surgen, como convidados de piedra, varios intrusos literarios, e inclusive un personaje indudablemente menor termina erigiéndose en protagonista, la escritora madrileña Vera (Aitana
Sánchez Gijón), quien en el presente del relato recibe el improbable encargo de trasladarse a la Argentina a ponerle «epígrafes» a una serie de fotos viejas, obtenidas por aquel fotógrafo. Por este artilugio, la historia central se convierte en secundaria.

Vera arrastra su propio drama, un cáncer de mama, cuya resolución termina materializándose en una imagen digitalizada que, si bien pudo estar inspirada en el libro de fotos de una artista que padeció lo mismo, y quiso exponerlo, aquí en la película resulta obscena. Y obscena no tanto por lo que
Puenzo decidió mostrar sino porque lo hace a través del personaje menos interesante de la película.

La «pesquisa» de Vera es artificiosa,el romance con su editor muy accesorio, y caprichoso su casual encuentro con una antigua protagonista de los hechos: el corazón del film, su indudable belleza (que la hay, y mucha) está en aquella apasionada historia de amor y traición, en la fuga de la corista rebelde tras su hombre, en el trágico desenlace, en la intervención de ese rufián tanguero (Miguel
Angel Solá, en su segundo personaje de ciego para el cine después de su Borges), y en el pudoroso lirismo con el que Puenzo filma toda esa belleza. Una historia, como la imagen de la ballena varada en la costa, nacida del sueño, pero emotivamente distante, en atenta vigilia, varada también en los deseos imaginarios de un festival internacional de cine.

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