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15 de abril 2004 - 00:00

Una comedia se acuerda (al fin) de la gente mayor

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China Zorrilla y Eduardo Blanco

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Precisamente, los pilares de la obra están en las referidas conversaciones. Cada vez que el hijo visita a la madre, el público se inclina hacia adelante. Encima, hasta pareciera que
Cada uno tiene cositas que reprocharle al otro, y cosas que reprocharse a sí mismo, o no. Ella, respecto a su matrimonio. El, respecto a sus ideales cambiados por una pretensión de medio pelo que ahora se le viene abajo. En plan de ajustes, quiere vender (instigado por la esposa) el departamento donde vive la madre. Pero la vieja no se da por aludida, y encima trae un inquilino. Un novio, dice, pero en realidad es casi como recuperar al hijo que admiraba y alimentaba diariamente. No corresponde decir más, salvo que el tercero (pero no en discordia) es
Junto a los elogios, caben algunos reproches menores. Digamos solo dos. Uno, de locación: ese departamento vale menos que la 4 x 4 que el hijo también pone en venta (y que permite ver lo chico del garage, evidenciando una casa de apariencias, pura fachada). Otro: tampoco pegan las arengas del anarcojubilado a los demás viejos. ¿Pero no habrá sido así también de inconducente e infantil el protagonista cuando era joven? Dicho sea de paso, al fin alguien en nuestro cine recuerda esas tonterías de juventud con una sonrisa, sin necesidad de agregarle la menor sombra dramática sobre la época de la represión o cosas por el estilo.

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