«Un ballo in maschera». Opera en tres actos. Lib.: A. Somma. Mús.: G. Verdi. Direc. mus.: R. Luvini. Direc. coro: M. Palmeri. Régie y esc.: C. Palacios. Luces: A. Morelli y Ch. Monti. Vest.: A. Lapiz. ( Teatro Avenida) Nuevas funciones: l5 y 17/7.
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Se ha fundado otra Asociación Civil para la difusión de la ópera. Se denomina «Opera viva» y su primera producción fue la conocida «Un ballo in maschera», de Giuseppe Verdi. Una tendencia internacional, que tiene que ver con nuevas búsquedas pero también con bastante snobismo, produce relecturas escénicas de obras tradicionales. Este «Ballo in maschera» revisitado es una de las víctimas de este afán de trascendencia y actualización que ataca a la ópera.
La propuesta, que extraña en manos de un régisseur imaginativo pero respetuoso y conocedor de los códigos teatrales y musicales como Carlos Palacios, resulta arbitraria y carente de significados plausibles, sobre todo por caer en más de una oportunidad en el ridículo.
A esta ópera, a lo largo del tiempo, solió cambiársele mucho su escenario en virtud de que el propio compositor sufrió la censura: él la pensó en la Suecia del asesinado monarca Guillermo II y terminó en las colonias de Inglaterra en América del Norte, en especial Boston, en 1776. Lo que vemos ahora transcurre en la Buenos Aires de mediados del siglo XXI.
Cantada en italiano (como corresponde) las acciones van de Puerto Madero hasta el mismo teatro Avenida donde se lleva a cabo la representación, eso sí con un baile de máscaras que recrea el siglo XVIII, pero donde la policía no es otra que la Federal de ahora. Cuando el pueblo, al finalizar el segundo cuadro del primer acto, aclama a Riccardo («Regi felice, arridano Gloria y salute a te»), el «Jefe» abraza una bandera argentina, mientras que el pueblo también las agita, como si fuera «Aurora», de Panizza. Tampoco se han olvidado de los piqueteros.
Dejando de lado este intento de «Teatro por la identidad» operístico, hay que destacar la autoridad musical de Roberto Luvini en la dirección de orquesta, un auténtico verdiano, quizá una de las batutas más caracterizadas de nuestro medio para exponer el estilo del compositor. También hay que señalar el trabajo del coro conducido por Martín Palmeri con mano precisa y musicalidad permanente.
Un acertado equipo de cantantes interpretó con mérito los papeles centrales donde se destacaron Gerardo Marandino y Luis Gaeta, Sandra Scorza (otra incoherencia: el personaje es Oscar, un hombre cantado por una soprano coloratura, pero aquí es una mujer y se sigue llamando Oscar) y sobre todo la soprano italiana María Pía Piscitelli, que encarnó una Amelia de sólidos recursos musicales, con volumen, extensión y dramatismo dignos del mejor Verdi. Eran sus voces luchando contra el ridículo de la versión.
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