«Pareja abierta», de F. Rame y D. Fo. Dir.: J. M. Muscardi. Int.: A. Acosta y D. Fanego (Teatro Picadilly).
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Algunas veces, los actores están tan seguros de su oficio que pueden olvidarlo. Y entonces, todo lo que hacen parece visceral, espontáneo, y por eso creíble. El público se abandona y entra en el juego. Todo es fácil, no se siente el esfuerzo profesional. El actor que está en escena es igual a nosotros, y crea una complicidad semejante a la que se establece cuando uno se divierte consigo mismo.
Eso es lo que logran Ana Acosta y Daniel Fanego en «Pareja abierta». No son dos actores en escena, son dos cómplices. Y como el texto de Dario Fo y Franca Rame es una mirada franca sobre su propia intimidad, la comicidad es irresistible.
Por eso, las groserías que abundan en la primera parte son innecesarias. Porque el ingenio y la sutil observación que prevalencen en la segunda son mucho más eficaces que las palabrotas y los gestos obscenos que acercan peligrosamente al producto de los engendros televisivos.
La pieza es una franca burla a los hombres que, buscando la libertad para sostener aventuras extramatrimoniales, no vacilan en conceder a su media naranja la misma libertad, con la convicción de que su mujer es tan poco deseable como para brindarles la seguridad de una fidelidad forzosa.
El hombrecito de la obra habla «maduramente» a su mujer, que siempre amenaza con suicidarse, tratando de convencerla de que una pare-ja abierta es la mejor fórmula para lograr una relación excitante. Y la convence. Lo que no entra en sus planes es que la mujer cambie y se consiga un amante que lo aventaja en todo. Su machismo sufre un duro golpe y el victimario se transforma en víctima. Su razones se vuelven contra él y su discurso cambia. Pero, como es un tramposo, vuelve otra vez a las andadas, aunque su mujer ya no es la misma.
• Actores
Ana Acosta y Daniel Fanego actúan como si improvisaran, de allí la frescura de sus desaforadas interpretaciones y de la irresistible simpatía que irradian los personajes, que permiten al público identificarse con ellos. José María Muscardi atina en la dirección, imponiendo un ritmo que no decae, apoyándose en el trabajo de los actores. Pero algunos agregados al texto son innecesarios, porque no es preciso ensuciar las palabras de un Premio Nobel para que su pieza tenga un certero efecto en el público.
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