31 de julio 2007 - 00:00

Una pasión en el Río de la Plata

¿Fue Ingmar Bergman un descubrimiento rioplatense, como siempre se dice? Lo cierto es que aquí tuvo admiradores lúcidos y difusores hábiles mucho antes que en Estados Unidos y Europa. Ya en 1946 la crítica argentina destaca su trabajo como guionista de «El sádico» («Hets»), de Alf Sjoberg. Y en 1952, otro argentino, Mauricio Litman, pone «Juventud, divino tesoro» en lugar especial dentro de la programación del 2º Festival Internacional de Punta del Este.

A esa función asisten los críticos montevideanos Homero Alsina Thevenet y Emir Rodríguez Monegal, que inmediatamente se convierten en sus primeros exegetas, y, años después, en los autores de uno de los primeros libros sobre Bergman en todo el mundo. A esa función también asiste un joven empleado judicial, Hernán Gaffet, que posterga sus estudios de abogacía, se empeña, compra los derechos del film para la Argentina, y se convierte en distribuidor y productor de cine-arte.

En Uruguay Bergman es un éxito. En un solo año, 1953, se estrenan cuatro films suyos («Mujeres que esperan» y «Un verano con Mónica», y los más antiguos «Sed de pasiones» y «Puerto»). Entre nosotros, la recepción es más contenida, hasta que el programador Alberto Kipnis organiza unos famosos ciclos temáticos en el viejo Lorraine, que él había convertido en cinearte, y el crítico Leo Sala despliega humor y sapiencia en su análisis de los símbolos bergmanianos con peso en Jung y la religión, más que en la filosofía.

La elite se burlaba de Leo Sala, pero el público hacía cola para el cine llevando el «Leoplán» con sus críticas en la mano, unas críticas que a veces eran de tres páginas bien medulosas y detallistas. Y, mucho tiempo después, una actriz bergmaniana, la propia Ingrid Thulin (pronúnciese Tuliin), cuando vino a la Argentina, leyó varias de esas notas y le dio públicamente la razón, durante un famoso homenaje que ella y el fotógrafo Gunnar Fischer («Cuando huye el día») recibieron en el Centro Cultural General San Martín.

Todo esto hoy es anécdota. Como la de aquel periodista de «La Nación» que estuvo en el rodaje de «El séptimo sello». Le dijeron que fuera al estudio a mediodía. Golpea la puerta, le abre un joven, lo hace pasar, le dice que lo siga. «Pero yo vengo a entrevistar a Bergman». «Yo soy Bergman», le dice el joven. «El portero está comiendo». El director abría la puerta, y además ayudaba a llevar los faroles al equipo de iluminación. El periodista no lo podía creer. Ese también era un Bergman a descubrir, y tomar de ejemplo.

Anécdotas, asimismo, la picardía del distribuidor que rebautizó «Juventud, divino tesoro» un drama donde la protagonista maldice a Dios por la estúpida muerte de su novio, el escándalo de los bienpensantes por la escena de la violación de «La fuente de la doncella», las movilizaciones de estudiantes católicos contra «Un verano con Mónica» y, muy poco después, la proliferación de cineclubes católicos dedicados a estudiar «Luz de invierno», la lucha de los cronistas de cine contra la prohibición judicial de «El silencio», el homenaje de Leonardo Favio con ese juego de truco entre la Muerte y Juan Moreira, la fidelidad del público que siguió a Bergman durante más de medio siglo, y creció con él, desde sus historias de jóvenes enfrentados al absurdo existencial en «El demonio nos gobierna», sus retratos agudísimos de los afectos y los agobios familiares («Confesión de pecadores», «Cuando huye el día», «La hora del lobo», «Escenas de la vida conyugal», «Sonata otoñal», etc.), y también sus momentos de descansada alegría dentro de la incertidumbre de la vida (esos momentos de «Sonrisas de una noche de verano», «Ni hablar de las mujeres», «La flauta mágica», y su opera magna, «Fanny y Alexander»), hasta sus ironías de viejo octogenario sobre el gran momento de la muerte, que él mismo llamó «En presencia de un payaso».

El payaso, según dicen los cables, se lo llevó tranquila y suavemente. Ya no estaba en edad de irse bailando en ronda como los que se lleva la Muerte en «El séptimo sello». Y acaso había, ya, descargado todos sus fantasmas y remordimientos, en decenas de memorias y libretos. Los viejos espectadores removerán ahora unos videos de mala calidad, decenas de libros y programas, montones de recuerdos. El descubrimiento rioplatense ya existía antes que él, y era la lúcida angustia de la vida. Lo suyo fue ponerle imágenes y diálogos simultáneamente descarnados, bellos, y profundos. Y llevarse, de paso, las más lindas rubias con todo ese verso.

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