«Intuición femenina» («Crush», Inglaterra-Alemania, 2001; habl. en inglés). Dir.: J. McKay. Int.: A. MacDowell, I. Staunton, A. Chancellor y otros.
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«Intuición femenina» es una película descarriada. Se inicia como una entretenida intriga femenina confesional pero a los cuarenta minutos pierde el rumbo. Pare-cería entrar en una especie de ataque de pánico genérico. Desentrañar qué fue lo que ocurrió en ese infausto momento de quiebre, similar al de un equilibrista que empieza bien su número y antes de llegar a la mitad se le ocurre mirar hacia abajo, requeriría una investigación casi detectivesca, tarea que los modestos límites de esta producción no justifican.
Vinculadas por la penuria de amores, el gin y el tabaco, tres mujeres muy distintas entre sí suelen encontrarse con regularidad para intercambiar confidencias. Una es directora de escuela, con todos los atributos que la malsana sabiduría popular acostumbra atribuirle a este cargo (Andie MacDo-well), otra es una mujer policía aunque sin las virtudes de Angie Dickinson ( Imelda Staunton) y la tercera una médica atractiva, pero especialista en elegir siempre al hombre equivocado.
En el intercambio del club de amigas, verosímilmente, se mezcla realidad y ficción, solidaridad y envidia. La naturaleza humana es imperfecta. Sin embargo, cuando la señora directora cae en los brazos del organista de la iglesia, casi veinte años menor que ella, esa imperfección se agrava. Las otras no toleran semejante felicidad en quien hasta hace tan poco creía que del órgano sólo podía esperar una tocata de Bach. Y lo peor es que ella no lo cuenta.
Hasta aquí, la comedia sentimental, con un toque de picardía, bien definida; el target de público perfecto. Sin embargo, a partir de la venganza que planean contra ella las amigas menos afortunadas del trío, la película entra en un insólito laberinto de géneros del que no sabe salir. Es cierto que la previsibilidad suele condenarse como el síntoma habitual de la pereza de los guionistas o de las exigencias comerciales, pero siempre es preferible una comedia rutinaria, y funcional, a la originalidad obtenida a fuerza de una traición a la propia lógica.
Los personajes de «Intuición femenina», como invadidos por los «body snatchers» de la ciencia ficción clase B, empiezan a comportarse de manera inexplicable, y la película a transitar a los tumbos por el burlesque, la tragedia, nuevamente la comedia reidera, y, sobre el final, el disparate puro. Un vuelco así, sin embargo, le otorga una novedosa dimensión a la pregunta eterna: pudo haber sido, una vez más, «¿qué quieren las mujeres?», pero se convierte en «¿qué quieren algunos guionistas?». Interrogantes, en ambos casos, igual de insondables.
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