5 de diciembre 2001 - 00:00
Unas crónicas de exilio que eluden la amargura
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Parecido a otras crónicas del exilio, este libro es diferente en varios aspectos. Hubo una primera versión, de fines de l983, y ahora toda aquella materia se ha completado y reelaborado. Cada capítulo se subdivide en dos segmentos temporales y espaciales: México, l982; Buenos Aires, 200l. Este tratamiento desdobla las perspectivas sobre un mismo episodio, establece distancias y atenúa una experiencia que debió ser desgarradora.
Para un argentino exiliado en América es duro descubrir que aunque la patria común es la lengua, hay tantas hablas como regiones del español y, en algunos casos, las diferencias parecen pesar más que las semejanzas. Así el exiliado un día descubre que está hablando en «argenmex», que no es ni argentino ni mexicano.
Todo esto se parece al testimonio de otros exilios, pero se diferencia porque el grado de integración de los argentinos, y particularmente de los niños, con lo mexicano, parece haber sido mayor y más sólido. Los que vuelven se sienten a disgusto con lo que encuentran: ellos han cambiado y ha cambiado el lugar de retorno. Sin embargo, traen costumbres, comidas y lenguaje que atestigua aquel grado superior de integración. En esto el exilio de los argentinos en México se diferencia del de los españoles de la guerra civil. Escrito sin amargura y sin resentimiento, en un tono tierno y a veces irónico, este libro de Ulanovsky no es sólo un documento colectivo de aquellos años dolorosos, sino un testimonio personal en el que cada anécdota se profundiza y se revive de modo sustantivo.




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