(02/01/02) Jorge Miguel Couselo «El Negro Ferreyra: un cine por instinto», (Bs. As., Grupo Editor Altamira, 2001, 168 págs.)
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Jorge Miguel Couselo, crítico e historiador ejemplar, y fundador y primer director del Museo del Cine, murió hace pocos meses, sin haber visto concretada la reedición de este libro sobre el bohemio director Agustín Ferreyra, el primer poeta de nuestro cine.
La primera edición, hoy clásica e inhallable, data de 1969, y desde entonces se hablaba de la segunda, que él ya tenía corregida y aumentada... Ahora, al fin, y bajo el cuidado de su hijo, el Museo concretó aquel viejo anhelo, tantas veces postergado. Lo hizo en conjunto con Altamira y la Universidad de La Plata, y el resultado, más allá de la franciscana impresión de las fotos interiores, es elogiable.
Revisión
Respecto a la primera edición, de Editorial Freeland, Couselo incorporó gran cantidad de notas diversas (bibliográficas, aclaratorias, complementarias), leves cambios de puntuación, o de sustantivos, y algunos agregados entre líneas. Cultor de la síntesis, el viejo periodista también redondea alguna que otra frase, y reprime alguna expresión sentimental, que se le escapó la primera vez. Por ejemplo, donde antes «la madre y el escaño de Corrientes y Talcahuano (...) ganáronse sus más puras y totales confidencias», etc., ahora solo se ganan «sus secretos», y punto, ahí terminó la frase.
El libro, en cambio, no termina donde antes, sino que agrega todo un nuevo capítulo, con testimonios de Mario Soffici, Leopoldo Torres Ríos, Calki, Georges Sadoul, Horacio Ferrer, Torre Nilsson, y otros grandes. Algunos son de artículos periodísticos de diversas épocas. Otros, son recuerdos directamente recogidos por el autor. Conmueve el de Ber Ciani, antiguo actor y asistente de Ferreyra, evocando su final con un cuadernito escolar en las manos, en la misma pieza de la casita de barrio donde había nacido, 53 años antes. De esa cepa vendrían, con el tiempo, otros dos grandes poetas populares: Torres Ríos y Leonardo Favio.
Aportes
Dos discípulos del historiador, Andrés Insaurralde y Fernando Peña, aportan al contexto, uno en la imprescindible nota biográfica, y otro en las consideraciones del prólogo. Gallego como su maestro, Peña afirma valores morales («En términos que están pasados de moda, su carrera fue símbolo de excelencia, coherencia, y honestidad»), y arremete de frente: «Pero el tiempo pasó y ahora nadie lucha en este oficio. La historia del cine argentino la escriben otros, en ediciones de costo escandaloso que solo aciertan a reunir bonitas ilustraciones. Su prosa elegante ha sido reemplazada por ese pastiche rancio de una seudoacademia que nadie lee, o por esa otra nada en que se ha transformado el periodismo de espectáculos». Ese es sólo el comienzo. Vale la pena.
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