«Ondina», de J. Giraudoux. Dir.: B. Goldenberg. Esc.: C. Di Pasquo. Int.: S. Matute, J. Montú, G. Schauman y elenco. (Teatro Anfitrión.)
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Las alianzas entre seres de distinta condición, nunca resultan felices. Piénsese en «La sirenita», en «La grulla crepuscular» y en tantas encantadoras heroínas, habitantes del mar o del cielo, que por amor a un hombre renuncian a sus poderes y se transforman en simples mortales. La vulgaridad, la deslealtad o la codicia de sus amados, siempre termina lastimándolas. «Ondina», el personaje de Jean Giraudoux no es la excepción. Enamorada de un caballero, renuncia a su condición para casarse con éste, aceptando como requisito de su mágico padre que el caballero morirá si la traiciona. Tan segura está la ninfa del amor de su amado, que acepta el pacto. Cuando él la traiciona, ella finge haber sido la desleal, pero el engaño se descubre y el hombre debe morir, al mismo tiempo que ella pierde la memoria de todo lo vivido.
Berta Goldenberg ha interpretado la pieza de Giraudoux, en parte como si se tratara de un cuento de hadas para niños y en eso reside la mayor falencia de su puesta. Ondina es una metáfora sobre el precio que cualquiera debe pagar cuando se une a un ser de condición inferior.
Aunque por momentos, merced al tempera-mento de Javier Montú (Hans) y Guillermina Schauman (Ondina), la pieza alcance algunos puntos de dramatismo y refleje la valentía de la protagonista, la inexperiencia del resto del elenco (excepción hecha de Stella Matute), atenta contra el significado de la pieza, cuyo mayor mérito es su lirismo y la constante amenaza del mundo onírico que rodea todo lo que sucede.
• Inadaptada
La realidad de la corte es vulgar e hipócrita y el sufrimiento de Ondina proviene de su absoluta pureza y su incapacidad para adaptarse. Todo es pesado, falso y ordinario, a pesar de sus pretensiones aristocráticas y ella no se integra a ese mundo, que le parece irrisorio.
El diseño escenográfico de Carlos Di Pasquo resuelve con inteligencia los distintos espacios en los que se desarrolla la obra y el vestuario de Marcela Morales acierta en algunos trajes (como el de Ondina, el Caballero y Berta), pero en otros sigue el criterio del «teatro para niños».
Además, para propiciar un acercamiento al texto y ya que se trata de una traducción, el resultado hubiera sido favorecido si el lenguaje se hubiera alivianado eliminando los «estéis» y «os vais», llevándolos al usted y acortando algunas escenas que estiran la duración del espectáculo.
Es loable que Goldenberg acerque a sus discípulos a textos exigentes, como lo hiciera con excelentes resultados en «El rey se muere». Pero «Ondina excede las capacidades del joven elenco.
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