5 de enero 2005 - 00:00
Versiones contrapuestas del robo de La Gioconda
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• La versión Guelar
La historia de quien se autoproclama marques de Valfierno le permite relatar la historia política de la Argentina (Roca, la epidemia de fiebre amarilla, la crisis de 1890, el Centenario, los argentinos con la vaca atada y tirando manteca al techo en París), además del programa delictivo del robo del cuadro de Leonardo, que en realidad encubre una fabulosa estafa que le permitirá a Valfierno hacerse de unos 80 millones de dólares vendiendo seis falsas Mona Lisa a coleccionistas millonarios.
A través de su semblanza de Leonardo relata la aventura vital de un «obrero genial, capaz de crear, experimentar y soñar basado en la disciplina, el trabajo y la seriedad moral e intelectual». Por último, aparece Carlos Federico Ruckmann, un descendiente de Valfierno, clara alusión a un político «cabezón y feo pero muy simpático, que desde muy chico llamaría la atención por su permanente sonrisa», llegaría a ministro, a gobernador y sería, «en una estafa comparable a la de su abuelo», a crear los patacones, que el autor deriva no de su significado criollo sino de «patacas» que en italiano son «estafas callejeras» y, por tanto, « patacones son estafas enormes». A través de Ruckmann va de 1945 al regreso de Perón, y de allí hasta el gobierno de «De la Duda».
Guelar utiliza la estrategia del género bestseller, cubre de información cada etapa. Leonardo charla con Maquiavelo, hace que la enigmática sonrisa de Mona Lisa surja del uso por la retratada de un artilugio por él construido, un « consolatore». Valfierno asiste en París a una conferencia de Freud junto a José Ingenieros. A Ruck-mann lo hace derivar por la «Tacuara» de Ezcurra Medrano, los aparatos sindicales, las internas del peronismo. Guelar enfrenta la viveza criolla, el mundo de impostores y falsarios porque, proclama, «la historia argentina había estado y estará signada en el futuro por esa conjunción contradictoria entre los actos de irresponsabilidad e insensibilidad absoluta, la picardía cívica llevada al límite de la genialidad, y la entrega devota y generosa a la calamidad o la injusticia».
• La versión Caparrós
A Caparrós sólo le interesa Valfierno, tiene evidente simpatía por ese marginal que se inventó personalidades una tras otra, olvidando siempre la anterior, y engañó a magnates soberbios que se quisieron adueñar de un bien universal. El autor de «Un día en la vida de Dios», adopta como estrategia narrativa recobrar la confesión de Valfierno al periodista Hans Decker, que bautiza Charles Becker, y una estructura sincopada de saltos temporales. Esa fórmula le permite una trama intrigante, por momentos epigramática y sarcástica, donde busca bucear los enigmas de la identidad.
Valfierno es Bollino, un rosarino hijo de una mucama, va a un colegio de curas, a la cárcel por una supuesto atentado anarquista, se hace marinero y, luego, guardián de un prostíbulo de Buenos Aires donde conoce al copista de La Gioconda (cuyas teorías una veces parecen remitir al Pierre Menard de Borges y otras a Andy Warhol) con el que inventará la provechosa estafa, ya transmutado en aristócrata. Crea a un erótico personaje femenino, Valerie Larbin para enlazar, como en un relato policial, a Valfierno con Perugia, el italiano autor material del robo de La Gioconda, y quedar en persecutoria deuda con ella. A Caparrós aquel fantástico impostor le sirve para hacer literatura, y explorar las relaciones entre lo verdadero y lo falso, volver al tema de la máscara que se encarna o, mejor aún, que se ha elegido encarnar y se convierte en el rostro definitivo.



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