5 de enero 2005 - 00:00

Versiones contrapuestas del robo de La Gioconda

Versiones contrapuestas del robo de La Gioconda
Dos novelas argentinas recientemente publicadas -una de Martín Caparrós, ganadora del Premio Planeta, y otra de Diego Guelar, anterior- trazan la historia del estafador Valfierno, cerebro del robo de La Gioconda realizado el 21 de agosto de 1911. La semejanza del tema ha provocado una fuerte controversia.

•Antecedentes

La historia de ese famoso robo al Museo del Louvre ha promovido, junto a numerosas notas en internet y capítulos enteros en libros sobre «Grandes robos y estafas», una serie de obras narrativas y de investigación. Las habitualmente mencionadas son «The man who stole Mona Lisa» de Martin Page, «The man who stole Mona Lisa» de Robert Noah, «The day they stole Mona Lisa» de Seymour Reit, y «The fake» de Sandor Radnoti. Pero el texto clave, el que desencadena todas las fantasías y, de algún modo, las dos novelas de la polémica argentina, es un artículo publicado en los años '30, en The Saturday Evening Post, por el periodista Hans Decker donde cuenta que en una larga charla con un argentino, que se dió a conocer como marques Eduardo de Valfierno, le había confesado que era el autor intelectual del robo de La Gioconda, y lo había comprometido a no publicar esa información hasta después de que él muriera.

Más allá de la fama del cuadro más popular de Leonardo, cabe recordar, que Dan Brown con su bestseller «El Código Da Vinci» ha hecho vender borradores interpretativos, biografías del pintor clásico y cualquier obra que tuviera en la tapa a la esposa de Francesco de Giocondo.

Hasta ahora la historia de ese extraordinario estafador criollo que para Guelar se llamó Eduardo Melchor Ezcurra Valfierno y, para Caparrós, Juan María Bonaglia, no había llegado a la literatura argentina, y dan dos versiones absolutamente distintas de ese sorprendente personaje. Guelar, que habia entregado para su lectura su novela sobre Valfierno al Director Editorial de Planeta de la Argentina, que la descartó para su publicación, quedó sorprendido cuando apareció premiado el «Valfierno» de Caparrós. En Planeta le prometieron a Guelar editar también su obra, pero pasó el tiempo y finalmente tuvo que aparecer en edición del autor, distribuida por Distal. Guelar, en la actualidad, le está haciendo juicio al brazo criollo de las más poderosa editorial española.

• La versión Guelar


En «El robo de La Gioconda. Una historia argentina», su opera prima en la ficción, Diego Guelar entreteje tres historias para lograr un apólogo final.

La historia de quien se autoproclama marques de
Valfierno le permite relatar la historia política de la Argentina (Roca, la epidemia de fiebre amarilla, la crisis de 1890, el Centenario, los argentinos con la vaca atada y tirando manteca al techo en París), además del programa delictivo del robo del cuadro de Leonardo, que en realidad encubre una fabulosa estafa que le permitirá a Valfierno hacerse de unos 80 millones de dólares vendiendo seis falsas Mona Lisa a coleccionistas millonarios.

A través de su semblanza de
Leonardo relata la aventura vital de un «obrero genial, capaz de crear, experimentar y soñar basado en la disciplina, el trabajo y la seriedad moral e intelectual». Por último, aparece Carlos Federico Ruckmann, un descendiente de Valfierno, clara alusión a un político «cabezón y feo pero muy simpático, que desde muy chico llamaría la atención por su permanente sonrisa», llegaría a ministro, a gobernador y sería, «en una estafa comparable a la de su abuelo», a crear los patacones, que el autor deriva no de su significado criollo sino de «patacas» que en italiano son «estafas callejeras» y, por tanto, « patacones son estafas enormes». A través de Ruckmann va de 1945 al regreso de Perón, y de allí hasta el gobierno de «De la Duda».

Guelar
utiliza la estrategia del género bestseller, cubre de información cada etapa. Leonardo charla con Maquiavelo, hace que la enigmática sonrisa de Mona Lisa surja del uso por la retratada de un artilugio por él construido, un « consolatore». Valfierno asiste en París a una conferencia de Freud junto a José Ingenieros. A Ruck-mann lo hace derivar por la «Tacuara» de Ezcurra Medrano, los aparatos sindicales, las internas del peronismo. Guelar enfrenta la viveza criolla, el mundo de impostores y falsarios porque, proclama, «la historia argentina había estado y estará signada en el futuro por esa conjunción contradictoria entre los actos de irresponsabilidad e insensibilidad absoluta, la picardía cívica llevada al límite de la genialidad, y la entrega devota y generosa a la calamidad o la injusticia».

• La versión Caparrós

A Caparrós sólo le interesa Valfierno, tiene evidente simpatía por ese marginal que se inventó personalidades una tras otra, olvidando siempre la anterior, y engañó a magnates soberbios que se quisieron adueñar de un bien universal. El autor de «Un día en la vida de Dios», adopta como estrategia narrativa recobrar la confesión de Valfierno al periodista Hans Decker, que bautiza Charles Becker, y una estructura sincopada de saltos temporales. Esa fórmula le permite una trama intrigante, por momentos epigramática y sarcástica, donde busca bucear los enigmas de la identidad.

Valfierno
es Bollino, un rosarino hijo de una mucama, va a un colegio de curas, a la cárcel por una supuesto atentado anarquista, se hace marinero y, luego, guardián de un prostíbulo de Buenos Aires donde conoce al copista de La Gioconda (cuyas teorías una veces parecen remitir al Pierre Menard de Borges y otras a Andy Warhol) con el que inventará la provechosa estafa, ya transmutado en aristócrata. Crea a un erótico personaje femenino, Valerie Larbin para enlazar, como en un relato policial, a Valfierno con Perugia, el italiano autor material del robo de La Gioconda, y quedar en persecutoria deuda con ella. A Caparrós aquel fantástico impostor le sirve para hacer literatura, y explorar las relaciones entre lo verdadero y lo falso, volver al tema de la máscara que se encarna o, mejor aún, que se ha elegido encarnar y se convierte en el rostro definitivo.

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