"Vida en pareja"

Espectáculos

«Vida en pareja» («5x2», Francia, 2004; habl. en francés). Dir.: F: Ozon. Int: V. Bruni Tedeschi, S. Freiss, G. Pailhas, F. Fabian, M. Lonsdale y otros.

El cine de François Ozon está empezando a dejar la sensación de que en el corazón del director francés hay un rebelde demonio Almodóvar pugnando por salir a divertirse, y que no lo hace porque todavía le tiene que rendir cuentas a su severo Bergman interior. Ojalá aflore de una vez, porque de una lucha semejante sólo le salen películas cuyo conflicto consigo mismas es más fuerte que cualquiera de los que puedan plantear argumentalmente.

«Vida en pareja»,
su nuevo film, se propone como la crónica de un matrimonio frustrado, aunque está mucho más cerca de «Tacones lejanos» que de «Escenas de la vida conyugal»; en rigor, se trata de una mirada inocultablemente gay sobre cinco episodios en la existencia de una pareja heterosexual, contados en sentido inverso (cronológicamente): empieza con el divorcio y termina con el momento en que ambos se conocen. En el medio, se desenvuelve el infierno interior de Gilles (el marido, Stéphane Freiss) y el desencanto de Marion (la esposa, Valeria Bruni-Tedeschi), a través de episodios como la llegada del primer hijo (a cuyo nacimiento el atribulado padre no se atreve a concurrir), las bodas y los flirteos iniciales en la magnífica Capri (la percepción de paisajes en Ozon es por ahora mucho más refinada que su pintura de almas).

Aunque la institución del matrimonio pueda no estar atravesando por su mejor momento, no suena demasiado verosímil que un hombre, en su noche de casamiento, se duerma en el lecho antes de tocar siquiera a su flamante esposa. Mucho menos todavía que la mujer, comprensiva, se escurra de la habitación y se encuentre, en una playa cercana, mientras se apagan los últimos festejos de la boda, con un rubicundo Adonis en musculosa que se encarga de la tarea conyugal. A esa altura de la película, se puede llegar a conjeturar si toda esa escena no será, en realidad, un sueño del durmiente, tal vez su deseo no tan oculto de ser él quien se cruce con ese Adonis. El problema está en que Ozon obliga a conjeturar, se toma muy seriamente toda esta situación como crónica de una boda accidentada, y ni siquiera roza el dilema de ese personaje.

Un episodio antes (o sea, uno después en el tiempo), cuando el matrimonio recibe en su casa a la pareja homosexual compuesta por el hermano del marido y un simpático mozuelo mediterráneo, debaten sobre la libertad que hay entre los gays y la fidelidad forzada entre los matrimonios
straight; sin embargo, Gilles sostiene que no es así, y cuenta que junto con Marion participaron una vez de una orgía en la que a él le tocó hacer de mujer (en realidad, da más detalles). A ella parece no agradarle excesivamente el recuerdo, que él relata como si contara el viaje a Bariloche, como tampoco le agrada cuando, tras el divorcio, van a un hotel y él la fuerza a tener sexo, pero con la misma dirección inversa del film.

Hace poco, le preguntaron a
Woody Allen si no era discriminatoria su decisión de no haber filmado ni una sola vez, en su extensa obra, la historia de una pareja gay. El respondió que no, y que si no lo hacía era porque ignoraba ese mundo y temía equivocarse. No es mala política.

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