10 de febrero 2003 - 00:00

Vuelve la vieja polémica sobre el papel del arte

Vuelve la vieja polémica sobre el papel del arte
En los últimos tiempos, y sobre todo durante este verano por demás activo para los porteños, en reuniones y mesas de café se impuso como tema de discusión el arte con contenido social, y su contrapartida, el arte lúdico y despreocupado que surgió en la década del '90, eminentemente autorreferencial y ajeno al contexto sociopolítico. La bulliciosa producción del espacio alternativo Belleza y Felicidad que -su nombre lo indica-, es la expresión más genuina de ese período, fue atacada por el crítico Ernesto Montequin, quien invitado a escribir sobre una muestra colectiva, terminó destrozando la estética finisecular del grupo y, más que nada, la felicidad de los participantes. Luego de ser rechazado, el texto ingresó al torrente del espacio cibernético y ganó lectores.

Pero más allá de la repercusión que logró el escrito, y del disgusto de la galerista Fernanda Laguna y los artistas, no sólo agraviados sino además acusados de censores (especialemente Emiliano Miliyo que propuso al autor), la polémica tiene larga data. La inició en 1995 el crítico Pierre Restany, cuando luego de una pintoresca gira por una fiesta en el Ski Ranch de la mano de Marta Minujín, a quien catalogó como «la reina del Pop-lunfardo y una perla rara de la noche guaranga», escribió un entretenido artículo en la revista madrileña «Lápiz» sobre la estética argentina de los '90. La mirada impiadosa del francés apuntó al «vitalismo kitsch», «la cultura citacionista», «un auténtico sentido existencial de la decoración», y tuvo a Jorge Gumier Maier como su primera víctima de entre los -a su entender-«jóvenes guarangos del arte». Juzgó con similar criterio el «narcisismo» de Marcelo Pombo, Miguel Harte y Fabio Kacero; e idéntico rigor merecieron, entre otras, las obras de Pablo Siquier, Nicolás Guagnini, Rosana Fuertes, Fabián Burgos, Ernesto Ballesteros, Sebastián Gordín, Benito Laren y Sergio Avello.

Al promediar los '90 --siem-pre según Restany-, la Argentina había cambiado definitivamente la estética «Pop-lunfarda» por la del «kitsch-guarango».

Dos años más tarde y también en territorio español, el crítico Marcelo Pacheco publicó en la revista de ARCO un texto titulado «Y la Argentina es una fiesta», un encendido alegato en defensa de los jóvenes de los noventa, que «inventan un mundo para nombrar este mundo obsceno y sin sentido». Defendió «una subversión nueva que ataca con disfraces y usa el maquillaje para internarse en los rituales cívicos» y las nuevas estrategias artísticas que oscilan «entre la banalidad y el humor, entre la fiesta y las armas, entre los globos y la reflexión».

Es que es preciso reconocerlo, en Belleza y Felicidad, gale-ría y almacén de arte del barrio del Abasto, aman el espíritu del cotillón. Fundada en 1999, la galería brindó cabida en sus inicios a proyectos tan heterodoxos como concursos de tortas o desfiles de moda para muñecas, que no encuadraban con facilidad en la categoría de «obras de arte». En realidad, se trata de un arte que conlleva un estilo de vida. Estilo que reconoce como ideólogo a Gumier Maier, quien desde su cargo de curador del Centro Cultural Rojas, fue quien impulsó la estética que dominó la década.

Todo iba sobre rieles en los prósperos '90, cuando el arte «light» y «sin sentido» dedicado a «lo insignificante», era moda en los circuitos internacionales y su mercado florecía. Sin embargo, quienes consideran que el fin del arte es ser portador de sentido, no pueden dejar de advertir que su ausencia nunca es casual, que alguna razón determina el «sinsentido». En Europa, la revuelta Dadá la desató la contradicción que existía entre la realidad tan cruel de la vida y la que exhibía el arte tradicional. En la Argentina de los '90, el rescate de la felicidad privada se ofreció a los artistas como tabla de salvación. Todos entendieron a Pombo, cuando dijo: «sólo me interesa lo que está a un metro de mí». También entendieron, compraron y legitimaron un arte hecho de globos y burbujas, bordado, manualidades femeninas, maquetas y oropeles con clima de culebrón que se comprometió con lo propio.

En esa década se consolidó en la Argentina el sistema que sostiene el arte, según el mode-lo de EE.UU., Francia, España o Brasil, entre otros países. Si bien la galería del Rojas tuvo en sus comienzos características marginales, sus juveniles mentores políticos escalaron ávidamente la cumbre del poder y aprovecharon la prosperidad, a esa altura engañosa, para transformar al Rojas, con su fachada under, en un enclave consagratorio, el trampolín para lanzarse al mercado.

La galería Ruth Benzacar fue la primera que abrió las puertas a esos artistas y los de las becas Kuitca y Antorchas. Decenas de espacios alternativos que se sumaron en toda la ciudad y en el interior, hoy mueven el mercado. Simultáneamente, el Fondo de las Artes, el Instituto de Cultura Iberoamericano, el Museo de Arte Moderno y la galería de la Alianza Francesa, brindaron un apoyo institucional que estimuló un coleccionismo que se tornó masivo y cuyo entusiasmo se acrecienta y perdura frente a la crisis.

Así, las ferias Arte BA y más tarde Expotrastiendas, se tornaron eventos de gran visibilidad que año a año baten récords de ventas y visitantes. Con un libro editado y otro en preparación, además de infinidad de catálogos y
«Ramona», su revista propia, la nueva generación obtuvo el mayor soporte teórico de toda la historia del arte argentino. Aunque ningún artista se hizo millonario, ni siquiera los favorecidos por el éxito, la vida de algunos dejó de ser una penuria.

• Presente

Hasta aquí la historia. Hoy, la crisis cambió algunos criterios y declina la adhesión ma-siva al arte epigonal y artificioso de los '90 que con tanta fuerza había prendido en nuestro país. La crisis y, sin duda, la tendencia impuesta en los circuitos internacionales de consagración como la última Bienal de Venecia o Documenta, que marcan un retorno al arte con contenido social o político, tornan todo más desabrido.

Entretanto y como para avivar el fuego, esta semana la Fundación Proa presenta
«Ansia y devoción», que desde su exaltado título anticipa disidencias con la tendencia estética de Gumier, quien supo elegir nombres como «Decoralia», «Ornatos», «Bellezas» o «Chi Chi» para sus muestras.

En la exhibición de Proa, el curador
Rodrigo Alonso rastrea expresiones que «exploren el entorno político, social, económico o cultural contemporáneo, en un intento por reflexionar sobre la Argentina reciente». Con esa intención eligió obras que indagan «la descomposición institucional, la desaparición de la industria nacional, la pérdida de los espacios públicos, los renovados procesos migratorios» y los mitos populares.

Alonso
propicia el debate sobre «la acción eficaz del arte sobre su entorno», ambición que lo acerca al arte comprometido, capaz de «sacudir conciencias», como quería Berni a través de sus persona-jes Ramona o su Juanito. ¿Una vuelta atrás en el tiempo? No. Las propuestas no asumen el «compromiso» en un sentido tradicional, los enfoques, aunque diferentes, son ajenos a lo testimonial, moralizante o acusador. Hay expresiones cargadas de contenido que avivan la memoria, como los retratos de los socialistas de Magdalena Jitrik, los espacios abandonados de Juan Travnik, los cascotes sin destino fijo de Horacio Abram Luján, y hay una densidad que provoca desasosiego en la mirada de los futbolistas de Marcos López.

Pero hay también concesiones, como las de la Casa Rosa-da realizada con azúcar de
Fabiana Barreda, la imponente «belleza» del piquete de Leonel Luna, o el bordado pulcro de Nora Iniesta, una de las precursoras del arte de la intimidad.

Hace unos años, Proa abrió sus puertas, como ahora lo hace con el arte social, a las expresiones más audaces de las nuevas subjetividades en
«Panoramix», una muestra donde «el concepto de arte se vuelve impreciso», como se-ñaló su directora, Adriana Rosemberg. Lo cierto es que «Panoramix» exhibía unicidad de tendencia rotunda, mientras «Ansia y Devoción» es la unión de producciones diversas.

Al igual que el texto abortado de Belleza y Felicidad, el curador de Proa cita a
Gumier, quien «proponía la indiferencia del arte por la realidad», pero su cuestionamiento es más sutil y precavido que el de Montequín, que sin hacer honor a la verdad atribuye el interés de Gumier por los «artistas incipientes», al igual que el de los sesentistas Pablo Suárez y Roberto Jacoby, al «miedo natural a la caducidad».

• Respuestas


Gumier que regresa de Rojas, tendrá oportunidad de mostrar sus virtudes curatoriales el 20 de febrero en el MALBA, donde invitado por Pacheco presentará las mágicas pinturas de Nahuel Vecino, y las esculturas del tucumano Sandro Pereira, como su casi célebre «Sánguche de milanesa» erigido en un parque de su provincia. Suárez, autor de «Exclusión», obra que muestra a un morocho argentino con los pelos al viento tratando de no perder el tren, y que ya en 1999 anticipaba la cruda realidad actual, responderá con su trabajo en la exposición que abrirá la temporada 2004 de la galería Maman.

En el Rojas y durante todo febrero sobra belleza y felicidad, con la muestra de fotografías de carnavales del mundo entero de
Pablo Sarquiroff y múltiples actividades relacionadas al tema. El 7 de marzo y con entrada gratuita, Gumier y sus artistas hablarán en el auditorio del MALBA justamente lo que se debate en estos días: la tendencia de la producción contemporánea.

La polémica crece mientras tanto como una reedición posmoderna de la establecida en los «locos años veinte», cuando los del grupo Boedo promovían una estética de compromiso social y en Florida se inclinaban hacia el arte puro, incluso con la misma y confusa rivalidad.

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