No se trata de una nueva enfermedad, sino de un nuevo escenario clínico. Surge de una mirada integrada sobre la obesidad, la diabetes, la enfermedad renal crónica y las enfermedades cardiovasculares, cuya interacción revela mecanismos biológicos compartidos y nuevas oportunidades para la prevención.
Cuando el corazón, los riñones y el metabolismo tienen algo para decir del paciente
El avance de las enfermedades crónicas obliga a repensar la atención médica desde una mirada integral, que contemple la relación entre obesidad, diabetes, enfermedad renal y cardiovascular. El enfoque cardio-reno-metabólico busca anticipar los riesgos, detectar las señales tempranas y prevenir complicaciones antes de que el daño sea irreversible.
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El desafío de las enfermedades crónicas
Durante gran parte de la historia de la medicina, las enfermedades se organizaron alrededor de órganos y especialidades. Esta división permitió enormes avances diagnósticos y terapéuticos, pero también fragmentó la mirada sobre pacientes que rara vez presentan una única condición aislada.
El crecimiento sostenido de las enfermedades crónicas no transmisibles modificó el perfil epidemiológico mundial y obligó a replantear la forma de entender el riesgo y el cuidado a largo plazo. Según la Organización Mundial de la Salud, en 2021 fueron responsables de 43 millones de muertes, equivalentes al 75 % del total, con las enfermedades cardiovasculares como principal causa.
Su impacto, sin embargo, va mucho más allá de la mortalidad. Millones de personas conviven durante años con tratamientos complejos, discapacidad progresiva e internaciones recurrentes. A medida que aumenta la dependencia funcional también crece la carga física, emocional y económica sobre familiares y cuidadores. La Organización Mundial de la Salud advierte que el envejecimiento poblacional y el aumento de las enfermedades crónicas están generando una demanda creciente de cuidados de larga duración, muchas veces sostenidos por redes familiares informales. En ese escenario emerge una pregunta cada vez más relevante: ¿quién cuida a quienes cuidan? Esta realidad adquiere además una dimensión de género. Según datos de ONU Mujeres, la Organización Internacional del Trabajo y la CEPAL, las tareas de cuidado continúan recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres. Cuando una enfermedad crónica avanza, sus consecuencias suelen extenderse más allá del consultorio y alcanzar a todo el entorno familiar.
El origen de una historia clínica en común
En Argentina, las enfermedades crónicas no transmisibles representan la principal causa de muerte y explican aproximadamente siete de cada diez fallecimientos. La 4.ª Encuesta Nacional de Factores de Riesgo reveló además que el 66,1 % de los adultos tiene exceso de peso, el 25,4 % vive con obesidad y el 46,6 % presenta hipertensión arterial. Más que estadísticas aisladas, estos indicadores describen un escenario en el que múltiples factores de riesgo coexisten y se potencian.
La evidencia demuestra que obesidad, diabetes tipo 2, enfermedad renal crónica y enfermedad cardiovascular no evolucionan de manera independiente. Por el contrario, comparten factores de riesgo, mecanismos fisiopatológicos y trayectorias clínicas.
Entre ellas, la obesidad ocupa un lugar central. El recordado doctor Silvio Schraier, médico nutricionista y especialista en diabetes, solía definirla como "la Cenicienta de las enfermedades no transmisibles". La expresión resume una de las grandes paradojas de la práctica clínica: pese a estar estrechamente vinculada con la diabetes tipo 2, la enfermedad cardiovascular y la enfermedad renal crónica, durante años fue reducida a un problema de peso corporal.
Hoy existe consenso en que se trata de una enfermedad crónica compleja, influenciada por factores biológicos, ambientales, sociales y económicos. Para la doctora Melina Huerín, jefa del Servicio de Cardiología del Instituto Cardiovascular Lezica, este cambio también modificó la manera de comprender la obesidad: "Esta nueva forma de entender el síndrome cardio-reno-metabólico tiene en su centro a las adiposopatías, es decir, al tejido adiposo disfuncional, hiperplásico e hipertrófico. Este problema excede ampliamente lo estético y el estigma que sufren los pacientes; se trata de comprender la salud cardio-reno-metabólica."
Esta nueva mirada, sintetizada en el concepto de adiposopatía, desplaza el foco desde el exceso de grasa corporal hacia el funcionamiento del tejido adiposo. Lejos de ser un simple reservorio de energía, se trata de un órgano que cumple funciones endocrinas y metabólicas. Cuando se vuelve disfuncional, favorece procesos inflamatorios crónicos, resistencia a la insulina, hipertensión arterial y disfunción vascular, mecanismos que pueden conducir al desarrollo de diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular y deterioro de la función renal.
Los datos reflejan la magnitud global del fenómeno. Según la OMS, más de mil millones de personas viven actualmente con obesidad. En Argentina, la prevalencia prácticamente se duplicó en las últimas dos décadas y continúa creciendo.
La Federación Internacional de Diabetes (IDF) estima que 589 millones de adultos tienen diabetes y proyecta que esa cifra podría alcanzar los 853 millones hacia 2050. América Latina y el Caribe se encuentran entre las regiones donde se espera uno de los mayores incrementos de casos durante las próximas décadas.
A su vez, la enfermedad renal crónica afecta a más de 850 millones de personas en todo el mundo. Su evolución suele ser lenta y silenciosa, por lo que muchos pacientes reciben el diagnóstico cuando el daño ya es avanzado. Además, las enfermedades cardiovasculares continúan siendo la principal causa de muerte a nivel global.
La situación adquiere una dimensión aún más relevante cuando se observa la acumulación de factores de riesgo en una misma persona. Sobrepeso, obesidad, hipertensión arterial, alteraciones metabólicas y diabetes suelen coexistir durante años antes de manifestarse como enfermedad cardiovascular, insuficiencia renal o eventos clínicos mayores. Es precisamente esta superposición de riesgos la que comenzó a desafiar los modelos tradicionales de atención centrados en órganos aislados.
Cuando los órganos dejan de contar historias separadas
Durante mucho tiempo, estas enfermedades fueron estudiadas y tratadas como entidades independientes. Sin embargo, la evidencia acumulada en las últimas décadas mostró que comparten factores de riesgo, mecanismos fisiopatológicos y trayectorias evolutivas, hasta conformar un mismo continuo biológico. La obesidad favorece la diabetes; la diabetes incrementa el riesgo cardiovascular y renal; la enfermedad renal acelera el deterioro cardiovascular y este, a su vez, compromete la función renal.
Este nuevo conocimiento también modificó la práctica clínica. "Los cardiólogos debimos zambullirnos en el universo de la obesidad y la diabetes porque hoy entendemos que los pacientes ya no fallecen principalmente por las complicaciones clásicas de estas enfermedades, sino por causas cardiovasculares", señala la doctora Huerín.
Entre los mecanismos que conectan estas patologías se encuentran la inflamación crónica de bajo grado, la resistencia a la insulina, el estrés oxidativo y la disfunción endotelial. A diferencia de la respuesta inflamatoria aguda, este proceso puede mantenerse durante años de manera silenciosa, favoreciendo alteraciones metabólicas, daño vascular y el deterioro progresivo de distintos órganos. Como explica Huerín, "la hipertrofia de los adipocitos tiene a la inflamación en el centro de la escena", que es un proceso sistémico que contribuye al desarrollo de diabetes y enfermedad cardiovascular.
Comprender el microbioma intestinal ayuda a explicar por qué la inflamación ocupa un lugar central en este proceso. La licenciada en nutrición Guadalupe Benavídez, integrante del Grupo de Trabajo "Microbiota y Enfermedades Crónicas" de la Sociedad Argentina de Nutrición, propone entenderlo como una gran "usina metabólica", integrada por una comunidad de billones de microorganismos, que participa en miles de funciones metabólicas y mantiene una estrecha relación con el sistema inmunológico, con repercusiones sobre la salud metabólica, cardiovascular y renal.
Las investigaciones de los últimos años sugieren que las modificaciones en la composición y la diversidad del microbioma pueden influir sobre la regulación metabólica, la respuesta inmunológica y la inflamación sistémica. Su carácter dinámico, condicionado por la alimentación, la actividad física y otros hábitos de vida, abre la posibilidad de intervenir tempranamente sobre algunos de estos mecanismos biológicos.
Lejos de constituir fenómenos aislados, estas alteraciones forman parte de una red biológica interdependiente. Comprender esa interacción permitió dejar atrás una mirada fragmentada y sentó las bases del actual enfoque cardio-reno-metabólico.
La aparición del paradigma cardio-reno-metabólico
Frente a este escenario, la American Heart Association propuso en 2023 el concepto de salud cardio-reno-metabólica. No buscó definir una nueva enfermedad, sino ofrecer un marco clínico capaz de integrar estas condiciones dentro de una misma trayectoria de riesgo.
Para la doctora Melina Huerín, este cambio respondió a una limitación que durante años atravesó a las distintas especialidades médicas. "Antes no visualizábamos estos elementos como un conjunto. Teníamos puntos ciegos. Yo, como cardióloga, por ahí no veía al hígado o al riñón; desde otras especialidades tampoco siempre se establecía la conexión con lo cardiovascular. Hoy el desafío es mirar al paciente en 360 grados."
El modelo incorpora una estratificación por etapas que permite identificar tempranamente a las personas con mayor riesgo de desarrollar complicaciones cardiovasculares, renales y metabólicas. En lugar de esperar la aparición de un infarto, una insuficiencia cardíaca o un deterioro renal avanzado, propone intervenir cuando todavía es posible modificar el curso de la enfermedad.
Pensar el riesgo antes de la enfermedad
Para la doctora Florencia Aranguren, especialista en medicina interna y diabetes, este cambio de paradigma obliga a abandonar las miradas centradas en un único indicador, como la glucemia o el peso corporal.
"Hay que pensar al paciente con diabetes de manera cada vez más integral y salir del 'glucocentrismo'. En el paciente con obesidad, el desafío es poder recibirlo antes, cuando todavía tiene obesidad y no diabetes, pero también salir del 'pesocentrismo'. Debemos dejar de mirar un único indicador para empezar a comprender globalmente cuál es el riesgo de nuestro paciente."
Uno de los principales aportes del modelo cardio-reno-metabólico es entender el riesgo como un proceso progresivo y no como un evento repentino. En sus primeras etapas pueden aparecer factores frecuentes, como el exceso de peso, la adiposidad abdominal o la resistencia a la insulina; más adelante se suman hipertensión arterial, diabetes o enfermedad renal, y finalmente pueden desarrollarse eventos cardiovasculares mayores, como infarto de miocardio, insuficiencia cardíaca o accidente cerebrovascular.
Este enfoque permite identificar oportunidades de prevención mucho antes de que aparezcan las complicaciones. También pone de relieve una realidad poco visible: muchas personas transitan distintas etapas de este continuo de riesgo sin saberlo.
Una nueva forma de mirar al paciente
La detección temprana supone un desafío tanto sanitario como cultural. Muchas personas conviven durante años con exceso de peso, hipertensión o alteraciones metabólicas sin consultar o sin dimensionar su importancia.
Para Aranguren, uno de los mayores obstáculos sigue siendo la percepción del riesgo. "Muchas veces el paciente no se siente en riesgo y continúa pensando la obesidad como un problema que depende exclusivamente de la voluntad. Sin embargo, se trata de una enfermedad crónica. Del mismo modo que ocurre con la hipertensión arterial o el colesterol elevado, mientras la enfermedad recibe tratamiento el riesgo disminuye; cuando ese tratamiento se interrumpe, vuelve a aumentar."
El doctor Schraier insistía en que la empatía constituye una herramienta indispensable de la práctica médica. Sostenía que la obesidad debe comprenderse como una enfermedad compleja y abordarse de manera integral para reducir el riesgo de otras patologías. "El paciente tiene que dar el primer paso animándose a consultar y el médico tiene que abordar la consulta sin prejuicios, reconociendo la complejidad humana y clínica de cada paciente", afirmaba. En ese sentido, alentaba a no minimizar hallazgos aparentemente menores, como una alteración en un análisis clínico o una cifra elevada de presión arterial, porque pueden convertirse en la puerta de entrada para prevenir complicaciones futuras y mejorar la calidad de vida.
La prevención también encuentra un aliado en los hábitos cotidianos. "Tenemos una herramienta súper poderosa: los alimentos", afirma la licenciada Benavídez. La alimentación, explica, es el principal factor capaz de modificar el microbioma intestinal y, junto con la actividad física, el descanso y el manejo del estrés, puede contribuir a reducir la inflamación y el riesgo cardio-reno-metabólico.
Las implicancias de este paradigma trascienden la práctica médica. En una población que vive más años y convive durante más tiempo con enfermedades crónicas, prevenir ya no significa solamente controlar parámetros bioquímicos, sino preservar años de vida saludable, autonomía y calidad de vida.
En definitiva, el mayor aporte del enfoque cardio-reno-metabólico consiste en recuperar una evidencia que el propio organismo nunca perdió de vista: el corazón, los riñones y el metabolismo no funcionan como sistemas independientes. Comprender esa interdependencia permite dejar atrás una medicina centrada en enfermedades aisladas para avanzar hacia otra capaz de anticipar trayectorias de riesgo, intervenir antes del daño irreversible y cuidar al paciente como un todo.
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