15 de noviembre 2007 - 00:00
El cerebro juega en contra de inversores
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Uno puede ver esta tendencia en una serie de estudios realizados por el Dartmouth College. Los investigadores proyectaron luces rojas o verdes en una pantalla. Los participantes tuvieron que pronosticar qué color vendría después; 80% de las luces fueron verdes, pero el orden fue aleatorio. Con el tiempo, los participantes aprendieron que el verde era la apuesta más probable.
Ratas y palomas, que recibían alimento al acertar, aprendieron rápidamente a elegir el verde casi todo el tiempo.
Eso no es lo que los humanos hacen. Nosotros, los mamíferos con más cerebro, tratamos de adivinar cuándo vendrá la siguiente luz roja. Buscamos patrones, aunque nos digan que las luces aparecen de manera aleatoria. Cuanto más tiempo jugamos el juego, peor nos va. Las ratas obtienen más puntos que nosotros todo el tiempo. El estudio se ha hecho varias veces desde fines de los años sesenta, siempre con los mismos resultados.
Después está la dopamina, la sustancia química cerebral que nos lleva a actuar cuando sentimos la posibilidad de que nos den una recompensa. Un victoria inesperada -digamos una acción de una empresa de tecnología cuyo precio sube al doble en tres meses- segrega dopamina sobre toda la superficie disponible. Si ocurre dos veces, estamos seguros de que nuestra apuesta es certera.
Zweig llama a esto nuestra «adicción a la predicción». Sin duda somos adictos.La actividad cerebral de un adicto a la cocaína que espera meterse una línea se asemeja mucho a la de un inversor que espera anotarse un gran éxito.
Lo sorprendente sobre la búsqueda de patrones es que nuestro cerebro es el que nos lleva a hacerlo. Uno no puede negarse. La respuesta es subconsciente y automática. Como uno no está consciente de lo que ocurre, los patrones que ve parecen objetivamente verdaderos en lugar de motivados por la actividad neuronal. La dopamina nos convierte en ciegas marionetas.
Encontramos patrones rápidamente. Dos apuestas acertadas nos hacen esperar -y apostar- que haya una tercera. Tres ya conforman una «tendencia». Varios estudios muestran que la gente que busca nuevos administradores de fondos tiende a contratar una empresa tras una racha buena de tres años, y a despedir una tras una racha mala de tres años ( aunque ambas rachas probablemente estén por cambiar).
Wall Street está llena de fórmulas para pronosticar los precios. La próxima vez que vea una, piense: ¡lo dudo!
Uno no puede dejar de predecir, pero puede dejar de seguir a su travieso cerebro. Apéguese a una forma de inversión programada automática. Comprar y retener. Promedio de costo en dólares. Asignaciones de activos fijos (digamos, 70 por ciento en acciones y 30 por ciento en bonos) y reajuste cuando su cartera se salga de esos parámetros.
Deje de revisar cómo van sus acciones todo el tiempo. Esas fluctuaciones aleatorias empezarán a parecer patrones antes de que se dé cuenta.
Finalmente, esfuércese por averiguar cuál es su desempeño real. Por ejemplo, monitorice sus acciones. Haga un promedio de sus apuestas ganadoras y perdedoras para ver cómo le fue en cada año.
Y mientras lo hace, sígale la pista a las acciones que vendió (algo que los inversores rara vez hacen). Si el desempeño de las que vendió es mejor que el de las que compró, quizá su dopamina siga al mando.




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