El mundo es un pañuelo (sobre todo para Hebe)

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Los perpetradores sabían dónde atacaban. Quienes irrumpieron anteayer en la sede de las Madres de Plaza de Mayo cometieron algo más que destrozos, fisgoneos o simples hurtos. Se llevaron el pañuelo de Hebe de Bonafini, algo así como haber afeitado a Marx o curado de la ceguera a Borges.

La presidente de las Madres posee una vasta colección de pañuelos que alterna según la ocasión. Los hay de lucha, de convenciones y hasta de viajes. Eventualmente, alguno de ellos puede convertirse en objeto de ofrenda, como hizo el mes pasado cuando le regaló uno a Cristina de Kirchner luego del acto de confrontación con el campo en Plaza de Mayo. Chávez y Castro, en su momento, también recibieron (junto con el mate o los cuchillos de plata) ese símbolo de la sangrienta historia criolla de los últimos treinta años.

Sin embargo, robarle un pañuelo a Hebe de Bonafini tiene una dimensión que excede el simple ataque: es sustraerle su pañuelo-alfa, su marca y su logo. Hay golpes a lo simbólico más profundos que cualquier rutinario atentado político. Lo saben los norteamericanos cuando les queman la bandera, lo supieron los judíos ortodoxos cuando los alemanes, aun antes de los campos, les cortaban los «peyots» (los rizos jasídicos).

Con ejemplos menos dramáticos, la cultura de las subastas también otorga valores diferentes a los objetos de la memorabilia según su carga simbólica: los lentes circulares de John Lennon que, como Bonafini con sus pañuelos, el ex beatle tenía en cantidad, se pagan hasta 20 veces más en una subasta que, por ejemplo, un pañuelo suyo. Al contrario, los pañuelos con los que Pavarotti secaba su sudor en recitales, también subastados, son 20 veces más caros que sus lentes, que sólo usaba en la intimidad de su hogar y no en público.

El robo de anteayer, así, dejó desnuda a Hebe de Bonafini, agraviada en su contenido: tal vez por esa razón, para denunciar el mayor de los ultrajes posibles, se mostró a cabeza descubierta, expropiada de personaje.

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