Al silencio presidencial sobre la tragedia en el boliche República Cromagnon -que recién rompió ayer Néstor Kirchner desde El Calafate- y la soledad de Aníbal Ibarra a la hora de enfrentar la crisis se sumaron anoche los graves incidentes a metros de la Casa Rosada. Fue en la desconcentración de la marcha en la que alrededor de 6 mil familiares de las víctimas del incendio repudiaron al Gobierno porteño por la ausencia de controles, pidiendo la renuncia de Ibarra y su enjuiciamiento junto al dueño del local bailable, Omar Chabán. De esta manera, la Argentina vuelve a vivir un fin y comienzo de año trágico que compromete, en este caso, al jefe de Gobierno porteño, quien anoche defendía su gestión en un canal de cable. Otra vez, los argentinismos cayeron en su círculo vicioso: la desidia y corrupción de quienes deberían controlar los locales nocturnos derivaron en la catástrofe que cobró hasta ahora 183 vidas; un gobierno nacional ante semejante catástrofe se mantuvo indiferente -dicen ahora que para «no hacer ostentación»-, y algunos ciudadanos a la hora de hacer su reclamo excedieron sus límites perjudicando incluso a quienes protestaban como ellos. Esta tensión ya se notaba horas antes de la marcha cuando Juan Carlos Blumberg quiso sumarse a la protesta y fue agredido de manera vil. También cuando un hombre se quemó «a lo bonzo» en plena concentración. Es grave.
La masiva movilización contra Aníbal Ibarra por la masacre ocurrida el jueves en República Cromagnon llevó ayer banderas argentinas con crespones negros y marchó pacíficamente. Más tarde, un reducido grupo de activistas agredió a pedradas a la Policía Federal, que fue obligada a dispersarlos con chorros de agua teñida de azul.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La movilización, que fue pacífica en todo su transcurso, se degeneró cuando un grupo de jóvenes, adolescentes y activistas piqueteros, no más de 300, comenzó a las pedradas con los azules de la Federal apostados en el frente de la sede del Gobierno de la Ciudad. Los uniformados aguantaron la agresión que iba creciendo, hasta que tuvieron que intervenir los hidrantes que aguardaban a la vuelta, en la Catedral metropolitana. A partir de ahí fue el desbande de los vándalos, frente a los chorros teñidos de azul, corriendo por la desierta Avenida de Mayo.
En medio de los incidentes, los jóvenes enfurecidos hicieronbarricadas con basura y las prendieron fuego. Además, realizaron toda clase de graffiti y «stencils» (escrituras de aerosol hechas a través de un cartón, chapa o goma) en la Catedral, el Cabildo y el asfalto de Avenida de Mayo que transmitieron denuncias, quejas y el anuncio de otra marcha el jueves.
Un hombre mayor, politizado, de remera celeste y bermudas claros, dijo con rabia que «este señor (por Ibarra) vamos a ver cómo se las arregla para pedirnos el voto». Cierto es que en una Capital Federal habitada por 3 millones de habitantes, no parece que 7 mil puedan conmover a un dirigente político. Sin embargo, la manifestación de ayer, que rechazó la presencia de dirigentes como el independiente
Dejá tu comentario