En el estadio de Boca Juniors, ayer, antes del partido, se hizo un minuto de silencio por la memoria de Julio Ramos, fundador de Ambito Financiero y contribuyente fanático a la causa del club de la Ribera. Merecido reconocimiento que organizó Mauricio Macri, quien -entre otros favores- le debe a Ramos la presidencia de Boca (cuando retiró su postulación, esos votos propios derivados a Macri sirvieron para borrar en los comicios a la dupla Alegre-Heller). Desde entonces, el club sólo supo de éxitos.
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Del amor de Ramos por Boca -equipo al que veía domingo por medio desde hace décadas- vale un dato íntimo, revelador: 24 horas antes de ser entubado y enviado a terapia intensiva, un domingo, Ramos salvaba nervioso sus complicaciones pulmonares con una mascarilla de oxígeno y una batería de medicamentos. Era un instrumento que no soportaba por la incomodidad e insuficiente para sus carencias, estaba exhausto y casi al margen de la lucidez. Ese domingo a la noche, sin embargo, tuvo un breve rapto de tranquilidad: pudo quitarse la máscara y hasta cenar pollo procesado. Apenas si hablaba y, lo único que pidió fue ver el programa de TV dedicado al fútbol. Le colocaron de vuelta la máscara y enseguida se durmió, mientras pasaban los partidos por la tele. De repente, volvió a despertarse y, como no habían transmitido aún el match de Boca, pudo verlo y sonreír al menos con las gafas aplicadas sobre la mascarilla de oxígeno. Vio los goles, se volvió a dormir y al día siguiente ingresó a terapia y a un nivel de inconciencia provocado por los sedantes, del cual nunca más volvió. Podría decirse que ese domingo se fue realmente con la exigua alegría de haber visto ganar a Boca.
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