A fines de noviembre del año pasado, el diario «The New York Times» anunció que la ciudad de Nueva York iba camino a tener «menos de 500 homicidios este año, de lejos el número más bajo desde que las estadísticas del Departamento de Policía se volvieron disponibles y confiables, en 1963».
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Pues bien, al concluir el año, el dato se confirmó: en 2007 hubo 494 homicidios, muchos menos que los 596 del año 2006. Y si se compara con 1990, año récord de criminalidad en esa capital, cuando la guerra entre bandas de narcotraficantes contribuyó a llevar la cifra a 2.245 asesinatos, la diferencia es abismal. En ese entonces, una epidemia de crack asolaba la ciudad, aparecían armas semiautomáticashasta en los patios de las escuelas y el registro policial mostraba seis homicidios por día, en promedio. En el año que terminó, el promedio es apenas superior a uno por día y el delito en general ha caído 6,47% en comparación con 2006. El mérito le corresponde sin duda a Rudolph Giuliani, intendente de la ciudad de 1994 a 2001, y a su jefe de policía de entonces, William Bratton, quienes implementaron la política de «tolerancia cero», que generó grandes polémicas. Otro dato notable es que la mayoría de las muertes registradas se produjeron en disputas entre amigos o conocidos, entre bandasde dealers rivales o personas sentimentalmente relacionadas, cónyuges y familiares. Del análisis de la mitad de los asesinatos registrados, sólo 35 fueron cometidos por extraños, una estadística microscópica en una ciudad tan poblada. Esto determina una notablemente mayor sensación de seguridad. Pese a la heterogeneidad de sus 8,2 millones de habitantes, NuevaYork nunca había sido tan segura.
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