Jorge Telerman siempre tuvo una particular debilidad por las murgas. Aunque nadie determinó si tal inclinación nacía de su pasado parisiense, ciudad tan proclive a la fascinación por la tipicidad y el colorido latinoamericanos, o bien de sus propios placeres culposos y juguetones, lo cierto es que nunca, como cuando él ocupó la Secretaría de Cultura, los murgueros cobraron tanto dinero por sus distintas especialidades.
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Jefes de comparsa, matraqueros, platilleros, tocadores de pito; en fin, todos aquellos que suelen darle alegría, en las calles, a algunos ciudadanos, y sumir en el peor de los suplicios auditivos a los demás (quizá, a la mayoría), se beneficiaron durante sus años en esa cartera con generosos sueldos oficiales, en algunos casos desproporcionados con relación a los escalafones de otros «trabajadores de la cultura».
Pero los tiempos son otros. No sólo Telerman ya no ocupa ese cargo, sino que el que le toca cumplir ahora (jefe de Gobierno a cargo) no se compadece con nada que se parezca a los festejos. Justamente él, debió soportar el martes la protesta del colectivo murguero. Alrededor de 40 agrupaciones le reclamaron ahora « garantías en la seguridad, estructura y calidad de los corsos de febrero próximo», y por supuesto se quejaron por la fuerte «disminución presupuestaria».
Se quejaron las murgas de que ellas hicieron un acuerdo con el Ejecutivo y el Legislativo sobre el presupuesto para «garantizar un mejoramiento de los corsos pero éste no se respetó». Dicen que se ha desviado ese dinero « hacia otros rubros».
Durante más de dos horas, atronando la tarde de por sí calurosa, los profesionales del pífano reclamaron que los festejos se realicen con «mayor seguridad, vallas, calidad de los equipos de sonido, luces, escenarios seguros y publicidad. Queremos revalorizar la fiesta popular más importante de la ciudad», y por supuesto pidieron más plata.
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