Se tatuó un planisferio para tachar los países que recorre y transforma su vida a bordo de su Volkswagen

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Gastón Fournier se animó a lo desconocido y fue por más. Vivenció 48 culturas diferentes y confió en su instinto. Conocé su historia de vida, su hoja de ruta. Sus años de sueños cumplidos y el futuro que quiere atrapar...

Gastón Fournier es psicólogo y fotógrafo de viajes. Tiene 31 años y miles de historias que contar. Nació en la Patagonia argentina, precisamente en Fiske Menuco, Río Negro, aunque su vida fue mutando en cada paso que dio.

A los 18 años preparó su mochila nueva, la cargó con libros, una carpa, el MP3 con música, comida y la emoción inmensa de concretar su primer viaje a dedo y solo. Fueron quince días de recorrido, de campamento, de lectura y escritura, “y fue ahí donde descubrí el encanto de la soledad”, le cuenta inicialmente a Ámbito.

Y recuerda: “Mis primeros viajes me marcaron para siempre. Y creo que fue gracias a esas primeras experiencias, que luego me hicieron seguir viajando para de alguna manera rememorarlas. No imaginaba que años después tendría tatuado en mi brazo un planisferio, al que iba “pintando” cada vez que conocía un nuevo país. Lo mismo con mi termo para mate, al que le pegaba calcomanías de las banderas de los países que visitaba. Era la manera de llevarme conmigo, una parte de su gente y su tierra”.

Su primer viaje lo adentró en lo más profundo de la Argentina. Lo llevó a palpar bien de cerca lo que necesitaba conocer; reconocer sus raíces. “En este paso por Tucumán, Salta y Jujuy, vi la humildad de Argentina hecha carne, al igual que cuando viajamos cientos de estudiantes de la universidad al Impenetrable chaqueño para realizar un relevamiento de datos de las condiciones de vida, salud, vivienda, etc., de la población, en el marco de una práctica pre profesional”.

También viajamos a Misiones, tierra en la que conocimos y apoyamos la pelea cotidiana de las heroicas tareferas, recolectoras de la hoja de yerba mate, donde todavía se vive en condiciones de semi-feudalismo. Luego de ese viaje, cada mate sabría distinto. Gente que no tenía nada y que te daba todo. Esas eran las marcas del camino, esos eran los paisajes humanos que anhelaba ver en cada viaje”, agregó.

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Salir del país y adentrarse a lo desconocido

“Luego de ese gran cambio, a los diecinueve, me esperaba otro gran viaje de tres meses por el norte argentino, Bolivia y Perú, que acentuaría y terminaría de definir ese amor inigualable por viajar”, remarca Gastón, y puntualiza: “Mis primeros viajes han sido por Latinoamérica, cuando estudiaba en la universidad, fueron muchos, pero breves, siempre eran de tres meses y luego retornaba. Era un buen tiempo para viajar y recorrer, pero sentía que era muy fugaz. Siempre estaba ese anhelo de realizar un viaje realmente largo, donde pudiera experimentar en carne propia, la lejanía del hogar, de las costumbres, de los seres queridos, y aprender de aquel desarraigo. También quería conocer los diferentes aspectos que existían entre viajar y vivir un tiempo en el extranjero, había ciertos matices que desconocía por completo”.

En 2017 terminó la residencia en un hospital de niños de Rosario, rindió todos los finales en la facultad y un año después se recibió de psicólogo. “Terminaba esa hermosa etapa de la que tanto había aprendido. Ya nada me ataba, y podía emprender tranquilo el tan anhelado viaje” aclara Gastón.

Y se acuerda con nostalgia: “Vendí muchas de mis pertenencias, regalé bastante, y el resto de las cajas las guardé en la casa de mi abuelito Mario, y me despedí sin saber que iba a ser la última vez que lo vería. Era uno de los tantos golpes que nos podía dar la lejanía. Mucha gente piensa que tengo ciudadanía europea, ya que facilita la movilidad en muchos países, pero el único pasaporte que tengo es el argentino, y siempre me ha permitido llegar a mi destino. A principios del 2018, con 27 años partí a Francia con una visa para trabajar por un año, donde trabajé en el sur en un restaurante y aprendí francés a la fuerza, atendiendo locales, viviendo con una familia francesa y leyendo libros”.

“Después estuve unos meses trabajando en París en un café y haciendo una pasantía como psicólogo en un hospital neuropsiquiátrico de niños y jóvenes. Durante ese año con el dinero ahorrado pude viajar a Palestina, la cual fue una experiencia muy dura y a varios países de África, como Kenia, Ruanda, Uganda, Tanzania, Egipto y Marruecos. Fue luego de estas fuertes experiencias que encontré la pasión por la fotografía, y como un medio de conexión con la gente, como un medio de denuncia y agente de cambio. Aunque nunca me había gustado sacar fotos, y me enojaba mucho la gente que sacaba fotos en los viajes, haciendo del mundo un zoológico humano. Luego saqué una visa para trabajar en Dinamarca por 1 año, donde trabajé en un hotel y en un bar. Ese tiempo pude recorrer casi toda Europa del este, los Balcanes, la ex Yugoslavia y visitar Chernobyl. Luego estuve en Asia casi un año, durante el 2020 en pandemia. Donde sobreviví con un solo kilo de yerba”, aseguró.

Luego de incursionar en india, donde recibió el 2020 para trabajar sobre un proyecto documental, sobre la importancia de lo comunitario en la vida de las personas, y se instaló durante tres meses, “explotó la pandemia por coronavirus, y todas las fronteras de los países asiáticos cerraron, excepto las de la lejana Indonesia. Fue allí donde viajé, y logré entrar con suerte un día antes de su cierre total. Viviría medio año con una familia local, en una de sus islas más conocidas: Bali”, recordó.

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Y amplió: “En Bali me recibió gente tranquila y hospitalaria, agradecida con su hermosa isla, concebida como el hogar de los dioses, a los cuales ofrendaban varias veces al día. Las personas eran cercanas y sinceras, no hacían sentir la distancia de la extranjería. Sin embargo, en Bali también los extranjeros y extranjeras éramos vistos como una amenaza, portadores del nuevo virus. Los niños y niñas nos veían pasar y se tapaban la boca o salían corriendo. Llegué a Amed, al norte de la isla y aunque la gente era muy agradable, el gobierno había prohibido a los hostels o casas de familia, que aceptaran a extranjeros. Por tal motivo, estuve vagando unas cuantas horas por el pueblo, bajo el sol del mediodía, con mis dos pesadas mochilas al hombro y bastante irritado. Ningún hostel me aceptaba, todos tenían miedo de las represalias de las autoridades. Hasta que Nyoman, un balinés, se apiadó de mí, y me dejó entrar a su hostel que estaba vacío. Sólo estaba su familia y unas personas de Rusia que a los pocos días lograrían volver a su país. Al comienzo aproveché el tiempo para terminar de editar las miles de fotos que tenía, pasar en limpio las notas de mi cuaderno, escribir y editar el primer fotolibro de la India. Luego haría uno sólo de los Sadhus (hombres santos de la India) y otro de Noruega. Mucho tiempo después tendría el propio de Bali. Luego el viaje se complicó cuando el gobierno de Bali nos retiró las visas de emergencia que nos había dado por la pandemia, por lo que me fui a Turquia, luego a Croacia y finalmente a Barcelona donde unos amigos me ayudarían con el alojamiento esos 3 meses que podía estar en Europa. Luego que se me venció la visa tuve que partir a Africa, donde estuve también los 3 meses que me permitía la visa en Marruecos, conociendo el desierto de Sahara, realmente desierto porque no había ningún turista, y trabajando en el pequeño hostel de Abdusamad a cambio de hospedaje”.

El Regreso a Argentina

Las complicaciones que sufrió Gastón en carne propia, lo llevaron a pensar en el regreso a Argentina. “La falta de dinero y trabajo, las restricciones y limitaciones para moverse, los hisopados (test de Covid-19), los costos de los viajes y el clima de la gente local, no eran los mejores. Fue bajo este contexto, y teniendo en cuenta que en Argentina estaban dejando entrar vuelos internacionales, que decidí partir de África, ese enero del 2021, para volver a casa después de tres años de viaje. No sin el pesar de quien queriendo seguir viaje, se ve obligado a regresar. Sentía que volvía derrotado por la pandemia. Pero regresaba cargado de ilusiones y con una nueva pasión, la fotografía. También con un proyecto entre manos: una exposición fotográfica itinerante por mi país, a la que titulé “IDENTIDADES: un viaje cultural a través de la diversidad” (más tarde declarada de Interés cultural, social, educativo y turístico, por la Legislatura de la Provincia de Río Negro y por la Municipalidad de Necochea, Provincia de Buenos Aires). Y también se le sumaría el desafío de escribir un libro, el cual contiene las experiencias vividas estos 10 años de recorrer 48 países y distintos rincones de Latinoamérica, Europa, África y Asia. Titulado “Los años nómades, un viaje entre fotografías y culturas”.

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El sueño de la furgoneta

Tras vivir de país en país, estar durante muchos años fuera de Argentina, y experimentar vivencias al extremo, Gastón decidió emprender otro sueño que tenía en mente: conseguir una furgoneta para vivir en ella, “viajar con los libros, las fotos y la cámara, recorriendo realmente cada rincón de Argentina. Era una posibilidad hermosa para integrar los tres proyectos: presentar este libro, hacer la exposición fotográfica y poder documentar la bella cultura de mi país”, añadió.

Y cumplió: “Fue así que ahora estoy viviendo en una Volkswagen Transporter del 98, con mi cámara, mis cuadros, libros, cama, heladera, anafe y escritorio. El plan es hacer de Ushuaia a La Quiaca, recorrer por más de un año, todas las provincias de Argentina, para registrar la diversidad cultural y tradiciones de nuestro país”…

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