19 de noviembre 2007 - 00:00
Ya hay campos militares para adictos a Internet
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China, por su parte, tiene unos 2,6 millones de usuarios de la red de menos de 18 años, a los que la dura legislación del régimen de Pekín considera «adictos».
El uso compulsivo de Internet es considerado una enfermedad mental en varios países, incluyendo Estados Unidos, pero es más grave en Corea por la extensión de la conexión a la red. Se llegó a casos de jóvenes que murieron ante la pantalla luego de permanecer semanas enteras «enganchados» a juegos on line, sin consumir alimentos. El síndrome también provoca que los chicos abandonen sus estudios, dejando de ir a la escuela para continuar conectados.
En Corea del Sur ya tienen una red de 140 de estos centros de rehabilitación, que se agregan a otros programas hospitalarios. El «campamento de rescate» -que así se lo llama- está en medio de un bosque a una hora de auto de la capital, y allí se tratan los casos más severos. El tratamiento es gratuito: el gobierno carga con todos los gastos.
Durante su estadía allí, los chicos no tienen contacto con computadoras de ninguna clase y sólo pueden hacer una hora de llamadas por celular diarias, para impedir que jueguen on line a través del móvil. También cuenta el «Times»- siguen un estricto programa de ejercicios físicos, cabalgatas grupales y otras similares «destinadas a construir conexiones emocionales con el mundo real» y debilitar las que tienen con el mundo virtual.
Los chicos, por su parte, tratan de escaparse para buscar la PC más cercana, incluso durante la hora del almuerzo; por eso ahora los tienen bajo constante vigilancia y se los mantiene ocupados «full time» con tareas como limpiar sus cuartos y lavar su propia ropa.
La gravedad del problema lo ejemplifica el caso de uno de los participantes del programa, de 15 años, que admitió que prefería el mundo virtual al real porque tenía más éxito y le iba mejor con la gente. Sus 17 horas diarias frente a la pantalla transcurrían mirando videos de «animé» japoneses y jugando on line toda la noche, por lo que al día siguiente no iba a clase para poder dormir. Y cuando sus padres lo querían mandar a clase, reaccionaba violentamente. Así, terminó en el campo.
Después de una larga clase con durísimos ejercicios («es mejor que estar conectado», dijo para la tribuna), este joven paciente cerró el diálogo con el cronista así:
- Me gusta lo que hago acá; estoy sintiéndome mejor. Creo que cuando vuelva a casa voy a pasar no más de cinco o seis horas frente a la computadora.



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