El Museo Nacional de Bellas Artes presenta “Raquel Forner. Revelaciones espaciales. 1957-1987”, una muestra curada por Marcelo Pacheco que explora por primera vez la producción de las tres últimas décadas de la artista. Con el aporte de la Fundación Forner-Bigatti, el MNBA exhibe 65 obras, mayormente óleos, cuyo tema gira en torno de la conquista del espacio. Hija de españoles y casada con el escultor Alfredo Bigatti, Forner pintó el horror de la Guerra Civil Española. Sensibilizada por el dolor, pintó la serie “El Drama”, dedicada a los desastres de la Segunda Guerra Mundial. En 1942 ya había ganado el Primer Premio de Pintura en el Salón Nacional, cuando el Museo de Arte Moderno de Nueva York compró el óleo “Desolación”. En 1946 obtuvo el Premio Palanza, diez años después ganó el Gran Premio de Honor del Salón Nacional y el Museo de Arte Moderno de Nueva York adquirió “Lunas”. En 1958 participó de la Bienal de Venecia, mientras los viajes y los premios se sucedían.
La Raquel Forner “espacial”: una notable retrospectiva en el MNBA
La magnífica muestra comprende obras suyas del período
1957 a 1987 (un año antes de su muerte).
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Forner. ”Futuro acontecer”, de la serie “Apocalipsis en Planeta Tierra”.
Para comprender el sentido de las obras de Forner, la gran artista mujer del Grupo que el propio Pacheco denomina los “muchachos de París”, es preciso remontar la historia del satélite Sputnik que, el 4 de octubre de 1957, la Unión Soviética lanzó al espacio e ingresó en la órbita de la tierra. En 1961, los rusos hicieron orbitar al astronauta Yuri Gagarin. Finalmente, el 20 de julio de 1969 un estadounidense pisó por primera vez la Luna. En Moscú, la Corporación Espacial Estatal Roscosmos, exhibió ante el público la tecnología utilizada en aquel entonces y una pequeña nave espacial. A la precariedad evidente de la infraestructura, se contrapone la ambición de la carrera espacial con dos países en pugna: la Unión Soviética y los EE.UU.
En la muestra figura, con el predominio de colores vibrantes, rojo y amarillo, el “Carro de la muerte” de 1955, un grupo de hombres obligado a arrastran una carga macabra: la montaña de cadáveres que la artista lleva en su memoria mortificada. No obstante, el mundo de la guerra fría pegaría un giro, y Forner cambió el rumbo de su arte. En las litografías de los “Astroseres”, al principio de los años 60, los colores se aplacan. Allí predomina el blanco. Forner ostenta una visión por momentos poética e idealizada de los seres que pueblan el espacio, perceptible en la serie “El rapto de la luna” o la pintura con formato mural “A la conquista de la luna”. En “Astronauta I” la alegría del color y la forma transmite una emoción positiva sobre la condición del hombre que viaja al espacio. Sin embargo, a partir de allí, los gestos y las miradas alucinadas de los personajes, muestran el fin de la esperanza en el nuevo orden del cosmos. ¿Las circunstancias que atraviesa la Argentina determinan las expresiones angustiosas que se suceden en las pinturas?
Forner revela sus sentimientos cuando en 1973 le escribe a Federico Jonas, un médico argentino que trabajaba en Houston, en la NASA. Primero rinde cuenta de sus ilusiones y, finalmente, también, de sus miedos: “El pensamiento de que el hombre intentaba alejarse de su planeta en busca de otros mundos tratando de ahondar en el misterio y buscando una respuesta a su eterna pregunta, me conmovió profundamente. […] Mi pintura se hizo más abstracta. Siendo luego el hombre el protagonista de esa fantástica aventura, volví a representarlo pero no representé ya al hombre de la tierra, al “terráqueo” sino al hombre en su nueva dimensión, el hombre del espacio”. Forner muestra detalles de esta gestación, los cordones umbilicales, “los pensamientos obscuros” y también el “miedo” que le inspiraban los pobladores del espacio.
En la pintura “Etapas espacio temporales” la artista aborda el tema del tiempo. Pacheco observa en su texto curatorial el papel clave que juega Albert Einstein, con “su apertura hacia el espacio cuatridimensional, que sumó a los tradicionales alto, ancho y largo, la cuarta dimensión: el tiempo”. Forner imagina las tremendas mutaciones de los Terráqueos del año 3.000 que culminan con el “Ser híbrido del año 3.900”.
La reveladora carta de la artista prosigue con el tiempo del hombre que “encierra en su mente dos mundos: el presente, pasado y el futuro. La Tierra y el Espacio. Por eso mis astronautas tienen la mitad de su cabeza pintada en grises, simbolizando la Tierra, y la otra mitad de su cabeza en colores símbolos del espacio, del futuro. El astronauta es el ser de enlace entre el terráqueo de hoy y el nuevo Hombre, el hombre que se está gestando en contacto con el mundo del espacio y, por qué no, en el futuro con seres de otros planetas. Para expresar lo que pienso y obscuramente presiento he plasmado plásticamente extraños seres que asimismo simbolizan los peligros, las dificultades, el terror hacia lo desconocido que el hombre debe vencer para encontrar su meta, ayudado por su imaginación sin límites que también simbolizo en mis cuadros”.
El miedo está plasmado en “Extraño encuentro” y, su genuino “terror”, en los engendros que pinta, como los “Mutantes alienados”, la series “Mutaciones espaciales” y “Los grandes mutantes”. Cuesta entender desde la actualidad el temor a una imaginaria fauna espacial, cuando la violencia real se encuentra a la vuelta de la esquina. Pacheco insiste en el carácter onírico y surreal de la obra y cuenta sobre un viaje a San Juan, al Valle de la Luna. Allí Forner encontró nuevamente la esperanza y se alejó de los malos presagios. Quería ver la humanidad recuperada y comenzó a pintar el “Origen de una nueva dimensión”. Pero el ciclo quedó trunco con su muerte, en 1988.



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