4 de octubre 2022 - 00:00

Laddaga: retrato de una Nueva York fantasmal

Diálogo con el autor argentino afincado en los EE.UU. sobre su “Atlas del eclipse”.

Laddaga. Narrador y profesor rosarino que vive en los Estados Unidos.

Laddaga. Narrador y profesor rosarino que vive en los Estados Unidos.

La Nueva York que nunca aparecerá en las guías turísticas emergió inesperadamente durante la pandemia del covid, como lo refleja “Atlas del eclipse” (Galaxia Gutenberg). Reinaldo Laddaga eligió registrar con las herramientas de la historia, el arte y la cultura lo que surgió de esa metrópolis apocalíptica y fantasmal. Rosarino, licenciado en Filosofía y doctorado en la UNY, ha sido profesor en las universidades de Pensilvania y Princeton. Ha publicado “La euforia de Baltasar Brum”, “Un prólogo a los libros de mi padre” y “Los hombres de Rusia”, entre otras obras. En su visita a Buenos Aires dialogamos con él.

Periodista: ¿Su libro es una novela sin ficción, las postales de una Nueva York fantasmal?

Reinaldo Laddaga: Es varias cosas, y una de ellas un libro de viajes. Una colección de caminatas, en medio de la pandemia del covid, por una Nueva York que existe y no existe. Espero que sirva como un lente para observarla más allá del mito, porque Nueva York, como París en el siglo XIX, como Buenos Aires, es una colección de mitos. Es Manhattan, el Central Park, el Empire State, Broadway, el Brooklyn de los escritores. Pero eso es un fragmento de Nueva York, hay otra que no tiene una mitología estabilizada, donde hay que arreglárselas con el propio bagaje para poder convertir ese conjunto de casitas y negocios en un objeto de reflexión y de contemplación estética. Haber pasado y superado el covid me dio una suerte de inmunidad. Sentí necesidad de documentar la Nueva York que no aparecía en los diarios, en televisión, en ningún lado, y que yo descubría con deslumbramiento.

P.: El covid que vació Nueva York le permitió ver lo que habitualmente no se ve...

R.L.: Es una ciudad atomizada. Está la afroestadounidense, la West Indies, la de los nicaragüenses, salvadoreños, ecuatorianos, nepaleses. Cuando quedó desierta su vitalidad permanecía en los inmigrantes ilegales, en muchísimas lenguas, en la de los repartidores de comida, los enfermeros, los basureros. Cuando The New York Times decía que en Coney Island había el mayor número de muertos me iba a registrar ese lugar. Como en “El gran Gatsby” al fin aparecía lo escondido, por caso, la gente apiñada en los sótanos, algo que ya pasó con las distintas inmigraciones.

P.: ¿Qué lo hizo ir de la ciudad distópica, la de los Trump, a la que sale a las calles por el asesinato de George Floyd?

R.L.: Decidí suspender mi cautela y racionalidad. Traté de ser sensible a lo que sucedía en el día. Fue un momento excepcional, duró solo tres meses. Si bien estuvieron los repartidores, los taxistas, no hubo nadie que escribiera, que la haya visto como yo. Saqué fotos con el celular. Necesité documentar el placer y el horror de ver. Fotografiar se fue convirtiendo en una obsesión.

P.: Su blanco y negro no era el romántico del Manhattan de Woody Allen sino el de lo luctuoso.

R.L.: Una visión descarnada. “Atlas del eclipse” interrumpió el libro que escribía sobre el Andy Warhol de los 70, cuando dejó de hacer cine y se pasó a la fotografía. Sostenía que su estilo imita al de los paparazzi. Hay algo en eso que encuentro en Sebald, donde la foto tiene el tono de la memoria, del recuerdo, borrosa, de instantes. Quería evitar eso. Mí desafío era escribir algo que en algún sentido se pareciera a Sebald, pero que no usara los materiales del pasado, de la memoria, sino del pensamiento duro. Para eso trabajé sin etapas. El eclipse, como el solar, fue una concentración de la realidad. La luz del eclipse es extraordinaria, brilla, desaparece, y no se puede recobrar, es como si no hubiera sucedido. El virus, que en su etimología es mancha blanca, con su luz siniestra iluminaba. Fue para mí una experiencia horrenda y fantástica.

P.: Coney Island, el lugar de mayores muertes, lo llevó a contar la siniestra historia de los Trump. ¿Se relaciona con su obra sobre la ultraderecha estadounidense?

R.L.: Así como en “Atlas del eclipse” trato de otro modo la historia más urgente, en 2017 la historia más urgente, y más angustiante, era Donald Trump. Eso me impulsó a escribir “Los hombres de Rusia”. Trump emergió de la alt-right, la derecha alternativa, que busca sus fuentes ideológicas en el italiano Julius Evola, y en la tradición filonazi española y en la chilena de Miguel Serrano, mezclando fascismo clásico, ciencia ficción y juegos de computadora. “Los hombres de Rusia” trata de un grupo de combatientes drogadictos que viajan por el estado de Florida traficando mujeres y droga. Es un libro gótico fantástico. Del mismo modo que en “Atlas del eclipse” trabajo la historia de Nueva York y el cantante Woody Guthrie, por ejemplo, me ayuda a ilustrar el imperio edilicio creado por el padre de Trump, con el que había revuelto el potaje tenebroso de la enemistad racial, en “Los hombres de Rusia” uso los textos de Evola y D’Annunzio para reconstruir la tradición de la derecha nacionalista pagana.

P.: ¿Por qué lo llamó “los hombres de Rusia”?

R.L.: Una de las obsesiones de la extrema derecha son los vikingos, de los que lo único que se sabe son las veinte páginas de un cronista árabe del siglo X que conoció a los Rus, establecidos en la zona de Kiev, de donde luego surgió Rusia. Esa guerrilla ultra, estrafalaria, quiere recomponer el modo de vida de los Rus. Aleksandr Duglin, el ideólogo de Putin, escribió sobre los Rus. El hecho que se decía que Trump había sido elegido por Rusia, hacía que la extrema derecha estadounidense fuera, por lo tanto, prorusa. La unión de rusos y estadounidenses, viejos enemigos, me parecía fascinante.

P.: Pasó de la ultra derecha en Florida al momentáneo apocalipsis de Nueva York.

R.L.: Ahora estoy trabajando sobre California, así será una trilogía, una suerte de comedia estadounidense, donde “Los hombres de Rusia” sería el infierno, “Atlas del eclipse” el purgatorio, y California, por supuesto, el paraíso.

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