El autismo vuelve a tomar fuerza en la agenda social y de salud. Debates que se creían cerrados se vuelven a abrir con un fuerte condimento de desinformación, muchas veces alentado por líderes mundiales.
Crecen los diagnósticos en la adultez y con ello el alivio en miles de pacientes que logran darle sentido a hechos de su vida. La experiencia, en primera persona.
Para las mujeres es más difícil llegar al diagnóstico de autismo debido al "masking".
El autismo vuelve a tomar fuerza en la agenda social y de salud. Debates que se creían cerrados se vuelven a abrir con un fuerte condimento de desinformación, muchas veces alentado por líderes mundiales.
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En 2026, las Naciones Unidas hizo un evento especial por el Día del Autismo y su lema fue un reflejo de la actualidad: "Autismo y humanidad: toda vida tiene valor". En su comunicado destacaron que se trata de “un momento en el que resurgen la desinformación y la retórica regresiva sobre las personas autistas”.
La contracara de esto es alentadora: nuevos estudios, más información, más especialistas y sí, un amplio espectro que le da nombre a un sin fin de síntomas, emociones y desafíos en el día a día de una persona autista.
Hoy, cuando se habla de autismo el foco suele estar puesto en la infancia, en el diagnóstico temprano. Sin embargo, poco se habla de encontrarse con esta condición en la adultez, la inserción de una persona autista en el mundo adulto.
Si bien 7 de cada 10 argentinos conocen a alguien con TEA, solo uno de cada cuatro entiende las características de la condición. Esto repercute en la exclusión laboral y educativa, donde el desempleo en adultos autistas es crítico y el acoso escolar sigue siendo una barrera. Así, el desafío actual no sólo es detectar más casos, sino transformar los entornos sociales, escolares y laborales para una inclusión real.
En este contexto, profesionales de la salud argentina y adultos diagnosticados explicaron a Ámbito desde sus puntos de vista qué es el autismo, cómo es vivir con él y cómo se acompaña a esas personas en la adultez y no solo en la infancia.
El autismo comienza a ser un tema central de la salud global. Según las estimaciones más recientes del estudio Global Burden of Disease, aproximadamente 1 de cada 127 personas en el mundo se encuentra dentro del espectro autista, lo que equivale a 61,8 millones de personas. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) mantiene una cifra de 1 cada 100 niños, aunque reconoce que estas tasas varían significativamente según el acceso a recursos para llegar a los diagnósticos en cada región.
Los expertos coinciden en un punto: este incremento no responde a una sobrediagnosticación o moda, sino a una mejor capacidad de identificación, criterios más amplios y una mayor conciencia social que permite reconocer perfiles que antes quedaban invisibilizados.
En la Argentina, el panorama presenta desafíos estructurales y una demanda urgente de estadísticas oficiales. Datos de la Encuesta Azul de 2026 revelan que 1 de cada 31 niños recibe una confirmación de TEA en el país, cifra que refleja un aumento superior al 400% en las últimas dos décadas, en sintonía con lo que ocurre en Estados Unidos.
Según datos oficiales y en plena crisis en discapacidad, en el país sólo 148.710 personas poseen un certificado de discapacidad (CUD) por esta condición, lo que representaría apenas una pequeña porción de la población real.
En abril de 2026 y en el marco del Día del Autismo, organizaciones de la sociedad civil exigieron al Estado, y mantienen el pedido al día de hoy, la incorporación de indicadores de neurodivergencia en los censos y sistemas de salud nacionales. Esto, explican, permitiría diseñar políticas públicas para que la responsabilidad y cuidado no recaiga únicamente en el esfuerzo de las familias.
Uno de los cambios de paradigma más importantes en la actualidad es la revisión de la brecha de género en el diagnóstico. Históricamente, el autismo se identificaba mayoritariamente en varones con una proporción de 4:1. Pero estudios recientes en Suecia sugieren que en la adultez la relación podría ser de 1:1.
Esto se explica por el fenómeno del "enmascaramiento" o camuflaje social, mediante el cual las niñas y mujeres ocultan sus rasgos para encajar, lo que deriva en que reciban su diagnóstico, en promedio, tres años más tarde que los varones.
Esta invisibilidad se traduce en una "deuda histórica" con los adultos, quienes a menudo llegan al diagnóstico tardío tras años de diagnósticos erróneos como ansiedad o depresión.
Laura Rodríguez es pediatra especialista en desarrollo. A su consultorio llegan familias que notaron distintos señales en sus hijos. Para ella, llegar al diagnóstico, tiene en cuenta dos ejes: la dificultad en la comunicación y atención social (retraso del lenguaje, interacción, imitaciones, incluso dificultad en leer cuestiones sociales) y el conductual (conductas repetitivas, aleteo, dar vueltas en el lugar o balanceos, juego rígido, disconformidad sensorial, entre otros).
"No es que con sólo una de estas conductas hacemos el diagnóstico, sino que tenemos que ver características de ambas vertientes y bien marcadas para poder llegar al diagnóstico", explicó a Ámbito.
En cambio, llegar al diagnóstico de autismo en la adultez es un proceso interno muy profundo, pero que generalmente llega con un gran alivio. Viene con una investigación previa de la persona. Gabriel Grivel Sanguinetti es psicólogo y “autistólogo”, como se define. En diálogo con Ámbito explicó: “Suelen ser personas que sentían que no encajaban, que sufrieron mucha discriminación en sus diferentes etapas de la vida. Y lo más grave quizás de esto es que llegan con otros diagnósticos que no tienen nada que ver”. Y agregó: “También llegan papás o mamás de niños diagnosticados que empiezan a pensarse a sí mismos y también incurren a un diagnóstico”.
El punto de vista del profesional se confirma con la vivencia de Memi, una mujer de 26 años que es autista y recibió su diagnóstico hace apenas dos años. “Llegué por etapas al diagnóstico. Primero me dijeron que era ansiedad. Cuando yo resolví eso, me di cuenta que todavía había algo que no estaba bien. Entonces llegó el TDAH. Y una vez que se calmó, entre comillas, empezó a ser más notorio el autismo. El cuerpo y la cabeza lo van escondiendo o van priorizando otras cosas más urgentes”, contó a este medio.
Al principio le costó la aceptación. Sin entrar en una negación, su proceso emocional tardó en llegar. Sin embargo, aseguró: “Le ponés nombre finalmente a algo. En un punto es como ponerte anteojos por primera vez y darte cuenta de que no veías bien”.
Al momento de hablar con Ámbito y contar su historia, explicó que le significó “un esfuerzo realmente sobrehumano”. Y es que las emociones juegan un rol clave y también siente los desafíos. “Siento las cosas de forma muy intensa. Se puede prestar a cosas muy lindas, porque la felicidad la siento muy feliz y el amor muy amoroso. Pero se puede traducir a cosas muy feas también, porque lo feo se vuelve totalmente feo”.
Cada persona vive su diagnóstico de manera personal, subjetiva. Grivel Sanguinetti analizó: “El diagnóstico es dimensional. En salud mental se habla de trastornos o condiciones. Estamos bajo el modelo biopsicosocial, que piensa a las personas con una mirada biológica, un perfil neurobiológico, una mirada psicológica, lo que pasa y una mirada social en interacción con el contexto, con las personas, con el ambiente. En esa interacción es donde una persona tiene que buscar funcionalidad y calidad de vida”.
El profesional también remarcó que “el diagnóstico nos muestra un perfil biológico, pero no nos dice todo lo que le pasa a esa persona. Entonces, a partir de los desafíos que tiene esa persona se promueve su tratamiento”.
Los profesionales coinciden en los beneficios de un diagnóstico temprano. Trabajar desde la infancia con ese niño o niña autista le da una perspectiva de mejor calidad de vida. En este sentido, la pediatra enumeró las distintas especialidades y terapias posibles: psicólogos, psicopedagogos, fonoaudiólogos, terapeutas ocupacionales, psicomotricistas y musicoterapeutas.
Pero remarcó algo fundamental: "No todo depende del nombre de la terapia, sino de que el profesional esté formado y tenga experiencia en trabajar con estos distintos perfiles de chicos. Nosotros no tratamos diagnósticos, tratamos niños. Los chicos son mucho más que solo un diagnóstico de autismo".
En cambio, saber que uno es autista recién de adulto implica un trabajo en retrospectiva. Así lo experimentó Memi: “Yo existía, vivía y sobrevivía. Pero el diagnóstico me puso un montón de cosas en perspectiva y me permitió acceder a un montón de herramientas y un montón de cosas que mejoran mi calidad de vida”.
Con perspectiva, pudo entender muchas cosas de su infancia, incluso ahora en su adultez: “Yo no podía empujar y sobrepasar ciertas cosas y me sentía mal por eso. Hasta que empecé a darme cuenta de que estaba pidiéndole peras al olmo. Entonces empecé a encuadrar las cosas desde otro lado”.
Y recordó: “Vi mis cuadernos de comunicados del colegio. No es que nadie se dio cuenta de que yo tenía algo ‘raro’. Pero en todas esas instancias donde alguien me podría haber ayudado, nadie me ayudó”.
“Toda la vida sentí que había un guión que no me había llegado, que había un libro de reglas que no me habían pasado. Sufrí un montón de bullying, un montón de cosas. Fue un proceso de duelo por mi misma y por todo lo que yo tuve que pasar, todas las veces yo me tuve que arreglar sola y me sentí mal por medirme con una vara que no era la mía”, analizó Memi en diálogo con Ámbito.
Para toda persona autista el círculo que lo rodea es fundamental. Si bien las terapias son claves para que esa persona pueda adaptarse al mundo y las reglas sociales que se imponen, sus seres queridos son clave para hacer el trabajo inverso: ¿qué necesita esa persona para estar más cómoda, regulada y segura?
Al trabajar con niños, Laura Rodríguez siempre se apoya en la familia. "Una familia que comprende lo que le está pasando al niño, que tiene herramientas para su día a día, que puede entender qué objetivos se van a buscar, una familia empoderada, va a acompañar mucho mejor y va a bajar su carga de estrés".
Y agregó: "La familia es quien más le va a enseñar, quien más va a acompañar. En definitiva son quienes están ahí cuando hay que sacar el pañal, cada vez que se sientan a comer, quienes están ahí en cada cumpleaños, en cada acto del cole. Y los chicos aprenden en esas situaciones, en esa rutina, el cuentito antes de dormir. Cuando una mamá, papá o familiar entiende los desafíos de su hijo y su perfil de fortalezas, el acompañamiento mejora.
Sin embargo, para Memi no fue así. “Yo pasé muy desapercibida porque me arreglaba sola en muchas cosas. Está bueno tratar de prestar atención y escuchar. Se me desestimó bastante”. Y explicó: “Recién de grande empecé a llevarme bien. Incluso empecé a ver en mi familia personas que también podrían ser autistas. Pero cada uno con un desafío distinto”.
Para ella, su círculo de apoyo fueron sus amigas. “Tuve amistades que se terminaron por razones que yo al día de hoy no entiendo. Pero tengo un grupo de amigas desde hace más de 10 años que somos muy cercanas y no cambió nada con el diagnóstico”.
“Estamos en un momento bastante complejo por la crisis en salud mental que existe en la población. Estamos teniendo líderes que confunden a la población, que generan discursos individualistas o generan directamente el maltrato. Se hace muy difícil cuando aquellos aspectos sociales no son tenidos en cuenta, cuando se hacen recortes presupuestarios en en salud”, explicó el psicólogo.
Y agregó: “La población está en un momento de demanda y vulnerabilidad. Con los recortes de discapacidad las personas no pueden acceder a sus apoyos. Es un sálvese quien pueda”.
Mientras muchos hablan de “sobrediagnosticación”, Grivel Sanguinetti fue claro: “Tenemos que saber que así como existe la diversidad biológica, existe la neurodiversidad humana. Entender que tenemos cerebros diferentes y que cada vez más vamos a tener interacciones con personas distintas a uno”.