Hitler y el nuevo orden mundial

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Durante la Guerra Fría los antiguos enemigos, los nazis y los norteamericanos, se convirtieron en socios para trabajar codo a codo contra el comunismo, según el nuevo libro del periodista Abel Basti.

“Muerto el perro no se acabó la rabia” es la frase que, parodiando a la tradicional que da por acabada la enfermedad al morir el animal portador, utilizó el investigador Abel Basti para la presentación de su nuevo libro “Hitler y el Nuevo Orden Mundial” (Editorial Planeta).

Se trata de un texto colmado de datos inéditos que nutren una trama fascinante que involucra a destacados personajes internacionales, grandes holdings y renombrados integrantes de las casas reales europeas.

En su obra de revisionismo histórico el autor intenta demostrar que si bien al terminar la Segunda Guerra el nazismo formalmente desapareció de escena, las empresas, los militares y los políticos que ayudaron al esfuerzo bélico del Tercer Reich continuaron en actividad, sosteniendo la misma ideología, que había trascendido las fronteras de Alemania, y haciendo negocios de gran magnitud durante la Guerra Fría.

En esa nueva etapa, que comenzó al poco tiempo de haberse firmado el armisticio, las dos grandes potencias que habían sido aliadas durante la guerra, los Estados Unidos y la Unión Soviética, en muy poco tiempo pasaron a ser acérrimas enemigas. Y paradójicamente los estadounidenses y los nazis, antes enfrentados, se convirtieron en socios para combatir al comunismo cuya expansión amenazaba al mundo capitalista.

Para fundamentar esta tesis, Basti detalla los grandes holdings germanos que, después de la culminación del conflicto, continuaron facturando millones, particularmente los relacionados a la industria bélica, inclusive a veces asociados a empresas estadounidenses. En ese sentido, en el libro se mencionan industrias de armas y vehículos, acero, farmacéuticas y químicas, entre otras, cuyos propietarios, que habían ayudado a Adolf Hitler, resultaron impunes; y los pocos que fueron condenados, siempre con penas leves, resultaron beneficiados con sucesivas amnistías otorgadas por parte de los Aliados.

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A ello se suma la evasión y el “reciclado” de miles de nazis que, tras cruzar el Atlántico, reiniciaron sus nuevas vidas en el continente joven. Varios de ellos trabajaron para los gobiernos americanos, especialmente para el de los Estados Unidos, cumpliendo funciones en dependencias oficiales civiles y militares (los norteamericanos contrataron a veteranos alemanes como agentes de inteligencia, instructores de las fuerzas armadas, expertos en guerras bacteriológica y química, etc.).

En el caso de los cerebros el caso más emblemático es el de Wernher von Braun, experto en misilística en la Alemania nazi y luego padre del desarrollo espacial estadounidense que llevaría al hombre a la Luna, quien, como decenas de científicos alemanes, fue llevado a trabajar a los Estados Unidos en el marco de la conocida Operación Paper Clip, destinada a captar para ese país la materia gris del Tercer Reich, obviando su escabroso pasado nazi.

Para muestra un botón: el mismo von Braun en 1940 había ingresado a las temibles Waffen SS (Schutzstaffel) y estuvo acusado de usar mano de obra esclava en las fábricas bajo su mando. Otros exmilitares hitleristas se sumaron a los planteles de las grandes firmas alemanas que se radicaron en diferentes países americanos, por caso Adolf Eichmann quien trabajó como un sumiso y eficiente empleado administrativo en la Mercedes Benz, en Buenos Aires.

Tras la guerra, algunos nazis cumplieron funciones para la CIA o para el nuevo Servicio Federal de Inteligencia (BND) creado por Alemania Federal en los años 50, como el criminal Klaus Barbie, comandante de la Gestapo en Francia, quién, radicado en Bolivia, llegó a ostentar el grado de teniente coronel del Ejército de ese país. Es asombroso que, a pesar de ser un fugitivo de la justicia, Barbie percibiera honorarios tanto de la CIA como del BND, según lo demuestra documentación desclasificada. También resulta significativo la cantidad de militares que, luego de haber formado parte de las fuerzas armadas de Hitler, cumplieron funciones en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Un ejemplo es el reconocido general alemán Adolf Heusinger -hombre clave en las invasiones perpetradas por los nazis que le permitieron a Hitler someter a países europeos- quien luego, durante la Guerra Fría, fue agente secreto de la CIA y después presidente del comité militar de la mencionada alianza militar multinacional.

Paradójicamente, como muestra de que las investigaciones de revisionismo histórico no deja de sorprendernos, en el libro de Basti se asegura que a partir de la década del 50 algunos nazis fueron contratados por el servicio secreto israelí Mossad, para pelear contra de los árabes, por caso el general Walter Rauff, inventor de las cámaras de gas móviles, o el conocido comando Otto Skorzeny, célebre por rescatar de prisión al dictador italiano Benito Mussolini, entre otras operaciones especiales ordenadas por Hitler.

Según el autor, estos sucesos fueron posibles el un marco de un secreto pacto de impunidad de posguerra acordado por la cúspide del poder internacional, un entramado que parece una ficción pero que se fue confirmando, como una dura y desconocida realidad de un pasado no tan lejano, merced a la progresiva desclasificación de documentos de inteligencia estadounidenses.

En el libro Hitler y el Nuevo Orden Mundial se asegura que las intrincadas redes que se tejieron después de 1945, que reunían a veteranos de guerra, se dedicaron a ayudar a las dictaduras latinoamericanas y a hacer pingües dividendos mediante el tráfico de armas y el narcotráfico. El caso más conocido es el del citado Barbie, que comandaba las rutas de la cocaína, quien se movía con absoluta impunidad en Bolivia, a la sazón convertida en un narco estado gobernado por uniformados corruptos, país que en 1974 rechazó un pedido de extradición del citado criminal de guerra realizado por Francia.

En el texto de esta obra literaria de investigación se detallan los nombres de personajes y de empresas involucradas en la construcción del denominado “Nuevo Orden” de posguerra incluyéndose también integrantes de las monarquías europeas quienes, según el autor, han pasado desapercibidos a la hora de buscar responsables de una trama compleja que tenía fines inconfesables. En ese sentido, el libro destaca la relación de las casas reales europeas con Hitler, y se llama la atención del lector sobre grandes negociados, algunos de los cuales causaron tremendos escándalos como cuando la empresa aeronáutica norteamericana Lockheed reveló en 1979 que, para venderle aviones a los Países Bajos, debió pagar un soborno de un millón de dólares al príncipe consorte Bernardo, esposo de la reina Juliana de Holanda. (Bernardo, fallecido en 2004, era abuelo del actual rey Guillermo, casado con la argentina Máxima Zorreguieta).

Con la narración de una increíble cantidad de casos que se interrelacionan, aportando minuciosos detalles de cada suceso, Basti va armando un rompecabezas con información relevante para finalmente mostrar un cuadro diferente de la historia que no deja de asombrar.

¿Hitler vivo?

Esta suma de datos, varios de ellos inéditos, alcanza para justificar la aparición de este nuevo libro de Editorial Planeta, pero el autor, quien en obras anteriores expuso su teoría de que Hitler no se suicidó en Berlín sino que escapó a la Argentina, avanza un paso más.

Al respecto, asegura que Adolf Hitler no solo se refugió en el país sino que además mantuvo diferentes reuniones y encuentros con políticos, militares y hombres de negocios nacionales y extranjeros. En ese sentido, menciona, a partir de testimonios recogidos durante su investigación, una supuesta reunión entre Adolf Hitler y el empresario rosarino Luis Escarabino, vinculado al club Rosario Central, realizada en 1949 en La Falda, Córdoba. El autor asegura que Escarabino era socio del matrimonio compuesto por Ida y Walter Eicchorn, financistas germano argentinos de Hitler.

Este relato concuerda con el de Catalina Gamero, persona de confianza de los Eichhorn, quien en los años 90 aseguró públicamente que atendió al ex Führer en la residencia de la pareja ubicada en La Falda. También es concordante, de acuerdo a la explicación del autor, con una documento desclasificado del FBI, posterior a la terminación de la guerra, que señala que los Eichhorn habían realizado en la La Falda “los preparativos necesarios” para recibir a Hitler. En otro caso, Basti asegura que durante esos años también hubo una reunión de la que participó Hitler en la localidad chaqueña de Samuhú, donde el ex Führer se reunió con directivos de las firmas La Forestal S.A. y Samuhí S.A., ambas dirigidas por afiliados al partido nazi, para ese entonces formalmente inexistente. De ese encuentro participaron el empresario germano Walter Hinckeldeyn y dos directivos de las empresas mencionadas, de apellidos Hote y Hoefe, según la meticulosa narración de un custodio de los alemanes que estuvo en ese encuentro realizado en una casona conocida como “La Mansión”, actualmente en ruinas, ubicada dentro de un gran predio que en noviembre de este año fue expropiado en favor del municipio de Samuhú, mediante la ley provincial N° 1.432.

Allí, además de “La Mansión”, en los años 40 funcionaba una industria procesadora de tanino, un laboratorio, un hotel y una estación de trenes. También una pequeña pista de aterrizaje que era utilizada por los alemanes, de acuerdo al testimonio de antiguos pobladores. Basti relaciona este lugar, y la localidad cercana de Charata, con un sugestivo documento desclasificado, también del FBI, presentado en su libro, que asegura que el máximo jerarca nazi tenía un refugio alternativo en territorio chaqueño.

Hitler y el Nuevo Orden invita al lector, crea o no en el escape del Führer, a un impactante recorrido revisionista de la historia con datos documentados y precisones de una increíble trama de intereses que pone en jaque a la historia oficial.

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