Finanzas

Macri, devaluación, los monjes benedictinos y la regla del silencio

No hay nada bueno para contar y el saldo de los tres años de Cambiemos es notablemente funesto. El Gobierno no quiere ser esclavo de sus palabras porque ya lo es de sus decisiones y sus consecuencias.

El voto de silencio es una práctica de penitencia, una especie de promesa temporal, de evitar la conversación innecesaria, lo que San Benito, fundador de una orden que lo practica, llamaba “conversio morum suorum”, esto es, comportarse propiamente como un monje, simplemente asumiendo el silencio por respeto.

Incluso desde un punto de vista del comportamiento humano, es limitar esa labor social vinculada al lenguaje, un vestigio que nos quedó de la práctica de desparasitarse unos a otros que practican los simios para el mantenimiento del vínculo social.

La regla de silencio que ha impuesto al Gobierno a los suyos poco parece tener poco que ver con lo volitivo o el respeto y, quizás, un poco más, con eso de “desparasitarse”. En rigor, se trata de una estratagema, un movimiento pendular de características electoralistas que ahora, y probablemente durante buena parte del año próximo, termine convenciendo a los funcionarios, quienes tienen prohibido hablar de economía.

La razón es sencilla: no hay nada bueno para contar y el saldo de los tres años de Cambiemos es notablemente funesto, máxime para aquellos que ganaron las elecciones con promesas vinculadas a la mejora económica y que ahora registran un derrotero inimaginable en 2015.

Quizás el dato que podrían destacar en la Casa Rosada es el monto de las reservas, que suma u$s 50.000 millones. Pero incluso ahí habrá que comentar que u$s 16.000 millones son encajes de depósitos bancos, que 11.000 millones son swap de yuanes y que u$s 20.000 millones ingresaron del FMI. Es decir que los u$s 3.000 millones que podrían ser para “sacar pecho”, bueno, también son préstamos de bancos. Esos dólares están y se pueden utilizar, pero un gran porcentaje es deuda que genera más deuda.

Por ejemplo, el 30 de octubre ingresó la ampliación del FMI por unos u$s 5.000 millones. El dato es que el BCRA acumula desde ese momento una pérdida de reservas de más de u$s 4.000 millones. El ritmo de caída diaria es de u$s 140 millones.

Por supuesto, la agenda diaria, que rehúye de la economía, viene copada por temas que, en muchos aspectos, le deben al Gobierno su iniciativa: el partido más largo del mundo, toda la saga del G20 incluidas las lágrimas del presidente, la ministro Bullrich en una especie de road show mediático para promocionar su última creación, el protocolo, y el descenso a la tierra de Lilita para condenar con las tablas de la ley y una pizca ética los embates de “la piba”.

Se entiende entonces que el Gobierno no quiere ser esclavo de sus palabras porque ya lo es de sus decisiones y sus consecuencias. Además, porque las intervenciones de la mesa chica, son siempre en un mismo sentido: el ajuste fiscal, el déficit cero, que tendrá la particularidad de profundizar la dramática caída de la actividad y el consumo.

La ecuación es propia de Mefistófeles: las tarifas de gas treparon 740% mientras que la electricidad subió la friolera de 1640% y el agua un 512%. Con una inflación de 158%, una pobreza que superará los 30 puntos porcentuales y un dólar que saltó 290%, el combo se completa con aumentos en el transporte público (217%) y combustibles (204%). La caída de la economía de casi 3 puntos porcentuales para este año (pero un recorte muy superior en el acumulado) como saldo de tres años de Gobierno y la deuda que crece 35%, sólo puede insuflar pesimismo. Claro está que el cuadro dantesco se completa con salarios que, en el acumulado, apenas treparon en el sector privado, en promedio, un 0,5% y otro tanto en el sector público, es decir que el poder adquisitivo de las familias terminó erosionado.

Con más pobreza, una economía cada vez más reducida, millones de argentinos afuera del sistema económico y otros tantos que vislumbran un panorama incierto, la realidad habla de mayores dificultades para enfrentar la vida material, lo que redunda en un contundente deterioro social. Y sí. Tratándose del Gobierno, a veces, el silencio puede ser la respuesta más elocuente.

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