Auge del narcotráfico provoca avance talibán
La guerra en Afganistán y la ocupación de ese país fueron consecuencia directa de los atentados del 11-S en EE.UU. Los ultraislamistas talibanes, entonces en el poder, protegían a Osama bin Laden, por lo que debían ser desalojados del poder. Ahora, cinco años después del comienzo de esa guerra, un gobierno pro occidental gobierna ese país, y tropas de la OTAN controlan su territorio. Sin embargo, los talibanes retoman los ataques terroristas a gran escala valiéndose del dinero del narcotráfico, actividad que muestra un crecimiento exponencial. A continuación, los principales tramos de un interesante artículo de Declan Walsh, periodista del diario británico «The Guardian», que ilustra ese proceso.
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El optimismo que demostraba Bush hace tres años, vanagloriándose de que se había pacificado Afganistán, se ha visto desmentido ahora por la terca realidad. Mientras que el norte y el oeste del país continúan estables, el presidente Hamid Karzai está aislado y pierde popularidad. «Nadie vio venir todo esto, es muy grave», admite un oficial en Kabul. Ningún factor explica el desliz. Pero pueden encontrarse algunas respuestas en Ghazni, una provincia central considerada segura hasta principios de este año. Ahora se halla en primera línea del avance talibán, a tan sólo dos horas de Kabul.
Durante los pasados dos meses, los talibanes han asolado la mitad sur de la provincia con secuestros, asesinatos y tiroteos. Las autoridades estadounidenses creen que el distrito de Andar, a pocos kilómetros de su base en la ciudad de Ghazni, es el centro talibán de cuatro provincias que la rodean.
Ahora, en la ruta que une Kabul y Kandahar, símbolo de la reconstrucción occidental, los talibanes montan controles esporádicos, registran a los afganos en busca de carnés de identidad, números de teléfono o cualquier otro signo de vínculo con el gobierno o con organizaciones extranjeras. Los que se encuentran en tal situación son apaleados, secuestrados e incluso asesinados. Los forasteros viajan al Sur en avión, pasando por encima de la carretera de la que una vez se enorgullecieran.
En los pueblos de los alrededores, la gente se debate entre el miedo y la ira. En el distrito de Qala Bagh, por las noches bajan bandas de 20 o 30 guerrilleros. Exigen comida, dinero o un hijo que se les una a la lucha. Un juez, un director de escuela y el director local de educación han sido asesinados en los últimos dos meses. Los dos colegios para niñas están cerrados.
La pobreza también alimenta la guerra. Algunos ancianos aseguran que los talibanes ofrecían hasta 20.000 rupias (270 euros) al mes a los hombres sin empleo de la zona. Y les sobra el dinero: por cada soldado de la OTAN abatido, los líderes talibanes ofrecen una recompensa de cinco kilos de oro.
Este año, los talibanes formaron una alianza con los capos de la droga, ofreciéndoles la protección de los cultivadores de amapolas y de los contrabandistas a cambio de una tajada de 3.000 millones de dólares.
Pero los diplomáticos creen que la mayor parte de la financiación proviene de simpatizantes fundamentalistas en Pakistán y Medio Oriente. Algunos creen además que los gobiernos se encuentran implicados.
Pero para muchos afganos el problema está en Pakistán. Las autoridades militares y diplomáticas aseguran que la franja tribal de Pakistán es la sala de máquinas de la insurgencia. Desde sus remotos santuarios en la montaña, a lo largo de la frontera, los talibanes han emergido de entre las sombras como una fuerza poderosa.
El cierre de los santuarios paquistaníes no significaría necesariamente el final de la insurgencia. Este año, las fuerzas talibanes se han nutrido de una nueva fuente: la heroína. Tras rechazar el comercio del opio como inmoral y antiislámico, este año, el liderazgo talibán ha cambiado de postura y se ha aliado con los traficantes de drogas. El aumento de 59% en la producción de opio hasta la cantidad sin precedentes de 6.100 toneladas llenará las arcas talibanes.




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