Bagdad sufre por su complacencia
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Los dos partidos que dominan en el Kurdistán, la UPK y el Partido Democrático del Kurdistán -que controla la zona de Erbil y Dahuk- han dejado muy claro que, pese a que piden un alto el fuego al PKK, jamás entregarán a sus militantes a Turquía.
«Si pedimos al PKK que se desarme será a cambio de una amnistía para ellos; no van a ser tan ingenuos de entregarse para ir a la cárcel», dice Sarko Mahmud, subdirector de Relaciones Públicas de la UPK.
«Cada vez que ha habido una tregua del PKK, el Estado turco no ha respondido con ninguna medida generosa», añade.
Uno tras otro, todos los responsables políticos de esta Región Autónoma del Kurdistán repiten este discurso mixto de complicidad y crítica al PKK, pero en ningún caso reconocen que les estén prestando refugio ni mucho menos ayuda.
Según ellos, las montañas de Qandil, donde opera el PKK, son tan abruptas que es difícil controlar a quien por allí se mueve, y -recuerda Mahmud- «si el Estado turco, con todo su poderío, no puede controlar su propio Kurdistán, ¿cómo lo haremos nosotros en nuestras montañas?».
Las autoridades turcas, apoyadas también por EE.UU. -el gran aliado de los kurdos iraquíes-, no cesan de pedir al Estado iraquí que controle al PKK.
Ayer mismo, el ministro iraquí de Exteriores, el kurdo Hoshiar Zebari, dijo en Bagdad que «no permitiremos que ningún grupo envenene las relaciones entre Irak y Turquía», en aparente alusión al PKK.
Pero, entretanto, 4.000 individuos armados se pasean por las montañas iraquíes, y sus vecinos, al menos los de Suleimaniya, parecen mirar para otro lado.




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